Un poco de historia. Tras el fallecimiento en los yacimientos de Olduvai (la llamada cuna de la humanidad, en Tanzania) de uno de los científicos más eminentes del Reino Unido y responsable de política productiva del Earthwomb Institute, el doctor Keith Asson, su esposa Ethel descubrió entre sus papeles unos peculiares análisis químicos, marcados todos ellos con un gran signo de interrogación en rojo. Se trataba del resultado de investigaciones rutinarias efectuadas sobre los restos arqueológicos prehistóricos más antiguos del mundo. Ethel demostró una gran presencia de ánimo y un espíritu de iniciativa muy encomiable cuando se atrevió a no incluir aquellos pocos folios en las cajas que la compañía se llevó para su exhaustivo análisis. Un poco sorprendida de su propia osadía, al cabo de algunos meses decidió entregar aquella extraña documentación a un reconocido divulgador científico independiente, amigo de la familia.
Conocí a Douglas Mashole en una cena informal organizada tras una ardua jornada de trabajo en el seno de la XXVI Conferencia Mundial de Salud Natural celebrada en Frankfurt en 1985. El hombre se encontraba por aquel entonces en el ocaso de su fama y era de todos conocida su inmoderada afición por el alcohol. En aquella ocasión, sospechando -con fundamento- que alguno de sus colegas más jóvenes se estaba riendo de él, se levantó de pronto y derribando de un manotazo varias jarras de cerveza, dijo bien alto que lo que aquel mozalbete precisaba era beberse su propio pis. Hubo grandes alharacas, forcejeos, trasiegos y puñetazos, tras los cuales todo el mundo fue expulsado del restaurante.
Intrigado por tan anormal salida de tono en un personaje mundialmente afamado por su ecuanimidad, decidí seguirle y entablar conversación con él. Lo primero que me sorprendió fue encontrarle completamente sereno. Al comentárselo reconoció, guiñándome un ojo, que se “había tomado un traguito”. Pero me quedé literalmente patidifuso cuando, una vez instalados en su habitación de hotel, procedió a narrarme lo que se expone a continuación.
Ethel, me dijo, no era una mujer cualquiera. Antes de casarse con el doctor Asson formó parte del equipo clínico oxoniano que estuvo a punto de ganar el Nobel gracias a su investigación sobre los abonos orgánicos de asimilación rápida. En cuanto observó las grandes interrogaciones en rojo trazadas con mano firme por su marido, supo que había encontrado algo especial que no podía caer en garras de los burdamente crematísticos intereses industriales. Previamente a hacerme entrega de aquellos análisis, prosiguió diciendo Ashole, Ethel se aseguró de su enorme importancia y de su trascendental significado. Por los resultados parece ser que aquellos análisis de los restos olduvayenses contenían unas cantidades anormales del principal producto de degradación del metabolismo de las proteínas. La urea. Se sirvió otro whisky y pasó un rato paladeándolo. Me tenía sobre ascuas.
Recuerdo que entonces me dijo “¿Quiere usted un traguito?, y volvió a guiñarme un ojo. Ante mi sorpresa y desconcierto procedió a desabrocharse la bragueta. Le detuve justo antes de que sacara lo que escondía dentro. ¿Qué hace usted?, le pregunté. Mostrarle la solución a todos los males, me respondió. Perdone, pero creo que usted me ha malinterpretado, balbuceé. ¡Ja, ja, ja! No, no, el que me ha malinterpretado es usted. ¡Ja, ja, ja!
Resumiendo, que aquellos primitivos proyectos de ser humano HABÍAN INGERIDO ENORMES CANTIDADES DE ORINA. No había otra manera de que aquellos anormales sedimentos ureícos hubieran llegado a formar parte de su constitución. Cualquier absurda enfermedad quedaba definitiva y científicamente descartada. Los primeros atisbos de conciencia en el hombre habían coexistido en los tiempos pretéritos con persistentes ingestas de los propios deshechos líquidos.
