“Vivo en un lugar donde no llega la luz…” ¿Se acuerdan ustedes de aquella emotiva canción de Lone Star titulada Mi calle? “Mi calle tiene un oscuro bar, húmedas paredes, pero sé que alguna vez cambiará mi suerte”. Se hizo popular hacia finales de los sesenta, una época tremendamente hippie, tremendamente revolucionaria… y tremendamente imposible. Y no es que yo conociera de primera mano aquellos tiempos, que no soy tan viejo, pero siempre que se me hacen presentes mis actuales condiciones de vida, me viene a la memoria la letra en cuestión. “Vivo en un lugar donde no llega la luz…”. Buf, qué agobio. Menos mal que aquello ya pasó. Hoy en día mi ambiente vital es ideal de la muerte.
Porque hace ya varios años que vivimos en el campo. Era algo por lo que llevábamos luchando mucho tiempo. Hay que tener en cuenta que cuando me fui a vivir con mi pareja no teníamos ni un duro, y el cuchitril en el que practicábamos nuestras primeras estrecheces y nuestras segundas fogosidades era tan espantoso que los de Lone Star no se hubieran atrevido a ni a entrar.
- ¿Y ahora por qué no hay luz?
- Qué más da, mujer, no nos hace falta
- ¿Habrá ratas?
- ¿Te pongo una manta debajo?
- ¿Para qué?
- Pues para… ya sabes…
- ¡Que las paredes rezuman!
- Deja a las paredes en paz
- ¡Y hay un ruido espantoso!
- Es el taller de abajo... ¿no te pone?
- ¡Y tú sólo pensando en follar!
- ¿En qué quieres que piense?
En cuanto conseguimos ahorrar un par de duros nos vinimos al campo. Atravesamos la frontera del oeste, vía Cantabria, en busca de mejores, y más económicas, condiciones de vida. Compramos un caserío destrozado, junto con una docenita de metros cuadrados de tierra salpicada de piedras y cagarros de oveja. El trabajo fue duro, pero mejor lo cuento otro día, que no me gusta ir por ahí dando la chapa. Resumiendo, que aquí todo es distinto, maravilloso, ideal de la muerte, ya digo. Chachi piruli. Excepto por ciertos detalles.
Como, por ejemplo, cuando pillé al corzo aquél, claro. Porque de eso trata todo esto. Me apetece contar lo del día en que arrollé al pobre bicho. Para que conste.
- ¿Cuándo llegamos, papá?
- Enseguida
Era de noche. Volvíamos a casa. Un día agotador, porque yo había tenido turno de guardería. Me había tocado cuidar a los niños de todos durante todo el día. Digo bien, los niños de todos durante todo el día. Regresaba muy tarde, muchísimo más agotado y deshecho que aquel profesor de latín, en aquella genial viñeta del dibujante Sempé, tras un par de horas de clase intensiva. Los críos que yo había estado cuidando no estudiaban lenguas muertas, pues eran más bien pequeñitos, pero de que sabían latín no me queda ninguna duda. No el latín del rosa rosae sino el de tocar las pelotas a diestro y siniestro. Y durante un montón de horas. Nada de una clase larga. Un día eterno.
En fin, ya basta de quejarse. Todo por explicar que estaba cansado. Me sentía derrengado, queda dicho. Era de noche cerrada, tan cerrada como sólo suelen verse (es un decir) en campo abierto. Llevaba la furgo. Me infla las narices conducir la furgo de noche. Detrás iba sentada mi propia hija de cinco años, uno de esos elementos infantiles con los que había estado bregando la jornada entera. La verdad es que se veía muy poco. Ya estábamos muy cerca. Un kilómetro de bosquecillo y…
- ¡Papá!
- ¿Qué?
Hubo como una nube y después un golpe tremendo. Durante un instante me pareció ver dos ojos asustados. Fue una colisión espantosa, como si hubiéramos chocado contra un árbol. Un árbol de carne salvaje, viva y temblorosa. Intenté sin mucho éxito tranquilizar a mi hija, y salimos. A la incierta luz de los faros -tengo que cambiarlos- contemplamos la descorazonadora escena de un animal tumbado, agitándose de terror, pugnando por despegarse del frío asfalto. Tras varias intentonas que nuestra presencia no hizo sino exacerbar histéricamente, decidió darse por vencido. Estiraba el cuello. Sacaba la lengua. Echaba vapor.
