Vidas de padres e hijos

Rita se fue de casa porque su marido John no había sido capaz de darle un hijo. Se los había quedado todos para él.

Se marchó la tal Rita donde su vecino Charlie, un hombre olvidado que estaba triste porque la despistada de Johana, única hija de John, no lograba encontrar el rastrillador de hojas. La verdad es que la culpa la tuvo Chusmi.

Chusmi era un emigrante bolivariano que acabó encontrando trabajo como soplón en la CIA.

El día en que fue a echar los sellos de una carta secreta le capturaron los de la banda del hermano de Johana, un tipo duro que aún vivía con su padre. Obligaron a colindar el garaje mediante un acto brutalmente posesivo. Lo necesitaban para sus prácticas, pero nosotros también. Llegamos a un arreglo mediante el juicio del craddle (lo explico enseguida) y la adopción de severas medidas de control sobre posteriores ventas. Aún no hemos dicho que el trabajo de John era el de cartero. Y que previamente había adoptado a Chusmi como hijo natural.

Se presentaron mezclados en casa cuando el tarasca menos lo esperaba. Se encontraba en medio de una buena mañana, preparando su peculiar desayuno zurdo al hermano de Johana mientras con la otra mano intentaba practicar sucias cuitas. Al mendas no le importó. Se dedicó a cortocircuitar los esfuerzos de todos por conseguir una buena convivencia. Ya en el barrio habían pasado demasiadas cosas. Entre otras la desaparición de sacas y el intercambio de parejas sin previa aquiescencia.

Todo esto tiene sentido a la luz de los hechos posteriores. No desfallezcan. Ya me hago cargo de que parece mentira que Chusmi fuera hijo natural del caucásico John, pero esto es un hecho y hay que aceptarlo como tal.

O sea que tenemos, por lo menos, dos hermanos sin madre y un proceso en marcha. Y no se llamen a engaño, que la famosa madre Rita, la del fácil parto, se marchó porque le dio la gana. Eso por descontado. Pienso yo que una partida de craddle nunca es excusa para decir que el padre nos tenía secuestrados y largarse con viento fresco

¡Me cago en mi puta madre!

El taxista dejó en casa de Rita al protagonista principal de nuestro relato, al famoso personaje que puso la casta para que se diera todo esto. Surgió como de la nada junto con otro amigo pistolero a quien no tardamos en olvidar. En cierta medida desapareció. No era Charlie. Ahora no recuerdo el nombre del sujeto (no era Jorge), pero ya me irá viniendo. O sea que, de momento, seguimos. Resumiendo, que por medio de un secuestro hemos asistido a dos sesiones de esfuerzos incontrolados y a un arreglo a medias. Pero todavía no han parado de pasar cosas.

En casa de Rita se jugaba la timba, claro. Los negros tocaban el bombón y toda la pesca. Se formó un relente prodigioso. Tumba catumba.

Apareció nuestro protagonista, de quien estoy completamente seguro de que no se llamaba Jorge, y comenzó el fleque por las apuestas del craddle. Todo tenía que estar preparado. Los protagonistas, convenientemente ovillados en su apasionante rol de padres e hijos. La mujer, despechada, rota y casi huída. Los extras, escondidos de miedo detrás de las luces. ¡Empieza la partida!

¡Gong! Las pelotas de buen rodar, por el césped. Puntuación a voleo. Apuntes a boli. Cervezas muchas. Golpes. Se van haciendo una idea. Algunos preparaban sobre y otros chupaban. ¡Gong!

Traición de repente.

Como el retumbar del ruido de una pistola en un bar captamos pura la traición implícita en el pecho del renegado. Nos faltaba por embocar una pelota y perdió su palo el tío con alevosa chulería. Eso hizo. El mismo que no se llamaba Jorge.

¡Traición, gritamos todos! ¡Traición! No había más remedio.

El más bruto de los tres (a quien antes, por economizar medios, no habíamos mencionado) fue quien perdió el rastrillo, lo que motivó que Johana no pudiera encontrarlo y llevárselo a su padre, quien se lo pedía con avidez porque el hombre que no se llamaba Jorge, nuestro protagonista, exigía jugar con su propio palo y entonces, cuando estaba a punto de montarse la badana, ya con el borde del alimón descontrolado, no extrañó tanto que la madre de Chusmi, de conocidas querencias roqueras, se fugara de casa. Así fue como empezó el jaleo.

Yo soy su hijo. El segundo. Mi nombre es Lupo.

Mi hermano tercero, el hoolligan, se llama como el padre, por cierto, John. Es que el parto les cogió por sorpresa y no se les ocurrió nada mejor.

Y no pasó nada más. Alguna baja juvenil, alguna carta sin sello, algún disparo en la noche, algún vinito rico, calzoncillos de seda, bragas de esparto… Bien, bien. Casi nadie lloró.

Después del incidente todos nos hemos reconciliado y nos vemos con cierta frecuencia.

Apuntar: mañana tengo que coger las botas del balcón. Para ir al monte.

Incluso con madre las cosas van bien, gracias. A veces nos regala pasteles. Cuando le van bien las cosas a ella, por supuesto. Trabaja de puta, ya lo he sugerido antes, no se hagan los puretas. Ahora mismo está con el hombre aquél, el tonto del haba de antes, el protagonista, ése que no se llamaba Jorge… pero que ya me acuerdo yo ahora como se llamaba… ¿Luis? No, tampoco.

Apuntar: dejar las botas en el balcón toda la noche. Huelen mucho.

¿Seguro que no se llamaba Jorge?