
Las mujeres de Indochina ejercitan el perineo. Utilizan desde pequeñas pequeñas pelotas de ladgi, un deporte muy popular en la península. Se practica mediante la impulsión de unas pelotas de pinpón reducidas de tamaño por métodos bucales. Un jugador intenta que el otro jugador falle, a la vez que el otro jugador trata de hacer lo mismo. Los partidos están divididos en varias partes, cada una de las cuales dura un número determinado de minutos. Cuando el partido es importante los espectadores se ven obligados a pagar si desean pasar al otro lado de la valla, junto al terreno de juego oblongo. Los ganadores se llevan la fama y los perdedores el oprobio. Se juega en pantalón corto menos cuando les mira la reina de Indochina. En dichas raras ocasiones juegan en pelotas, pero esto tan sólo se debe a extrañas costumbres locales. Por lo demás es un deporte como otro cualquiera, hay instrumentos, botas, golpes, saltos, insultos y enfados monumentales. Muy bueno para la relajación muscular. Pero en esta historia tan sólo nos interesa el diámetro de la bolita.
- Trae las bolitas, Fen Yu
- ¿Vas a hacer prácticas?
- Claro, son las siete y media
Las siete y media de la mañana, claro. La hora perfecta para meterse pelotas por el coño hasta que el coño no aguante más.
- Pásame cinco
- ¿Sólo cinco?
- Para empezar
Si he dicho que se las meten por el coño es porque se las meten por coño. Esta mujer en particular, preciosa, se está endilgando cinco porque apenas ha iniciado la fase de precalentamiento. En un momento dado tiene cinco bolitas en la mano y en el momento siguiente, también dado, ya no las tiene en la mano. ¿Dónde las tendrá? Ni a pensarlo da tiempo porque chás chás chás chás chás, las dispara contra el suelo.
- Recógemelas, Fen Yu
- Pues no las tires tan lejos
- Perdona, es el descontrol de la arritmia nocturna
Las chinas hablan raro. Las indochinas, por extensión, también. Lo que quiso decir la practicanta es que la liberación articular es un proceso que necesita de un tiempo tras la primera vigilia. Ni más ni menos.
- Ahora pásame siete
- ¡Venga ya! ¡Nos vamos a tirar aquí todo el día!
- Bueno, vale, tráete las veinte
Pacientemente, la indochina conchabada le trae las veinte en el cazo de sus dos manos, formando pirámide. Se las presenta arrodillada, en semipostración, muy cerca del mismo olor, como amorosa ofrenda al altar invertido. Entonces la mujer, la deportista, a gran velocidad, usando sus manos como palillos y su coño como boca, se introduce febrilmente la comida plástica. Apenas tarda diez segundos en ponerse colorada.
- ¡Iiiiiiiieeeeeee!
- ¡Aguanta, mujer, aguanta!
- ¡Aaaaarrrrggghhh!
Aguanta otros diez segundos. Tiene la cara morada, la tripa hirviendo aceitillos y las tetas disparadas como globos en petardo.
- ¡Uuuuuaaaaaa!
- Aguanta, mujer, aguanta!
- ¡Bbrrrraaaaaaammmaaaa!
Pasó ya el medio minuto, unidad de medida en el sistema perianal. Se producen ruidos de rebotes, chisporroteos, pedos por la trasera. Parecen palabras de pito, pero aún no salen sólidos
- ¡Gonflis!
- ¡Vas a batir el record!
- ¡Puya, puya!
Tras cuarenta y dos segundos, sin llegar a los tres cuartos, vuelan lanzas de guerreros, bombas de esparto, cafés poco digeridos y, entremedio, mil y un pelotas en todos los sentidos. La habitación preparada, todo hay que decirlo, por varios metros de plástico cuadrado adquiridos en MegaCenter, huele a bostas de naranja, a curry, a gengibre y al cocido de ternera depositado en la nevera la noche anterior.
- Recoge todo deprisa antes de que Jan despierte
- ¡Extraordinario!
- Y limpiate la cara
Todas las mañanitas de los días pares, antes de que Jan despierte, se prepara su pareja de esta guisa acostumbrada. La ha ayudado la doncella. Pretende quedarse embarazada. Busca aprovechar la primera simiente del hombre dormido, la erección natural, la ruda fuerza de la noche en el vientre del marido. Quisiera chuparlo todo, recolectarlo con vicio, que todas las gotas rotas le llegaran al ombligo.
- Ahora sal al balcón y canta
- Hace frío
- Haz unos saludos al sol
Sola en la habitación, esperando al empujante de ojos enfebrecidos, nuestra joven indochina se arropa con gran mimo. Siente que hoy conseguirá su pequeño tesorito: una princesita blanca, de ojos chicos, a quien poder enseñar los secretos del ludibrio. Ya se imagina cardándole su exquisita melena.