- ¿Es un corzo, papá?
- Creo que sí
El pobre bicho tenía algo roto. Seguramente una pata. Daba pena, pero también miedo. Aquella joven mole derrotada, aquel pelaje pardo y palpitante, la oscuridad, el terror animal, la cercanía de la muerte, la belleza salvaje. Muy romántico, sí, pero vaya palo.
- ¿Papá, qué vas a hacer?
- Hay que volver al pueblo
Conduje rápido hasta la primera taberna. Había un tipo acodado en la barra, toscamente pasivizado por el Tio de la Vara, un personaje televisivo y graciosete, bastante popular. Me hizo ver a través de su sopor cazurro que yo le molestaba. Acogió con grandes desprecios mis súplicas de ayuda. ¡Qué tipo más desagradable! Regurgitaba monosílabos incomprensibles. Me había topado con el típico aldeano psicópata, ya es mala suerte la mía. Cuando por fin conseguí que el camarero me pasara el teléfono, intentó quitármelo de las manos. Porque estaba mi hija delante, que si no el loco ése se lleva algo más que una patada bajera.
- ¡Camarero, déme la guía, por favor!
- Tome usted
Llamé a todas las asociaciones de animales que encontré. Sin ningún éxito. Resumiendo, o no se podían hacer cargo o no te cogían el teléfono. Alguien avisó a la Guardia Civil. Seguro que fue el mismo borono sociópata, vaya cabrón. Le tenía que haber… Pero mejor me contengo, que llega la autoridad.
- A ver. Informe de los hechos.
- Nada, que aquí el señor ha matado a un animal
Yo no había matado a nadie, por supuesto, pero me trataron como a un asesino. Me acompañaron hasta el lugar del accidente haciéndome sentir en todo momento cual villano de película. Aunque para película ya estaban ellos. Vaya pareja. Película española, y de las malas.
- ¿De quién es este animal?
- ¿Cómo dice?
- ¿A quién pertenece el interfecto?
- ¿Tiene que pertenecer a alguien?
- Es necesario hacerlo constar en el parte
- Pues en otros tiempos pertenecería al señor conde…
- ¿Cómo ¿Qué conde?
- Nada, nada, es broma. Será del Gobierno, digo yo
- ¿Ha atentado usted contra una propiedad del Gobierno?
- No, no, si lo he dicho por decir
- ¿Lo va a confesar usted o tramitamos la declaración en el cuartelillo?
- No, no, tranquilo, tranquilo. Ponga usted que es del bosque
- ¿Del bosque?
- Sí señor
- ¿Dirección?
- ¿Eh? Pues…
- ¿No sabe la dirección? Entonces tendremos que…
- No, no, tranquilo. Escriba usted Carretera a Ogoños, 214 o 216
- ¿214 o 216?
- Ponga los dos
- De acuerdo. Pues ya le cuesta a usted soltar la información…
- Es que, comprenda usted, no estoy acostumbrado…
Ni todos los días se atropella a un cérvido ni todas las noches tiene uno que tratar con la misma pareja de cromañones que lo perseguían a pedradas en el paleolítico superior. Yo creo que tenían envidia de que lo hubiera cazado yo. Lo miraban como si se tratara de una enorme fuente de chuletas.
- ¿Está muerto?
- No creo, se mueve
- Se mueve. Anote que se mueve. ¿Qué le ha hecho usted?
- Nada. Se me tiró encima…
- Y usted le golpeó
- Claro
- Típico. Apunte que le golpeó
- Pero él se me tiró encima
- Eso es irrelevante. Levántelo
- ¿Cómo?
- Que lo levante. Si no está muerto, debería levantarse
- Creo que tiene algo roto
- ¿Cómo lo sabe?
- Porque no se levanta
- Por eso le digo que lo levante
Para no seguir escuchándole me acerqué al pobre animal. A medida que me aproximaba a él se iba poniendo cada vez más histérico, se retorcía, bufaba. Tocarlo no iba a resultar nada fácil.
- No me deja acercarme. Es peligroso
- Claro, claro. Y ahora se da usted cuenta
- Es que…
- Haberlo pensado antes de golpearle
- Pero…
- ¿Y ahora qué hacemos?
