Sir Jason Pollock, comandante pirata, hizo una llamada por el móvil.
- ¿Estarás en casa a las siete, amor mío?
- ¿Perdón?
- Uuuuuyyy. Prrfftt
- ¿Con quién hablo?
- Fsgk
- ¿Eres tú, Jason?
- Hgfdhgfd
- ¿Qué es lo que te pasa?
Alistair Mac Lean, transportista de cementos, escuchaba por la radio pirata que Belén Esteban se iba a operar de la nariz y de las bolsas de los ojos. Le pareció buena noticia. Después contaron que, en el partido del Athletic en Austria, unos ultraderechistas habían invadido el campo. Qué cosa más extraña y más típica a la vez, pensó. Mucho más extraño todavía era que el Athletic hubiera ganado 0-3 al Austria de Viena, con gol de San José.
- ¿Qué me dices del gol que has marcado?
- Eeeeehhhh. Bien, oyes, contento y tal
- ¿Te ha parecido importante para el equipo? Porque, en ese momento, ganabais sólo uno cero, y ya se sabe que en cualquier instante… en un descuido… ¿Estás satisfecho con tu debut? ¿Piensas que el entrenador contará más contigo? ¿Has recibido ofertas de otros equipos?
- Eeeeeeehhh. El equipo ha estado bien, oyes
- Pero… ¿estás contento personalmente con tu actuación? Se te veía tranquilo en el campo.
- ¿Tranquilo? Hombre… es que… no sé, oyes, tampoco es que…
- Claro, claro. Enhorabuena por el gol, ¿eh?
- Pues nada… que… gracias… oyes, ya sabes…
- Claro, claro. Me alegro mucho. Venga… San José tiene prisa. Nos despedimos.
- Vale, oyes
Goretti Ministrel introdujo la boca en el jamón pirata antes que el jamón en la boca. Portaba un cuchillo de medio acero de largo. Capaz de ir a por todas, condujo su Corvette hasta los aparcamientos de la playa y allí le prendió fuego a una marisma para hacerse una barbacoa. Fiesta, gente, noche. Jaia.
- ¿Está libre?
- ¿Tú de dónde eres?
- ¿Puedo sentarme aquí?
- Claro, tío, la playa es de todos
- Me gusta sentirme libre
- ¿A ti quién te ha invitado?
- El de la zamarra roja
- ¿Quién de ellos?
- El que se la ha quitado
Don Diego del Norte nunca se apercibió de que su querida sobrina pirata era en realidad la meretriz favorita del local del vicio. Ajeno a tal manejo, cuando se dio cuenta, murió. Su viuda, una señora de porte altivo aunque gorda, nunca pudo descubrir lo que hacía su marido con las acciones. Acudió durante toda su vida a los sermones de don Álvaro José, padre jesuíta, sin entender nada de lo que decía. De lo guapo que era. Con toda la pinta de no haber pisado nunca un ultramarinos, el muy tirillas.
- ¿Has envenenado correctamente la copa del misal?
- Esta vez no se nos escapa vivo
- ¿Y si tarda en morirse?
- Cierto, es muy fuerte el cabrón
- Le damos con la patena
- Vale, pero con la patena le das tú. Yo le doy con el copón
- Esta vez no se nos escapa
- ¡San Ignacio nos asista!
- ¡San Ignacio le habría dado con la espada!
- Cierto. Era soldado
- Capitán de soldados
- ¿Qué somos nosotros?
- Capitanes de soldados
- ¡Jesuitas!
- ¿Y qué hacemos ahora?
- Nos escondemos hasta que empiece la misa
Fabrice Martin Dubergé mató a su perro dogo al poco de embarcar en aquel barco pirata.
- ¿Por qué no lo mató en el puerto?
- Doné la pen. Le daba pena
El capitán del mismo barco pirata, que en puridad ostentaba titulación de comandante, y que tenía a su cargo otros tres barcos (de tres cuartos de vela) con bastantes hombres por banda, se vio en la tesitura de formular alguna respuesta coherente, porque su mujer estaba a punto de llamar a la policía.
- ¿Con quién te creías que estabas hablando?
- Contigo, Dolores
- ¿Y por qué me llamabas amor mío?
- Porque te quiero
- ¿Qué has bebido?
- Casi nada. Bueno, alguna cervecita…
- ¿Y por qué me dices cosas tan raras?