Esto de por sí ya constituye un importante descubrimiento científico puesto que coexisten varias teorías acerca del motivo que impulsó a los monos a bajar de los árboles. Según Ethel Asson el responsable último de este trascendental paso se encuentra en la asimilación anormal de urea, puesto que en los simiodes jamás se han encontrado dichos restos. Sin embargo la motivación inicial que los impulsó a decidirse a adoptar dicho líquido como bebida todavía queda confusa, si bien ella me adelantó que quizás lo hicieran a imitación de los elefantes, grandes masticadores de la planta oldupai (nombre tanzano original de aquellos barrancos), gracias a su alto contenido en agua. Pero tan sólo son especulaciones. ¡Si difícil es adivinar los motivos de las personas, cuánto más complicado no resultará el dilucidar las razones de los comportamientos de quienes apenas podemos llamar personas!
Lo que no da lugar a dudas de ningún tipo es que nuestros primeros padres bebían su propio pis. O el pis de los otros, porque según la mujer del eminente científico, ésta es precisamente la duda que consignó mediante una interrogación en los análisis en cuestión. ¿Bebían su propia orina o la de sus semejantes? Y el bueno de Ashole volvió a señalarme su bragueta. Sonreí, esta vez algo más tranquilizado respecto de sus propósitos, y negué con un gesto. Ante su insistencia no tuve más remedio que marcharme apresuradamente. No he vuelto a saber de él, pero conociendo sus teorías –y sus prácticas- a buen seguro que se encontrará disfrutando de la vida en cualquier parte del mundo, con perfecta salud a sus más de cien años. ¡Noble antepasado!
Aquella inusual conversación resultó ser el punto de partida de mis propias investigaciones. La idea seminal, como quien dice, de aquello que me permito ofrecerles a ustedes como el mayor descubrimiento en materia de salud de la historia de la humanidad. Irónicamente, o quizás no tanto, han sido nuestros orígenes quienes nos han mostrado el camino.
A partir de entonces, imbuido sin duda por un elevado espíritu y propulsado por mis propias investigaciones prácticas, dediqué mi vida a descubrir las propiedades de aquello que nos había trasformado de animales brutos a seres racionales. Nunca dudé de las extraordinarias propiedades sanadoras de tan potente descubrimiento. Nuestros propios restos filtrados contienen en sí el germen de la curación. El líquido que tan despreocupadamente expulsamos promueve en nosotros los cambios necesarios para revertir cualquier atisbo de enfermedad. Al ingerir nuestra orina se dispara en nuestro interior un rápido y efectivo proceso homeopático, o antígeno, que consigue como resultado la recuperación de la homeostasis, es decir, del equilibrio del cuerpo.
Armado con estos conocimientos he ido descubriendo en otras partes y en otras culturas parecidos comportamientos. Algunas leyendas populares que sorprendentemente aún se mantienen vivas en la profunda taiga siberiana nos hablan de chamanes de mítica longevidad gracias a que “beben de sus entrañas”. En las selvas del sur de la India todavía existe la tradición de depositar en un vaso la primera orina de la mañana, descartado el primer chorro (lo que constituye un error, como comentaré más adelante) para hacérselo beber a una virgen de la familia o, en su defecto, a otra virgen convenientemente alquilada al efecto, todo ello con el supuesto objetivo de fecundar los campos mediante la, a su vez, primera evacuación de la muchacha tras la ingesta. Parece un poco complicado, pero la humanidad siempre ha ido avanzando dando palos de ciego. Existen ejemplos parecidos en algunos pueblos indonesios, en varias etnias chinas, entre los aborígenes australianos y quizás también en el profundo Amazonas (aún sin confirmar).
