Crónica infernal

Vine despacio, caminando, sin prisa alguna. Llegué a los bajos de las torres. Sonreí. Una luz amarilla desbordaba los escaparates. Acababa de escapar del averno. Me senté.

- ¿Hace un hot dog, hermano?
- ¿Me lo da gratis?
- Sólo un eurito
- No tengo
- La paz sea contigo

Allá abajo, en la bocana del espeluzno, casi no me había dado tiempo a despedirme de los amigos. El can Cerbero por fin se durmió. Sus cófrades andaban celebrando alguna despedida de soltero. Aproveché la ocasión y me fugué del tártaro infernal.

Se sabía que en el suburbio de Cienfuegos había alguna salida oculta. Me hice llevar en taxi privado. En vez de pagar, seccioné la garganta del taxista. Algunos mendas despreocupados que por allí pululaban dieron por válida la boleta. Inmediatamente fue aceptada mi entrada. Puerta 4. Puerta 5. Puertas 6A y 6B.

- Necesita un ticket para entrar.
- No quiero entrar, quiero salir
- Entonces es diferente

Lo primero que sentí del exterior no fue la luz sino el frío. Gracias a mis largas experiencias caliginosas, fruto de mis habilidades delictivas, no me fue difícil hacerme con un abrigo. Y sentarme en un banco. Y atracar un banco. Me procuré un buen capital en menos de una semana. Necesitaba un mínimo para poder contar mi historia, para que alguien me creyera.

Residencia señorial en Colombia. Mucama, amante y cocinera, en junto y por separado. Ristras de papel donde expresar mis más íntimos pensamientos. ¿Por dónde empezar?

- ¿Fuiste tú quién robó el arroz con leche a Godino?
- Si, ¿qué pasa?
- Sintomático
- Hay gente que las ha hecho peores
- También serán juzgados

Estoy cansado de juicios. Para traerme aquí declararon que el 23 de febrero, con todo el país agotado y exhausto, yo, fulano de tal, en plena facultad de mis posesiones mentales… etcétera, etcétera. Yo no tengo que demostrar nada a nadie. Culpable. Al infierno de cabeza. Todos somos culpables.

- ¡Todos somos culpables!
- ¡Cállese el reo!
- ¡Este tribunal está contaminado!!
- ¡Hágase callar al reo!

Fueron años que prefiero no recordar. Allí abajo, para mayor comodidad de cómputo, los agrupan en siglos. Tres mil siglos forman un triglo, su unidad más pequeña. Así que allá que te encierran para un ratillo. Triglos y triglos. Podría pasarme varias vidas contando anécdotas.

Como aquel día en que fui a por carbón de sotabarros, al extremo de la dehesa, bajo el nido de una bigarda. Los ingleses del puerto trujeron una bombarda de masa dócil y los alimentadores del fuego sajaron el celemín al enquisto. Entonces, de entre los muertos, en breves instantes tríglidos, del más exquisito cadáver -uno azul casi sin rastro de olor nocivo- hicieron comida de perro y humus de embarazadas. ¡Benedicat! ¡Benedicat!

Y como ésta, mil anécdotas más. Como cuando mi padre putativo bebía agua caliente. Pegaba un primer trago abrasador y expulsaba inmediatamente el gas subsiguiente en geiser de dentadura. ¡Pruaaaf! No recuerdo si también se tiraba un pedo al mismo tiempo. No sería de extrañar, visto el percal… Por cierto, ¿quién ha visto el programa de la tele? ¡Acusan a mi propio padre de matar al general de la nación! ¿Será cierto? ¿Con quién he vivido todo este tiempo? ¿Soy el hijo de un asesino?

A eso me refiero, a esos pequeños momentos que nos llevaron a delinquir sin comerlo ni beberlo. Vosotros ya estáis muertos. Despreocupados. Descreídos. Qué le vamos a hacer. A mí me cogieron los cabrones justo después de morir.

- ¿A dónde crees que vas?
- ¿Qué pasa?
- ¡Al infierno derechito!
- ¡No quiero!
- Te jodes

Mucha gente no cree ni que exista el infierno. Mucha gente no creía que existiera el Gulag. El intelectual Juan Benet, por ejemplo. Pensaba que a Soljenitsin habría que encerrarle en Siberia por inventar tales infundios antisoviéticos. Pensamientos de la gente, perdición segura. Logré escapar. Cállate. Logré escapar. Y aquí estoy, como un cubano en Florida.

- ¿Dónde pongo las cocochas?
- Déjalas ahí, al fresco
- ¿Qué comemos hoy?
- Torrijas

Como epílogo a esta apasionante historia contaré que hoy en día trabajo en el departamento contable de una gran empresa. Mi sueldo me llega para sufragarme los gastos más elementales, tabaco de pipa, chicles, preservativos, pasteles, cerveza... No me quejo. No me quejo. Me he escapado del infierno. ¿Qué más puedo pedir?