- Pues no sé, pensaba que ustedes…
- Nosotros no hacemos milagros, señor mío
- Pero habrá que llevar al animal…
- Habraque, habraque. Esto no consta en las ordenanzas
- ¿Y qué pueden hacer ustedes?
- Lo que estamos haciendo. Levantar el parte
- ¿Y después?
- ¿Después de qué?
- Del parte
- Nuestro trabajo ya está acabado. Ahora corresponde a otras instancias
- ¿Qué instancias?
- Instancias superiormente especializadas. ¿Comprende?
Pues sí, empezaba a comprender que la inutilidad de aquellos civiles era directamente proporcional a su pinta de aparvados, que era enorme y, por así decirlo, solidaria. Vamos, que tenían los dos un aspecto de tontos de culo que tiraba para atrás. Por hacer constar su enorme cultura, que es algo muy habitual entre los cortos, uno de ellos afirmó:
- El animal es corzo
Ante lo cual yo, muy oportunamente, respondí:
- Es corzo, sí
Y me puse de costado, en escorzo, enseñándoles el hombro. Ya sé que es el peor chiste que he hecho en mi vida, pero tengo comprobado que los peores chistes son los que con mayor facilidad entiende todo el mundo. Salvo excepciones, por supuesto. Como aquella pareja de la Guardia Civil. Pienso que ni siquiera eran de este mundo. Me miraron como si estuviera loco, comentaron algo entre ellos y se alejaron un poco, cuchicheando. Ni cuchichear sabían, se les oía todo.
- ¿Pedimos el helicóptero?
- ¿De noche?
- No, claro
- No creo que lo dejen sacar
- No
- Porque no se ve nada
- Claro
- Aunque a lo mejor tiene focos
- ¿Quién?
- El helicóptero
- No sé
- ¿Qué hacemos, entonces?
- Pues…
- ¿Pedimos un camión?
- ¿Un camión?
- Para que quepa
- Ah, claro
Y siguieron así un buen rato. De vez en cuando intentaba meter baza, pero sólo conseguía liarlo todo un poco más. No comprendían lo más elemental: que había que traer a alguien que entendiera algo de animales grandes, para que pudiera curar al pobre corzo y eventualmente llevárselo a algún sitio donde recuperarse. Seguro que existían entidades especializadas en esas cosas, en esta vida hay de todo, les explicaba. Pero no había quien hiciera entrar en razón a la pareja de civiles. Yo lo seguía intentando. Hay organizaciones que vienen en la guía telefónica, habría que llamarlas, y eso era justo lo que estaba haciendo cuando ustedes, pedazo de inútiles… Así mismo no se lo dije, pero lo pensé. De todos modos mi experiencia con el teléfono había sido más bien chunga.
- ¿Aceptarían un corzo?
- Lo siento, completo
Hasta que apareció de la nada el dueño de la farmacia, que luego me enteré que se llamaba Evelio, le enchufó al corzo una inyección mediante pistola ad hoc (que no vean ustedes el temblor que les dio a los guardia civiles cuando vieron el presunto arma) y se ofreció a llevarlo provisionalmente a su predio. Lo cargamos entre los cuatro en su furgoneta (que no sigan viendo ustedes lo que nos costó que la parejita echara una mano) y allá que se fue el señor Evelio con su animal herido. Ni imaginar quiero lo que haría para bajarlo al suelo. Da igual. Arreglado. Ahora volvería a recoger a mi hija, que se había quedado en el bar, y…
- Firme usted aquí
- ¿Cómo?
- Firme el parte
- ¿Y qué dice? ¿Lo puedo leer?
- ¡No ande usted ahora con tonterías!
- Tranquilo, tranquilo, que ya firmo
- El parte es una narración sucinta de los hechos detallados
- Ah, vale, perdone, ya me hago cargo
Y firmé. No sé lo que firmé, pero se quedaron tan contentos que me llevaron al bar, hicieron unas cucamonas a mi niña y se hicieron invitar a un par de cervezas. En cuanto las trasegaron desaparecieron de mi vida. Espero que para siempre. El resto de la velada, afortunadamente, transcurrió con normalidad. Fuimos a casa. Metí a mi hija en la cama, lloró un buen rato, me tomé un whisky, encendí la tele y me dormí. Mi pareja tenía el día libre. La muy suertuda estaba de juerga con sus amigotas en la gran capital. No volvería hasta el día siguiente. Seguro que ronqué un montón.