Pero no es necesario ir tan lejos puesto que en el corazón de nuestra cultura, en la dulce y culta Bélgica, nos encontramos con que el Mannekenpis (literalmente el niño que mea) formaba, según últimas investigaciones, un conjunto escultórico con la sirenita de Copenhague. La simbología del grupo está muy clara: el líquido fecundador del niño hace surgir la parte humana del pez-hembra, que se va despojando de sus escamas a medida que incorpora la bebida en su cuerpo.
Y, por acabar con un ejemplo más cercano, acordémonos del personaje Azarías en la novela “Los Santos Inocentes”, del escritor español Miguel Delibes, que limpiaba las manos a chorro de su meada, práctica común en aquellos parajes y tiempos. Un caso más de que la sabiduría popular, a pesar de ir perdiendo profundidad, ha logrado mantener parte de su esencia.
Sin embargo la demostración definitiva de que todo esto que les estoy revelando no es ninguna milonga de un aberrante fanático, la tenemos en el mismo corazón de la ciencia, en la NASA. Efectivamente, se sabe que la plataforma YouTube ha censurado unas imágenes en movimiento donde se observaba cómo, en el proceso de adiestramiento de los astronautas, aparecen los unos meándose en la boca de los otros. No se sabe aún cómo hicieron en vuelo para resolver el problema del casco, pero no creo que dicho detalle técnico achantara a los científicos. La cuestión demostrada es que, a decir de sus mujeres, los hombres astronautas volvieron con muchísima más energía.
Todo esto demuestra que los investigadores más sesudos de las ciencias más avanzadas (léase militares, luego comentaré) dedican parte de su tiempo a escrutar los misterios de las culturas primitivas. Pero todo esto ya es sabido.
Lo que venía a ofrecerles a ustedes es la posibilidad de controlar su propia salud. Ya no tienen que pagar nada a nadie. Los pueblos más alejados se beneficiarán enormemente de este descubrimiento. Ni medicinas, ni doctores, ni hospitales. Simplemente beberse el pis. ¡Bébase usted su pis! ¡Haga que le mee su pareja! Por cierto, que quedan un par de cuestiones, o más, por dilucidar.
Una. Que si tienes que beberte tu propio pis o también vale con beberse el de otros. ¿Y de quienes otros? ¿De todos? Respuesta. En el método avanzado, que yo propugno, vale con beberse el pis que sea. Debería estar caliente. Eso sí.
Dos. ¿Por qué no se debe descartar el primer chorro? ¿Acaso no contiene más sustancias? Respuesta. Pues por eso mismo.
Tres. Militares. ¿Le podrá mear el cabo al sargento? Respuesta. El asunto no es ése. El asunto es que los militares son los más sesudos investigadores de las ciencias avanzadas. Por la cuenta que les tiene.
Cuatro. Se me ocurre que, por preguntar… ¿Cuánta cantidad? ¿Con qué frecuencia? Respuesta. A gusto de cada cuál.
Cinco. No me has respondido a la tercera. ¿Le podrá mear el cabo al sargento? Respuesta. Sí, claro.
Y si tienen ustedes más dudas vayan a la página web de Crédulo Magno, sección preguntas frecuentes.
Conocí a Douglas Mashole en una cena informal organizada tras una ardua jornada de trabajo en el seno de la XXVI Conferencia Mundial de Salud Natural celebrada en Frankfurt en 1985. El hombre se encontraba por aquel entonces en el ocaso de su fama y era de todos conocida su inmoderada afición por el alcohol. En aquella ocasión, sospechando -con fundamento- que alguno de sus colegas más jóvenes se estaba riendo de él, se levantó de pronto y derribando de un manotazo varias jarras de cerveza, dijo bien alto que lo que aquel mozalbete precisaba era beberse su propio pis. Hubo grandes alharacas, forcejeos, trasiegos y puñetazos, tras los cuales todo el mundo fue expulsado del restaurante.
