Un hombre, al hacerse mayor, comprendió que no sabía nada. Cogió su esclavina, pequeñita y rosa, y se dispuso a investigar.
Llegó al río donde había caído Buda un día de muchas risotadas y manzanas. Aquí fue la iluminación, le dijeron. ¡Patrañas!, contestó. Y siguió camino.
Otro día de muchas risotadas y manzanas llegó al río donde había caído Buda. Se bañó descuidadamente. Tuvo la certeza del frescor en la India. Pero por poco tiempo, que hacía sol. Certeza pasajera, pues. No le valía.
Algo más tarde se acercó al patio trasero donde el padre de Buda guardaba sus alazanes. Aquí aprendió el maestro a cabalgar, le comentaron. Por aquel entonces tan sólo era un simple príncipe. Acudía a fiestas con chicas, bailaba, tocaba la zambura…
El anciano que nos ocupa, ajeno a estos despropósitos, era informado cortésmente pero sin descanso por el gentío simple de la calle, por las ansias campesinas de informar. ¡Escuche! ¡Compuso una zamburada! ¡El manuscrito se guarda en lugar desconocido! Etcétera.
Prosiguió investigando. En un convento de monjes creyó encontrar algo. Se trataba de un manuscrito en el que se adivinaban cinco notas y varias rayas. Esas notas componían la clave que abría un cofre depositado en la estación de autobuses de Gandesha, donde presuntamente se conservaba una grabación en cinta magnetofónica. ¿Cómo lo hizo? ¿El qué?
¿Cuál era la clave? Durante años los músicos más eminentes se habían esforzado en interpretar las notas. Agotaron los sonidos de los instrumentos. Nada. Probaron con el barrido del elefante, pero sólo sonaba a barrido de elefante. Lo mismo con el graznido del cuervo, el balido de la oveja y el gorgojeo de la paloma. A nadie se le había ocurrido silbar. Cuando el vejete silbó, se oyó el chasquido nítidamente. Ábrete. A nadie se le había ocurrido silbar.
La cinta magnetofónica, de marca “Créole” y procedencia del bajo Ganges, se llevó inmediatamente a casa del venerable. Allí, a pesar del entusiasmo de la población, no pudo ser auditada porque el muy carcamal carecía de magnetofón. La verdad es que hoy en día es difícil encontrar un magnetofón. Llamaron al instituto de Arqueología.
- ¿Tienen ustedes un magnetofón?
- No
- Perdonen
- ¿Para qué lo querían?
Al final encontraron uno en algún sitio y escucharon la cinta. El abuelito, muy en su papel de investigador, hacía de hombre orquesta. Todos muy felices. ¿La música en sí? Tranquila. Relajante.

Llegó al río donde había caído Buda un día de muchas risotadas y manzanas. Aquí fue la iluminación, le dijeron. ¡Patrañas!, contestó. Y siguió camino.
Otro día de muchas risotadas y manzanas llegó al río donde había caído Buda. Se bañó descuidadamente. Tuvo la certeza del frescor en la India. Pero por poco tiempo, que hacía sol. Certeza pasajera, pues. No le valía.
Algo más tarde se acercó al patio trasero donde el padre de Buda guardaba sus alazanes. Aquí aprendió el maestro a cabalgar, le comentaron. Por aquel entonces tan sólo era un simple príncipe. Acudía a fiestas con chicas, bailaba, tocaba la zambura…
El anciano que nos ocupa, ajeno a estos despropósitos, era informado cortésmente pero sin descanso por el gentío simple de la calle, por las ansias campesinas de informar. ¡Escuche! ¡Compuso una zamburada! ¡El manuscrito se guarda en lugar desconocido! Etcétera.
Prosiguió investigando. En un convento de monjes creyó encontrar algo. Se trataba de un manuscrito en el que se adivinaban cinco notas y varias rayas. Esas notas componían la clave que abría un cofre depositado en la estación de autobuses de Gandesha, donde presuntamente se conservaba una grabación en cinta magnetofónica. ¿Cómo lo hizo? ¿El qué?
¿Cuál era la clave? Durante años los músicos más eminentes se habían esforzado en interpretar las notas. Agotaron los sonidos de los instrumentos. Nada. Probaron con el barrido del elefante, pero sólo sonaba a barrido de elefante. Lo mismo con el graznido del cuervo, el balido de la oveja y el gorgojeo de la paloma. A nadie se le había ocurrido silbar. Cuando el vejete silbó, se oyó el chasquido nítidamente. Ábrete. A nadie se le había ocurrido silbar.
La cinta magnetofónica, de marca “Créole” y procedencia del bajo Ganges, se llevó inmediatamente a casa del venerable. Allí, a pesar del entusiasmo de la población, no pudo ser auditada porque el muy carcamal carecía de magnetofón. La verdad es que hoy en día es difícil encontrar un magnetofón. Llamaron al instituto de Arqueología.
- ¿Tienen ustedes un magnetofón?
- No
- Perdonen
- ¿Para qué lo querían?
Al final encontraron uno en algún sitio y escucharon la cinta. El abuelito, muy en su papel de investigador, hacía de hombre orquesta. Todos muy felices. ¿La música en sí? Tranquila. Relajante.