Poco después de que ella volviera, justo antes de comer, Evelio me llamó por teléfono para informarme de que había llevado al corzo de mañanita al Parque Nacional de Cabárceno. Qué amable el Evelio. Y allá que lo dejó. Hasta hoy.
Digo que hasta hoy porque días más tarde me enteré de que los expertos del parque mataron al bicho nada más comprobar que efectivamente tenía la pata rota. Qué bestias son los científicos.
Aunque para bestia yo. Ahora recuerdo la conversación que tuve con mi hija nada más recuperarme de la impresión del choque. ¿Se acuerdan que les dije que intenté tranquilizarla?
- ¡Papá, has pillado algo!
- Acabo de matar a Bambi, mi cielo
La chavala se puso a llorar como una descosida. Normal. Hay que ser bruto. Yo pienso que me salió una respuesta así de cruel como reacción a las torturas, tanto psicológicas como puramente físicas, a las que me habían sometido los infantes durante todo el día. Me surgió así, fue un pronto. Qué le vamos a hacer. Tampoco hay que cebarse conmigo. Opino que los niños también tienen que entender de chistes. En fin, qué más da. La niña lloró. Pero es que mi hija es una llorona implacable. Sólo tengo una y me sale llorona. Ya tiene pelotas que siga llorando con cinco años. Aunque tampoco es que llore todos los días. Los sábados se contiene para que no la dejemos sin arroz con leche. Menos mal. Tampoco quiero quedar como Herodes, que conste. Me gustan los niños, y mi niña la que más. Que quede claro. Aunque la haya hecho llorar. Que conste que no soy perfecto… Bueno, ya vale. Mejor sigamos, que aquí el asunto es el corzo, no yo.
Resumiendo, que el pobre animalito se debió de llevar a su limbo una impresión muy extraña de los seres humanos. Primero le agreden brutalmente por medio de una máquina infernal. Después le cuidan con mimo y cariño. Y para rematar la jugada, lo rematan con total frialdad. Dentro de la misma provincia y por el mismo precio. ¿Qué andará contando allá por los eternos pastos? ¿Se meterá conmigo?
Lo peor de todo no es que yo fuera el responsable principal, sino que además me sentía responsable. De hecho me gustaría ser cristiano para poder confesar el pecado y quedar limpio de esta maldita culpabilidad. Un gran invento ése de la confesión.
Este documento mismo es una confesión, ¿o no se habían ustedes dado cuenta? ¿Qué penitencia me ponen? ¿Callarme? Vale.
Porque hace ya varios años que vivimos en el campo. Era algo por lo que llevábamos luchando mucho tiempo. Hay que tener en cuenta que cuando me fui a vivir con mi pareja no teníamos ni un duro, y el cuchitril en el que practicábamos nuestras primeras estrecheces y nuestras segundas fogosidades era tan espantoso que los de Lone Star no se hubieran atrevido a ni a entrar.
- ¿Y ahora por qué no hay luz?
- Qué más da, mujer, no nos hace falta
- ¿Habrá ratas?
- ¿Te pongo una manta debajo?
- ¿Para qué?
- Pues para… ya sabes…
- ¡Que las paredes rezuman!
- Deja a las paredes en paz
- ¡Y hay un ruido espantoso!
- Es el taller de abajo... ¿no te pone?
- ¡Y tú sólo pensando en follar!
- ¿En qué quieres que piense?
En cuanto conseguimos ahorrar un par de duros nos vinimos al campo. Atravesamos la frontera del oeste, vía Cantabria, en busca de mejores, y más económicas, condiciones de vida. Compramos un caserío destrozado, junto con una docenita de metros cuadrados de tierra salpicada de piedras y cagarros de oveja. El trabajo fue duro, pero mejor lo cuento otro día, que no me gusta ir por ahí dando la chapa. Resumiendo, que aquí todo es distinto, maravilloso, ideal de la muerte, ya digo. Chachi piruli. Excepto por ciertos detalles.
Como, por ejemplo, cuando pillé al corzo aquél, claro. Porque de eso trata todo esto. Me apetece contar lo del día en que arrollé al pobre bicho. Para que conste.
- ¿Cuándo llegamos, papá?
