Un mundo sin chicas

Éramos doce o trece. Bajamos a comprar fruta. Así llamábamos a las mierdas que comen los niños. No sé por qué.

Sólo quedaba abierto “El Ave Candy”, un emporio amarillo lleno de chucherías. Líderes en ventas. Nos dimos algunos empujones.

Propuso Salmerón que los nidos de verraca se repartieran entre los funcionarios. Todos éramos funcionarios, alguno de ellos bastante tonto. Por ejemplo, Salmerón.

Empezó la discusión, la típica discusión. Los productos blandos daban más placer pero duraban menos. Los duros eran menos gustosos pero se saboreaban durante mucho más rato. Ganaban siempre los duros.

A la salida se estableció una pugna entre lobatos y pioneros. En el último campeonato de ping-pong gané yo, aunque me esté mal el decirlo. Eso molestó a algunos. Se supone que los jóvenes deben ceder ante los viejos. No estoy yo por la labor. Nunca he llegado a pionero.

Me da rabia recordar.

En el camino de ida todos éramos amigos. Pero en el de vuelta, con el reparto, empezaron los problemas. Además era cuesta arriba. El sargento Morales me tenía manía. Así le llamábamos. Es mentira que me apoyara en la mesa cuando atizaba mis famosos mates inversos.

- ¡Ponías el culo en la mesa!
- ¡Eso es mentira!
- ¡Está prohibido por la Federación!
- ¡Otra mentira! ¿No has visto los Campeonatos del Mundo?

Siempre hay alguien que compra de los blandos a escondidas. Conseguimos robarle alguno y le dimos unas hostias. El idiota del sargento Morales seguía exponiendo su versión de los hechos. Ni siquiera me presenté al examen de pionero.

- ¡Mamón, sólo te sabes defender!
- ¡Mamón tú! ¿Quieres un mate?
- Pareces una pared
- ¡Toma hostia, mamón!

Y eso que sabía manejar la sierra bastante bien. Recuerdo el día en que el jefe de gabinete… no sé bien quién… no importa, no está entre nosotros… digo que el jefe del gabinete, un día, se permitió expresar su satisfacción por el trabajo bien hecho.

- ¡Excelente!

Un exquisito sabor puede justificar un momento. Lo digo porque ya se me ha acabado el blando. Sólo me quedan dos duros. Le voy a hacer una dejada. Es la primera vez que el jefe del gabinete nos felicita. ¡Qué digo! ¡Me felicita a mí! Se lo recuerdo al sargento Morales. Se calla. Suelta la sierra. Menos mal, ya estaba yo con la mosca.

Seguimos siendo doce o trece. Es el cumpleaños de alguien, la reunión de ventas, el fuego de los scouts.