- Es que tengo el día
- Tengo el día, tengo el día…

- ¿Estarás en casa a las siete, amor mío?
- ¿Perdón?
- Uuuuuyyy. Prrfftt
- ¿Con quién hablo?
- Fsgk
- ¿Eres tú, Jason?
- Hgfdhgfd
- ¿Qué es lo que te pasa?
Alistair Mac Lean, transportista de cementos, escuchaba por la radio pirata que Belén Esteban se iba a operar de la nariz y de las bolsas de los ojos. Le pareció buena noticia. Después contaron que, en el partido del Athletic en Austria, unos ultraderechistas habían invadido el campo. Qué cosa más extraña y más típica a la vez, pensó. Mucho más extraño todavía era que el Athletic hubiera ganado 0-3 al Austria de Viena, con gol de San José.
- ¿Qué me dices del gol que has marcado?
- Eeeeehhhh. Bien, oyes, contento y tal
- ¿Te ha parecido importante para el equipo? Porque, en ese momento, ganabais sólo uno cero, y ya se sabe que en cualquier instante… en un descuido… ¿Estás satisfecho con tu debut? ¿Piensas que el entrenador contará más contigo? ¿Has recibido ofertas de otros equipos?
- Eeeeeeehhh. El equipo ha estado bien, oyes
- Pero… ¿estás contento personalmente con tu actuación? Se te veía tranquilo en el campo.
- ¿Tranquilo? Hombre… es que… no sé, oyes, tampoco es que…
- Claro, claro. Enhorabuena por el gol, ¿eh?
- Pues nada… que… gracias… oyes, ya sabes…
- Claro, claro. Me alegro mucho. Venga… San José tiene prisa. Nos despedimos.
- Vale, oyes
Goretti Ministrel introdujo la boca en el jamón pirata antes que el jamón en la boca. Portaba un cuchillo de medio acero de largo. Capaz de ir a por todas, condujo su Corvette hasta los aparcamientos de la playa y allí le prendió fuego a una marisma para hacerse una barbacoa. Fiesta, gente, noche. Jaia.
- ¿Está libre?
- ¿Tú de dónde eres?
- ¿Puedo sentarme aquí?
- Claro, tío, la playa es de todos
- Me gusta sentirme libre
- ¿A ti quién te ha invitado?
- El de la zamarra roja
- ¿Quién de ellos?
- El que se la ha quitado
Don Diego del Norte nunca se apercibió de que su querida sobrina pirata era en realidad la meretriz favorita del local del vicio. Ajeno a tal manejo, cuando se dio cuenta, murió. Su viuda, una señora de porte altivo aunque gorda, nunca pudo descubrir lo que hacía su marido con las acciones. Acudió durante toda su vida a los sermones de don Álvaro José, padre jesuíta, sin entender nada de lo que decía. De lo guapo que era. Con toda la pinta de no haber pisado nunca un ultramarinos, el muy tirillas.
- ¿Has envenenado correctamente la copa del misal?
- Esta vez no se nos escapa vivo
- ¿Y si tarda en morirse?
- Cierto, es muy fuerte el cabrón
- Le damos con la patena
- Vale, pero con la patena le das tú. Yo le doy con el copón
- Esta vez no se nos escapa
- ¡San Ignacio nos asista!
- ¡San Ignacio le habría dado con la espada!
- Cierto. Era soldado
- Capitán de soldados
- ¿Qué somos nosotros?
- Capitanes de soldados
- ¡Jesuitas!
- ¿Y qué hacemos ahora?
- Nos escondemos hasta que empiece la misa
Fabrice Martin Dubergé mató a su perro dogo al poco de embarcar en aquel barco pirata.
- ¿Por qué no lo mató en el puerto?
- Doné la pen. Le daba pena
El capitán del mismo barco pirata, que en puridad ostentaba titulación de comandante, y que tenía a su cargo otros tres barcos (de tres cuartos de vela) con bastantes hombres por banda, se vio en la tesitura de formular alguna respuesta coherente, porque su mujer estaba a punto de llamar a la policía.
- ¿Con quién te creías que estabas hablando?
- Contigo, Dolores
- ¿Y por qué me llamabas amor mío?
- Porque te quiero
- ¿Qué has bebido?
- Casi nada. Bueno, alguna cervecita…
- ¿Y por qué me dices cosas tan raras?
- Es que tengo el día
- Tengo el día, tengo el día…