- Enseguida
Era de noche. Volvíamos a casa. Un día agotador, porque yo había tenido turno de guardería. Me había tocado cuidar a los niños de todos durante todo el día. Digo bien, los niños de todos durante todo el día. Regresaba muy tarde, muchísimo más agotado y deshecho que aquel profesor de latín, en aquella genial viñeta del dibujante Sempé, tras un par de horas de clase intensiva. Los críos que yo había estado cuidando no estudiaban lenguas muertas, pues eran más bien pequeñitos, pero de que sabían latín no me queda ninguna duda. No el latín del rosa rosae sino el de tocar las pelotas a diestro y siniestro. Y durante un montón de horas. Nada de una clase larga. Un día eterno.
En fin, ya basta de quejarse. Todo por explicar que estaba cansado. Me sentía derrengado, queda dicho. Era de noche cerrada, tan cerrada como sólo suelen verse (es un decir) en campo abierto. Llevaba la furgo. Me infla las narices conducir la furgo de noche. Detrás iba sentada mi propia hija de cinco años, uno de esos elementos infantiles con los que había estado bregando la jornada entera. La verdad es que se veía muy poco. Ya estábamos muy cerca. Un kilómetro de bosquecillo y…
- ¡Papá!
- ¿Qué?
Hubo como una nube y después un golpe tremendo. Durante un instante me pareció ver dos ojos asustados. Fue una colisión espantosa, como si hubiéramos chocado contra un árbol. Un árbol de carne salvaje, viva y temblorosa. Intenté sin mucho éxito tranquilizar a mi hija, y salimos. A la incierta luz de los faros -tengo que cambiarlos- contemplamos la descorazonadora escena de un animal tumbado, agitándose de terror, pugnando por despegarse del frío asfalto. Tras varias intentonas que nuestra presencia no hizo sino exacerbar histéricamente, decidió darse por vencido. Estiraba el cuello. Sacaba la lengua. Echaba vapor.
- ¿Es un corzo, papá?
- Creo que sí
El pobre bicho tenía algo roto. Seguramente una pata. Daba pena, pero también miedo. Aquella joven mole derrotada, aquel pelaje pardo y palpitante, la oscuridad, el terror animal, la cercanía de la muerte, la belleza salvaje. Muy romántico, sí, pero vaya palo.
- ¿Papá, qué vas a hacer?
- Hay que volver al pueblo
Conduje rápido hasta la primera taberna. Había un tipo acodado en la barra, toscamente pasivizado por el Tio de la Vara, un personaje televisivo y graciosete, bastante popular. Me hizo ver a través de su sopor cazurro que yo le molestaba. Acogió con grandes desprecios mis súplicas de ayuda. ¡Qué tipo más desagradable! Regurgitaba monosílabos incomprensibles. Me había topado con el típico aldeano psicópata, ya es mala suerte la mía. Cuando por fin conseguí que el camarero me pasara el teléfono, intentó quitármelo de las manos. Porque estaba mi hija delante, que si no el loco ése se lleva algo más que una patada bajera.
- ¡Camarero, déme la guía, por favor!
- Tome usted
Llamé a todas las asociaciones de animales que encontré. Sin ningún éxito. Resumiendo, o no se podían hacer cargo o no te cogían el teléfono. Alguien avisó a la Guardia Civil. Seguro que fue el mismo borono sociópata, vaya cabrón. Le tenía que haber… Pero mejor me contengo, que llega la autoridad.
- A ver. Informe de los hechos.
- Nada, que aquí el señor ha matado a un animal
Yo no había matado a nadie, por supuesto, pero me trataron como a un asesino. Me acompañaron hasta el lugar del accidente haciéndome sentir en todo momento cual villano de película. Aunque para película ya estaban ellos. Vaya pareja. Película española, y de las malas.
- ¿De quién es este animal?
- ¿Cómo dice?
- ¿A quién pertenece el interfecto?
- ¿Tiene que pertenecer a alguien?
- Es necesario hacerlo constar en el parte
- Pues en otros tiempos pertenecería al señor conde…
- ¿Cómo ¿Qué conde?
- Nada, nada, es broma. Será del Gobierno, digo yo
- ¿Ha atentado usted contra una propiedad del Gobierno?
- No, no, si lo he dicho por decir
- ¿Lo va a confesar usted o tramitamos la declaración en el cuartelillo?
- No, no, tranquilo, tranquilo. Ponga usted que es del bosque
- ¿Del bosque?
