Charquito

Me meto de noche en las casas y escucho conversaciones.

- ¿Lo has oído?
- ¿Qué?
- Lo de “Me meto de noche en las casas y escucho conversaciones”
- No

Cuando quiero me transformo en una especie de duende.

- ¿Tú te lo crees?
- ¿Qué?
- Lo de “Cuando quiero me transformo en una especie de duende”.
- ¡Joder, que no!

Ando con mucho tiento porque todo está oscuro.

(Por el ruido no me tengo que preocupar porque los duendes no hacemos ruido. Es posible que, sin querer, choque con algún objeto. Aunque para llegar a tirarlo tendría que hacer mucha fuerza ya que mi condición de duende me hace ser casi transparente. Bueno, transparente no, más bien inmaterial).

Las casas suelen estar calientes.

(Por lo menos en las que entro yo. Porque no me apetece nada irme a una chabola o a un cutri-pleis de barrio).

- ¿Qué escuchas?
- Radio Gaceta de los Deportes
- No te lo puedo creer
- ¡Calla!

Prefiero las casas burguesas. (La gente suele dormirse tarde).

- ¿Acabó ya el partido, cholo?
- ¿Qué dises, mi amol?
- ¡Que apagues la radio!
- Enseguida

Soy especialista en dormitorios. (Me gustan los camisones).

- ¿Dónde has dejado mi camisón?
- ¿Qué camisón?
- ¡El de tu santa madre, no te digo!
- Estás mejor sin camisón

No necesito esconderme debajo de la cama, pero tampoco es cuestión de andar por ahí en medio. (Al cabo de un rato de permanecer en el mismo sitio la gente es capaz de percibirme como una luz azufrada).

- ¿Lo has visto?
- ¿El camisón? Que no
- No, una especie de nube amarillenta. Ya se ha ido
- Vete al oculista

Ser voyeur también tiene sus desventajas. Por ejemplo, que no puedes tocar. Claro, como eres inmaterial… Por más que lo intentes no pillas cacho.

(Una vez conocí a un duende muy especial que tenía la capacidad de notar en su cuerpo idénticas sensaciones físicas a las experimentadas por otra persona en plena vorágine corporal. No llegaba a robar del todo el gusto de cada caricia, expansión o espasmo, sino que, de algún modo, conseguía que todo aquello se duplicara en su propio cuerpo volátil. La víctima perdía tan sólo una parte de su sensibilidad, lo que hacía que se empeñara aún más en la labor, afanándose y disponiéndose al tajo con ímpetus redoblados. Todo ello redundaba, muy convenientemente, en placeres más intensos para el pasivo duende. Solía elegir hombres porque, en principio, prefería sentir los brutales y conocidos efectos provocados por las hembras, aunque, según me dijo, a veces hizo la prueba en sentido contrario y se sorprendió bastante. En mi opinión aquello tenía un problema, y ello era que no podía decidir por sí mismo ningún movimiento, dirección, presión o deslizamiento. No parecía importarle dicha impotencia. Sospecho que habría sido feliz en la vida real sometiéndose a las tortuosas ocurrencias de una madama especializada. De todos modos yo siempre lo veía -es un decir- de muy buen humor).

Yo también soy duende, pero sólo puedo mirar. Ya es bastante. Y oír, claro.

- ¿Lo has oído?
- ¿El camisón?
- ¡Tonto!
- ¿Te has tirado un pedo?

Aclaro que también huelo. Me voy a otra parte. Echo una última mirada.

- ¿Qué estás haciendo ahora?
- Veo el fútbol
- ¿Entre mis piernas?
- ¡Goooooool!

Ya ha conseguido su objetivo. Y yo el mío.