
Nació precisamente la siguiente primavera. Acariciada durante nueve meses, con experticia, por los habilísimos úteros intestinales de su madre, la pequeña muñequita pesó cuatro kilos seiscientos. Salió como una rosita, como un capullo florante, como aquella sirenita que, perseguida con ansia por un rudo violador, se enchapuzara en el agua sin apenas salpicón. Tenía el cuerpo muy limpio, lechado por gatos calientes, mimado desde su concepción, unos nueve meses antes, por tules maternales, telas sin rasgo, dedos ciegos oscilantes de movimientos internos. Su madre era practicanta de las más fieras, una bruja, una maestra, un gran ejemplo a seguir.
- ¡Enseñadme a la pequeña!
- Tiene todos los deditos
- Eso ya lo sé desde antes
Cuando logró quedarse embarazada, tras un acto matutino de succión expulsatoria, tras agotar al marido, tras conseguir un bombeo de trescientos potenciales (grados hidráulicos), llamó a la selva profunda en busca de comadrona.
- Tam tam. ¿Me oye?
- Tam tam. ¿Con quién quiere hablar?
- Quiero una comadrona. Avenida de Lepis, 32, Danang. Tam.
Al cabo de seis semanas llegó una jíbara analfabeta que caminaba de lado. Metió sin dificultad la cabeza en el tispicio y, una vez situada en las ventrales, comenzó a resoplar.
- ¿Qué hace usted, desdichada?
- ¡Bluf bluf!
- ¡Detenga ese resolleo!
Salió con el coco rojo, de líquidos oxigenada. Salió y se puso a aullar, de rodillas, invocando. Eran salmos fratricidas, invocaciones al magno, korikís para doncellas, grumos varios, flatos. Tranquilizó a la preñada con dichos actos sensatos. Volvió a meter la cabeza y se puso a succionar. La madre, la bruja, la tea, la expulsó en el acto. Su salvaje y jibarizada cabeza rebotó en el papel pintado, los pies en salto, los pololos de colores cauchutando franjas de aire. No lograba abrir los ojos.
- ¿Qué andaba usted haciendo?
- Comprobación rutinaria
- Como me vuelva a meter la cabeza por el coño, se la cerceno
Llegaron a un acuerdo formal. A lo largo del embarazo la extraña comadrona se limitaría a observar de día y a trabajar de noche. Entre el primer y el tercer sueño, cuando los ojos cerrados desbarrasen en conexión con la vértebra del atlas, se permitiría a la experta indígena la exploración con las manos, con las manos solamente, con objeto de palpar la posición del fetillo, comprobar su crecimiento y sus cambios sutiles. Si la futura madre alguna vez resintiera, en su mapa visceral, que el inmoderado celo de la jíbara enviciada la hubiera impulsado hasta la inspección ocular, la mataría al instante nada más despertarse. Hicieron un pacto.
- Vamos a dejarlo todo bien claro
- Por mí no hay ningún problema
- Si me mete usted la cabeza estando dormida, y como yo me entere...
- ¿Cómo se va a enterar?
- Por el mapa de mis vísceras, por la memoria celular. ¡Por mis ovarios!
- No suelo dejar huella
- Pues como yo me entere, la mato
Pasaron los meses, una situación llevó a otra y, durante el quinto mes de embarazo, pesando el feto 21 centímetros y 700 gramos, la jíbara loca, no pudiendo controlar sus tendencias, sus innatas pretensiones, volvió a meter la cabeza. Su jefa no dijo nada. Esperó a dormir despierta, noche tras noche, hasta que, una semana después, la campesina tostada, con incontrolada ansia, volvió a introducir su menudo cráneo en la salsa, con la lengua por delante y por última vez. Cayó el tronco sobre las sábanas, el cuello en chorrete rojo, y lo empujó la serrana de una patada fuera de la cama, por no despertar al marido. Luego se levantó, con la piernas un poco anchas, llegando hasta el balcón. Allí acuclillóse, llamó a los perros vagundos y disparó la cabeza segada con horrenda precisión. Por la mañana siguiente, en las aceras del patio, tan sólo quedaban las manchas de vómito del algún perrillo fino y asqueado. Acción perfecta. Feto controlado. Parto sin comadrona.
- Usted limítese a mirar
- Señora, yo soy el médico
- Y yo la madre. Y yo la saco. ¿O no?
- ¿Usted sola la va a sacar?
- Con suma facilidad
En Indochina la mayor parte de los partos son fáciles de pelotas. Los médicos andan cabreados. La niña ésta apareció en el exterior con tal fluidez que, de haber acudido a clases de historia del arte, cosa para la que no tenían tiempo material en aquella comunidad étnica, se habría podido comparar con el nacimiento de Venus pintado por Boticelli. ¡Allá va! El médico la cogió al vuelo.
- ¡La tengo, la tengo!
- Es que si no la coge le obligo a meter la cabeza
- ¿Para ver si hay mellizos?
- Para cortársela, por inútil
- Pero ya la he cogido, señora, la tengo, la tengo...
- A verla
- La tengo que limpiar antes
- ¡Qué tonterías está diciendo!
Es verdad, razón tiene, la niña está más limpia que antes de ser concebida. ¡Hagamos caso a las madres!
- ¡Enseñadme a la pequeña!
- Tiene todos los deditos
- Eso ya lo sé desde antes