- Sí señor
- ¿Dirección?
- ¿Eh? Pues…
- ¿No sabe la dirección? Entonces tendremos que…
- No, no, tranquilo. Escriba usted Carretera a Ogoños, 214 o 216
- ¿214 o 216?
- Ponga los dos
- De acuerdo. Pues ya le cuesta a usted soltar la información…
- Es que, comprenda usted, no estoy acostumbrado…
Ni todos los días se atropella a un cérvido ni todas las noches tiene uno que tratar con la misma pareja de cromañones que lo perseguían a pedradas en el paleolítico superior. Yo creo que tenían envidia de que lo hubiera cazado yo. Lo miraban como si se tratara de una enorme fuente de chuletas.
- ¿Está muerto?
- No creo, se mueve
- Se mueve. Anote que se mueve. ¿Qué le ha hecho usted?
- Nada. Se me tiró encima…
- Y usted le golpeó
- Claro
- Típico. Apunte que le golpeó
- Pero él se me tiró encima
- Eso es irrelevante. Levántelo
- ¿Cómo?
- Que lo levante. Si no está muerto, debería levantarse
- Creo que tiene algo roto
- ¿Cómo lo sabe?
- Porque no se levanta
- Por eso le digo que lo levante
Para no seguir escuchándole me acerqué al pobre animal. A medida que me aproximaba a él se iba poniendo cada vez más histérico, se retorcía, bufaba. Tocarlo no iba a resultar nada fácil.
- No me deja acercarme. Es peligroso
- Claro, claro. Y ahora se da usted cuenta
- Es que…
- Haberlo pensado antes de golpearle
- Pero…
- ¿Y ahora qué hacemos?
- Pues no sé, pensaba que ustedes…
- Nosotros no hacemos milagros, señor mío
- Pero habrá que llevar al animal…
- Habraque, habraque. Esto no consta en las ordenanzas
- ¿Y qué pueden hacer ustedes?
- Lo que estamos haciendo. Levantar el parte
- ¿Y después?
- ¿Después de qué?
- Del parte
- Nuestro trabajo ya está acabado. Ahora corresponde a otras instancias
- ¿Qué instancias?
- Instancias superiormente especializadas. ¿Comprende?
Pues sí, empezaba a comprender que la inutilidad de aquellos civiles era directamente proporcional a su pinta de aparvados, que era enorme y, por así decirlo, solidaria. Vamos, que tenían los dos un aspecto de tontos de culo que tiraba para atrás. Por hacer constar su enorme cultura, que es algo muy habitual entre los cortos, uno de ellos afirmó:
- El animal es corzo
Ante lo cual yo, muy oportunamente, respondí:
- Es corzo, sí
Y me puse de costado, en escorzo, enseñándoles el hombro. Ya sé que es el peor chiste que he hecho en mi vida, pero tengo comprobado que los peores chistes son los que con mayor facilidad entiende todo el mundo. Salvo excepciones, por supuesto. Como aquella pareja de la Guardia Civil. Pienso que ni siquiera eran de este mundo. Me miraron como si estuviera loco, comentaron algo entre ellos y se alejaron un poco, cuchicheando. Ni cuchichear sabían, se les oía todo.
- ¿Pedimos el helicóptero?
- ¿De noche?
- No, claro
- No creo que lo dejen sacar
- No
- Porque no se ve nada
- Claro
- Aunque a lo mejor tiene focos
- ¿Quién?
- El helicóptero
- No sé
- ¿Qué hacemos, entonces?
- Pues…
- ¿Pedimos un camión?
- ¿Un camión?
- Para que quepa
- Ah, claro
Y siguieron así un buen rato. De vez en cuando intentaba meter baza, pero sólo conseguía liarlo todo un poco más. No comprendían lo más elemental: que había que traer a alguien que entendiera algo de animales grandes, para que pudiera curar al pobre corzo y eventualmente llevárselo a algún sitio donde recuperarse. Seguro que existían entidades especializadas en esas cosas, en esta vida hay de todo, les explicaba. Pero no había quien hiciera entrar en razón a la pareja de civiles. Yo lo seguía intentando. Hay organizaciones que vienen en la guía telefónica, habría que llamarlas, y eso era justo lo que estaba haciendo cuando ustedes, pedazo de inútiles… Así mismo no se lo dije, pero lo pensé. De todos modos mi experiencia con el teléfono había sido más bien chunga.
