Homeless padre

Tenía un trabajo y lo perdí. Tenía una mujer y se marchó. Tenía unos hijos y a saber dónde estarán ahora. Aquí arriba pone “calle Coscojales”. Ni la calle donde duermo tiene dignidad.

¿La ciudad en la que estoy? Ni lo sé. ¿Bilbao? Qué raro suena. Me he debido de equivocar porque hace frío y no hay gatos. ¡Mierda! Algún subnormal me está dando patadas. ¡Vete, mierda!

Ya se ha ido. Menos mal.

He estudiado Ciencias Puras en la universidad privada Plus Ultra. No saqué la oposición. Me coloqué de suplente en un bedelato. Me echaron porque fumaba. ¿Quién no fuma? Yo.

No tengo ni para tabaco. Este sitio no está mal. Container de obra. Plástico protector de andamios. En francés “andamio” se dice “échafaudage”. Qué bonito. Se piensan que no sé francés. Se piensan que necesito cartones para dormir. Tengo un saco, señores, y una esterilla de montaña, ¡qué se piensan! Nada. No piensan nada. La gente es idiota. Ese mismo señor que pasa por ahí, es idiota. En fin. Voy a dormir.

Nunca recuerdo mi vida anterior. ¿Para qué? ¿Para echar más leña al fuego? ¿Pensar? No merece la pena. Sólo tengo una idea, pero es cabrona. No tengo nada. La idea es ésa, que no tengo nada. Es cabrona, ya digo.

No tengo nada que ver con esos vagabundos borrachos que duermen por las calles. Algunos son drogadictos.

Yo también soy drogadicto. Y borracho.

En cierta medida.

Sin embargo ahora estoy sobrio.

En fin, qué importa. Espero que no llueva esta noche. Porque el plástico doble protector que tenía me lo quitó un hijo puta venezolano. Era un plástico holandés, de lo mejor que había. Aguantaba carros y carretas. Igualito que yo.

Aunque cada vez aguanto menos. Ayer mismo una señora me quiso dar una moneda. La dije, digo:

- Gracias señora

Y miré la moneda. ¡Era de veinte céntimos! La tiré al suelo.

- ¡Qué le pasa, caballero!

Me increpó la señora.

- Señora, sepa que yo tengo mi dignidad. Soy padre de dos muchachos. Marido ejemplar. Si estoy así es por las circunstancias de la vida. Pero que sepa que nunca me ha faltado un trabajo. Ni un lugar a dónde ir. Sepa que cuido de los comercios donde aceptan mis servicios. Ahora estoy así por una mala racha, pero tengo de sobra para vivir. Si me ve usted en este estado es porque hoy me apetece dormir al raso. ¿Qué se piensa usted, señora?

No me respondió nada. Seguro que se meó. O que lloró amargamente al llegar a su casa. Me quedé con los veinte céntimos, claro. Faltaría más.

Mi objetivo en esta vida es conseguir dormir en una pensión. Casi nada. Me gusta tener objetivos claros. El éxtasis. Calor, terracita, baño… Cada tantos días lo consigo. Cada tres o cuatro días… Mientras tanto duermo en los albergues. Pero tampoco es que me apetezca mucho. Hay horarios. ¿Qué sentido tiene someterse a un horario? Ya he pasado esa época infantil. ¿La libertad va ligada a la pobreza, vía irresponsabilidad? No lo sé, pero yo soy muy responsable porque siempre me ando preguntando esto mismo. Me hubiera gustado ser rico, más que nada para poder probarlo todo sin pasar estrecheces.

- Señorita Madelén
- ¿Sí, señor?
- Chúpeme la polla

Si llueve habrá que joderse. En Modas Marisa está más protegido, pero dejan las luces encendidas de noche. Así no hay quien duerma. En el Bongo Flipper cierran las verjas. Los de la obra han soltado al perro. A ver cuándo dejan de pasar los autobuses. Mañana abren un sitio donde dan sopa. Voy a ir. Los vecinos del sitio protestan porque dicen que el suyo no es un buen sitio, es decir, que a ellos no les gusta que vayamos para allá los mierdas que dormimos en la calle. Somos feos. O así. Yo ya lo entiendo, que no se piensen.

Pero que no se equivoquen conmigo. Puedo ser feo, pero limpio. Limpio como el que más. Cada dos o tres días. ¡Qué digo! Casi cada día me ducho. Lavo la ropa una vez por semana. Tengo cinco mudas.

- Entonces… ya sé, tú eres el de la mochila grande
- Sí. ¿Me conoces?
- No, que te he visto pasar

No se equivoquen conmigo. Estoy así por una serie de casualidades. De las que pasan todos los días, no se piensen, de las que nunca son definitivas, qué tontería, bah, pero llegando una detrás de otra, una detrás de otra… y después otra… y ni respirar te dejan. De repente, en la calle. Claro que puede suceder. Por supuesto. A cualquiera, además. La gente es que es gilipollas. ¿Conclusión? Hay que vivir al día.

No me va tan mal. En cuanto gano un poco de dinero protegiendo los comercios de la zona, me pago la pensión y me tranco una botella de vino del bueno, del de diez euros, pillo un rollo del chino y me fumo un peta. Eso y una barra de pan. La felicidad. Si no hiciera tanto frío en esta puta ciudad

Hoy me apetece dormir al raso.

Sí, ¿qué pasa?