Me encontraba tan exhausto, tan cansado del trajín de la vida, que decidí darme un reposo dedicándome a una actividad relajante. Así soy yo, siempre tengo que estar haciendo algo. Pensé en alquilar una limusina y pegarme unos garbeos profundamente dormido. Seguro que tienen champán. Busqué en las páginas amarillas (Yellow Google Fellows) y llamé a la primera de la lista: Limusinas Arkaitz.
- Limusinas Arkaitz. Dígame.
- ¿Alquilan limusinas amarillas?
- En este momento tan sólo disponemos del color beis plateado
- No importa. ¿Cuánto vale?
Era tan caro que esta historia debería acabar aquí. Pero queda demasiado corta. Habrá que seguir con algo.
En estos momentos conduzco una limusina. Soy el chófer contratado. Es un trabajo que sólo se complica cuando hay curvas cerradas. Como todo.
- No nos lleve por Ascao
- ¿Por Ascao, no?
- No
- Entonces iremos por la Gran vía, ida y vuelta
Esta historia no tiene ninguna gracia. Tendría que cortar. Pero es que está entrando gente. Perdonen un momento.
Se han metido de golpe un presentador de televisión, dos putas y tres maricones. En total, cuatro maricones y dos putas.
- ¡Vamos a rodar un spot de televisión!
- ¡Vamos a tomar unos pintxos!
- ¡Vamos a joder la marrana!
- ¡Ja, ja, ja!
Ahora la cosa sí que se pone interesante. Metemos un poco de sexo y… ¿Qué coño sexo voy a meter, si sólo hay putas y maricones?
No sé lo que estarán pensando ustedes de mí, con este lenguaje tan homófobo. Pero no equivoquen al escritor con el personaje. Ya me entienden. Nabokov no era pedófilo. A pesar de Lolita. O eso decía él. Yo no soy maricón.
- A ver, maricón, dime, déjate de chorradas, ¿qué te dijo?
- Que a ver si se venía cuando se lo dijera
- ¡Queréis callaros!
- Calla tú, maricón
Las chicas también montaban bulla.
- ¡Champán!
- ¡Oh, la, la!
- ¡Ábrelo!
- ¡Plop!
Soy presentador de televisión. Estoy en una limusina con dos putas y tres maricones. Rodamos un anuncio del Consorcio de Bodas Luyando, todo un emporio en esta maldita ciudad. Me aburro. Menos mal que tengo el micrófono.
¿Lo dirá en doble sentido? Habrá que seguir leyendo. Esto cada vez se pone más interesante. Toca diálogo.
- ¿Usted qué nos recomienda?
- Primero ir de pintxos
- ¿Y luego?
- Luego habrá que tomar unas copas antes de comer
Soy una limusina amarilla a la que han pintado de marrón grisáceo. No me ha gustado nada el cambio. Encima llevo un día muy ajetreado. Se me ha sentado delante un gordo con una cámara. Y detrás ya me están manchando.
El ser de una limusina es masculino, como ustedes comprenderán. Porque yo… de maricón… nada. La limusina es el Conde Lequio de los coches. Pero no tengo voz, ya que soy una cosa. Aunque masculina también, por supuesto. Como el blanco. Sin atributos humanos. Las cosas no pensamos. Y por eso decimos tonterías. Tocamos muslo. Absorbemos humores y erupciones. Expulsamos gases. Corremos despacio. Las limusinas.
- ¿Qué os parece, chicas?
- ¡Plop!
- ¡Vamos allá!
Todo el día de aquí para allá cansa a cualquiera.
- ¡Plop!
- Limusinas Arkaitz. Dígame.
- ¿Alquilan limusinas amarillas?
- En este momento tan sólo disponemos del color beis plateado
- No importa. ¿Cuánto vale?
Era tan caro que esta historia debería acabar aquí. Pero queda demasiado corta. Habrá que seguir con algo.
En estos momentos conduzco una limusina. Soy el chófer contratado. Es un trabajo que sólo se complica cuando hay curvas cerradas. Como todo.
- No nos lleve por Ascao
- ¿Por Ascao, no?
- No
- Entonces iremos por la Gran vía, ida y vuelta
Esta historia no tiene ninguna gracia. Tendría que cortar. Pero es que está entrando gente. Perdonen un momento.
Se han metido de golpe un presentador de televisión, dos putas y tres maricones. En total, cuatro maricones y dos putas.
- ¡Vamos a rodar un spot de televisión!
- ¡Vamos a tomar unos pintxos!
- ¡Vamos a joder la marrana!
- ¡Ja, ja, ja!
Ahora la cosa sí que se pone interesante. Metemos un poco de sexo y… ¿Qué coño sexo voy a meter, si sólo hay putas y maricones?
No sé lo que estarán pensando ustedes de mí, con este lenguaje tan homófobo. Pero no equivoquen al escritor con el personaje. Ya me entienden. Nabokov no era pedófilo. A pesar de Lolita. O eso decía él. Yo no soy maricón.
- A ver, maricón, dime, déjate de chorradas, ¿qué te dijo?
- Que a ver si se venía cuando se lo dijera
- ¡Queréis callaros!
- Calla tú, maricón
Las chicas también montaban bulla.
- ¡Champán!
- ¡Oh, la, la!
- ¡Ábrelo!
- ¡Plop!
Soy presentador de televisión. Estoy en una limusina con dos putas y tres maricones. Rodamos un anuncio del Consorcio de Bodas Luyando, todo un emporio en esta maldita ciudad. Me aburro. Menos mal que tengo el micrófono.
¿Lo dirá en doble sentido? Habrá que seguir leyendo. Esto cada vez se pone más interesante. Toca diálogo.
- ¿Usted qué nos recomienda?
- Primero ir de pintxos
- ¿Y luego?
- Luego habrá que tomar unas copas antes de comer
Soy una limusina amarilla a la que han pintado de marrón grisáceo. No me ha gustado nada el cambio. Encima llevo un día muy ajetreado. Se me ha sentado delante un gordo con una cámara. Y detrás ya me están manchando.
El ser de una limusina es masculino, como ustedes comprenderán. Porque yo… de maricón… nada. La limusina es el Conde Lequio de los coches. Pero no tengo voz, ya que soy una cosa. Aunque masculina también, por supuesto. Como el blanco. Sin atributos humanos. Las cosas no pensamos. Y por eso decimos tonterías. Tocamos muslo. Absorbemos humores y erupciones. Expulsamos gases. Corremos despacio. Las limusinas.
- ¿Qué os parece, chicas?
- ¡Plop!
- ¡Vamos allá!
Todo el día de aquí para allá cansa a cualquiera.
- ¡Plop!