- ¿Aceptarían un corzo?
- Lo siento, completo
Hasta que apareció de la nada el dueño de la farmacia, que luego me enteré que se llamaba Evelio, le enchufó al corzo una inyección mediante pistola ad hoc (que no vean ustedes el temblor que les dio a los guardia civiles cuando vieron el presunto arma) y se ofreció a llevarlo provisionalmente a su predio. Lo cargamos entre los cuatro en su furgoneta (que no sigan viendo ustedes lo que nos costó que la parejita echara una mano) y allá que se fue el señor Evelio con su animal herido. Ni imaginar quiero lo que haría para bajarlo al suelo. Da igual. Arreglado. Ahora volvería a recoger a mi hija, que se había quedado en el bar, y…
- Firme usted aquí
- ¿Cómo?
- Firme el parte
- ¿Y qué dice? ¿Lo puedo leer?
- ¡No ande usted ahora con tonterías!
- Tranquilo, tranquilo, que ya firmo
- El parte es una narración sucinta de los hechos detallados
- Ah, vale, perdone, ya me hago cargo
Y firmé. No sé lo que firmé, pero se quedaron tan contentos que me llevaron al bar, hicieron unas cucamonas a mi niña y se hicieron invitar a un par de cervezas. En cuanto las trasegaron desaparecieron de mi vida. Espero que para siempre. El resto de la velada, afortunadamente, transcurrió con normalidad. Fuimos a casa. Metí a mi hija en la cama, lloró un buen rato, me tomé un whisky, encendí la tele y me dormí. Mi pareja tenía el día libre. La muy suertuda estaba de juerga con sus amigotas en la gran capital. No volvería hasta el día siguiente. Seguro que ronqué un montón.
Poco después de que ella volviera, justo antes de comer, Evelio me llamó por teléfono para informarme de que había llevado al corzo de mañanita al Parque Nacional de Cabárceno. Qué amable el Evelio. Y allá que lo dejó. Hasta hoy.
Digo que hasta hoy porque días más tarde me enteré de que los expertos del parque mataron al bicho nada más comprobar que efectivamente tenía la pata rota. Qué bestias son los científicos.
Aunque para bestia yo. Ahora recuerdo la conversación que tuve con mi hija nada más recuperarme de la impresión del choque. ¿Se acuerdan que les dije que intenté tranquilizarla?
- ¡Papá, has pillado algo!
- Acabo de matar a Bambi, mi cielo
La chavala se puso a llorar como una descosida. Normal. Hay que ser bruto. Yo pienso que me salió una respuesta así de cruel como reacción a las torturas, tanto psicológicas como puramente físicas, a las que me habían sometido los infantes durante todo el día. Me surgió así, fue un pronto. Qué le vamos a hacer. Tampoco hay que cebarse conmigo. Opino que los niños también tienen que entender de chistes. En fin, qué más da. La niña lloró. Pero es que mi hija es una llorona implacable. Sólo tengo una y me sale llorona. Ya tiene pelotas que siga llorando con cinco años. Aunque tampoco es que llore todos los días. Los sábados se contiene para que no la dejemos sin arroz con leche. Menos mal. Tampoco quiero quedar como Herodes, que conste. Me gustan los niños, y mi niña la que más. Que quede claro. Aunque la haya hecho llorar. Que conste que no soy perfecto… Bueno, ya vale. Mejor sigamos, que aquí el asunto es el corzo, no yo.
Resumiendo, que el pobre animalito se debió de llevar a su limbo una impresión muy extraña de los seres humanos. Primero le agreden brutalmente por medio de una máquina infernal. Después le cuidan con mimo y cariño. Y para rematar la jugada, lo rematan con total frialdad. Dentro de la misma provincia y por el mismo precio. ¿Qué andará contando allá por los eternos pastos? ¿Se meterá conmigo?
Lo peor de todo no es que yo fuera el responsable principal, sino que además me sentía responsable. De hecho me gustaría ser cristiano para poder confesar el pecado y quedar limpio de esta maldita culpabilidad. Un gran invento ése de la confesión.
Este documento mismo es una confesión, ¿o no se habían ustedes dado cuenta? ¿Qué penitencia me ponen? ¿Callarme? Vale.