Puto

Ella no tenía una idea muy formada acerca de los tunecinos. Estaba en su tercer día de viaje. Todavía quedaba tiempo. La famosa oferta del Túnez misterioso se tomaba en obligadas grágeas de una semana, siempre de lunes a lunes, vuelos incluídos. Esta noche tocaba sarao medieval. Caballos, fuego y misteriosos tunecinos acróbatas. La cosa prometía. En circunstancias normales no se habría acercado ni a cien kilómetros de tan folklórico evento pero, como turista obediente y cumplidora que era, rebajó sus niveles de exigencia hasta algo más allá de la rayita del cero. Había pagado por ello. Formaba parte de la diversión el que te hicieras la divertida.

Ella sabía que el mundo era un caos, no se tenía por tonta, pero tan sólo le interesaba aquello que pudiera clasificar mentalmente. Los hombres, en general, le daban igual. Sin embargo le resultaba útil y distraído el archivarlos por clases. Éste, a la carpeta de tontos, este otro a la de creídos, aquél a la de guapos pero insulsos, aquél otro a la papelera, el de más allá a la de no me importaría… Le gustaba catalogarlo todo. Más que gustarle, formaba parte de su esencia, de su armamento básico. Los pocos tunecinos que había tenido la posibilidad de observar de cerca le parecieron o bien sucios, o bien babosos, o bien intrigantemente apuestos. Pero no quería ser injusta, aún no disponía de suficientes datos.

Desde que se separó de su difunto –así llamaba ella al vivales que la dejó por otra tras veinte años de matrimonio- no se había sentido inclinada a repetir la experiencia. Puede que la convivencia con el otro género, el género tosco -jocosa manera de referirse a los machos, muy celebrada en su círculo-, gozara de alguna ventaja, puede que tan sólo una y quizá no la más evidente, pero estaba claro que, a su edad, no merecía la pena arriesgarse.

La mayor parte de los hombres eran unos pesados. Aburridísimos.

- Mi mujer no me entiende

- Qué raro

También los había atractivos. Más pesados todavía.

- ¿Has visto mis calzoncillos?

- ¡Si todavía no te los has quitado!

O sea, que ni de saldo. Además tenía un hijo de 34 años. A su edad parecería ridículo. Mejor concentrarse en la fiesta gitana ésta y dejarse de tonterías. Apartado hombres, cerrado. Ya está todo el pescado vendido. Y punto.

- Quizás es que esta mujer, ella, no se atreve

- No lo sé, pero no se te ocurra mencionárselo

Mientras apuraba el té a la menta y percibía vagamente los últimos olores de la fritanga fría, se sorprendió repasando algunos casos destacados de hombres a medio archivar.

Los amigos de su hijo tenían más vida, claro, eran jóvenes, pero les faltaba seso. A los amigos de su hija les pasaba lo mismo. Podías resumirlos en una frase. Y no digo que fueran tontos… pero se necesita algo más. Bastante más.

El vecino de su hermana no estaba mal. Arreglaba persianas. Le asustaba un poco la diferencia de culturas, pero… Su culo la volvía loca. Y ¡cómo sonreía el muy traidor! Se lo sabía. Demasiado creído se lo tenía. No, en realidad no le apetecía. Malditas las ganas de cuidar de otro niño grande. Menuda tontería arriesgar su plácida vida por dos malditos glúteos. Lo que le recordaba a…

Su profesor de yoga la intrigaba. ¿Era un gay que no se atrevía a salir del armario o era un gay incapaz de reconocérselo a sí mismo? La diferencia tenía su importancia. O eso pensaba ella. De todos modos, seguro que era gay. Aunque intentara disimularlo.

- Siente cómo se te hincha el pecho…

- ¿Qué pecho? ¡Si yo no tengo!

- ¡Las tetas, no! ¡La caja torácica!

- A ver. Dime dónde… Toca, toca… Ja, ja, ja

Reconocía que a veces era un poco mala. Pero se lo tenían merecido los muy… simples. Resumiendo, que en hombres no le apetecía pensar. Y menos ahora, que acababa de empezar el show. Ya los tenía a todos catalogados hacía tiempo.

- ¿Qué te parece Alain Delon?

- Un guaperas

- ¿Y Felipe González?

- Otro guaperas

Pero aquella oscura noche estaba contemplando un espectáculo bereber. Dos estilizados caballistas se turnaban haciendo barbaridades. Antorchas, saltos, cabriolas, cruce de espadas. Espectaculares túnicas negras cubrían y resaltaban sus cuerpos… excepto media cara. Uno de ellos se reveló fugazmente como el hombre más bello que nunca contemplara. Aunque sólo fuera por los ojos. Algo impactante. Se dio una vuelta por el círculo que rodeaba el campo de ejercicios. Decidió que aquél espectáculo turístico la emocionaba de verdad. ¡Qué hombre más impresionante! ¿Tendría que inventar otra categoría o con aquél se había roto el molde? Se pasaba el día decidiendo cosas. Alguien le tocó en el hombro.

- ¿Señorita…? ¿Miss…?

- ¿Quién es usted?

Un beduino.

- ¿Quiere usted al chico?

- ¿A qué se refiere?

- ¿Le gusta?

Señalaba sin recato alguno al caballista guapísimo.

- ¿Lo quiere?

- ¿Para qué?

- Llevar a la habitación

- Oooohhh… ¿Y qué se supone que pasa en la habitación?

A ella le gustaba tocar las pelotas.

- No importa lo que pasa

- ¿Y cuánto cuesta?

- Nada, gratis

Vaya, se había metido en un callejón sin salida. Le atraía el hombre, pero le daba una pereza horrible pensar en lo que se supone que hay que pensar cuando te atrae un macho. Eso con equis. Otra vez será. Y luego que me critique quien quiera. Pensaba ella.

- ¿Cuántos años tiene el chico?

- Treinta y uno

- ¡Menos que mi hijo!

- No es impedimento, señora…

Pero ya no le oía. Imposible. Según le escuchaba ya había borrado la última línea. La experiencia estaba siendo archivada en el cajón de las “anécdotas para contar a todo el mundo nada más volver a casa”. Y se alejó, claro, se alejó de la tentación.