Vuelta a la normalidad

Letrados de varios países me llegaron. Bastante incultos. Copulando por las escaleras. Uno de ellos, el bajito calvo, me sorprendió por su comentario.

- ¡No hay más nido que el propio!

Los comercios que decidimos en aquellos días de junio fueron incontables. Como las tardes o las veladas nocturnas, de mañanita, pasadas por la luz del tamizador. Era todo tan exquisito… Los criados, nobles griegos que, preferentemente los viernes, inculcaban la osadía al filo de su guadaña. No había disputa posible. Los rincones con los pianos. La mollera. Eran los días del escarnio y la mofeta. No había lugar a dudas. Desde que saliera Venus, todo el resto del tiempo sin función, arrebolados, como setas en el agua de pirañas. Como ranas. Pero hay tiempos en que no importa nada.

- ¡Me voy a dar una vuelta!

Como si a mí me importara. La luz ha apagado el reflujo aquél de la bóveda planar. No ha sido en un trompo grande, sino en otro mucho más pequeño, un ardid de sopletes patrios. La suerte en estos momentos no se ha quedado con nadie. El vencedor ha sido indócil. No cobrará de publicidad. Cuando te chutan los miriñaques no hay botellín que truene. Y a correr. Los elementos que vimos tan turbios ya se han limpiado. Dispénsame de disputas. Firma por mí.

- ¡Eres un subnormal!