Intrigado por tan anormal salida de tono en un personaje mundialmente afamado por su ecuanimidad, decidí seguirle y entablar conversación con él. Lo primero que me sorprendió fue encontrarle completamente sereno. Al comentárselo reconoció, guiñándome un ojo, que se “había tomado un traguito”. Pero me quedé literalmente patidifuso cuando, una vez instalados en su habitación de hotel, procedió a narrarme lo que se expone a continuación.
Ethel, me dijo, no era una mujer cualquiera. Antes de casarse con el doctor Asson formó parte del equipo clínico oxoniano que estuvo a punto de ganar el Nobel gracias a su investigación sobre los abonos orgánicos de asimilación rápida. En cuanto observó las grandes interrogaciones en rojo trazadas con mano firme por su marido, supo que había encontrado algo especial que no podía caer en garras de los burdamente crematísticos intereses industriales. Previamente a hacerme entrega de aquellos análisis, prosiguió diciendo Ashole, Ethel se aseguró de su enorme importancia y de su trascendental significado. Por los resultados parece ser que aquellos análisis de los restos olduvayenses contenían unas cantidades anormales del principal producto de degradación del metabolismo de las proteínas. La urea. Se sirvió otro whisky y pasó un rato paladeándolo. Me tenía sobre ascuas.
Recuerdo que entonces me dijo “¿Quiere usted un traguito?, y volvió a guiñarme un ojo. Ante mi sorpresa y desconcierto procedió a desabrocharse la bragueta. Le detuve justo antes de que sacara lo que escondía dentro. ¿Qué hace usted?, le pregunté. Mostrarle la solución a todos los males, me respondió. Perdone, pero creo que usted me ha malinterpretado, balbuceé. ¡Ja, ja, ja! No, no, el que me ha malinterpretado es usted. ¡Ja, ja, ja!
Resumiendo, que aquellos primitivos proyectos de ser humano HABÍAN INGERIDO ENORMES CANTIDADES DE ORINA. No había otra manera de que aquellos anormales sedimentos ureícos hubieran llegado a formar parte de su constitución. Cualquier absurda enfermedad quedaba definitiva y científicamente descartada. Los primeros atisbos de conciencia en el hombre habían coexistido en los tiempos pretéritos con persistentes ingestas de los propios deshechos líquidos.
Esto de por sí ya constituye un importante descubrimiento científico puesto que coexisten varias teorías acerca del motivo que impulsó a los monos a bajar de los árboles. Según Ethel Asson el responsable último de este trascendental paso se encuentra en la asimilación anormal de urea, puesto que en los simiodes jamás se han encontrado dichos restos. Sin embargo la motivación inicial que los impulsó a decidirse a adoptar dicho líquido como bebida todavía queda confusa, si bien ella me adelantó que quizás lo hicieran a imitación de los elefantes, grandes masticadores de la planta oldupai (nombre tanzano original de aquellos barrancos), gracias a su alto contenido en agua. Pero tan sólo son especulaciones. ¡Si difícil es adivinar los motivos de las personas, cuánto más complicado no resultará el dilucidar las razones de los comportamientos de quienes apenas podemos llamar personas!
Lo que no da lugar a dudas de ningún tipo es que nuestros primeros padres bebían su propio pis. O el pis de los otros, porque según la mujer del eminente científico, ésta es precisamente la duda que consignó mediante una interrogación en los análisis en cuestión. ¿Bebían su propia orina o la de sus semejantes? Y el bueno de Ashole volvió a señalarme su bragueta. Sonreí, esta vez algo más tranquilizado respecto de sus propósitos, y negué con un gesto. Ante su insistencia no tuve más remedio que marcharme apresuradamente. No he vuelto a saber de él, pero conociendo sus teorías –y sus prácticas- a buen seguro que se encontrará disfrutando de la vida en cualquier parte del mundo, con perfecta salud a sus más de cien años. ¡Noble antepasado!
Aquella inusual conversación resultó ser el punto de partida de mis propias investigaciones. La idea seminal, como quien dice, de aquello que me permito ofrecerles a ustedes como el mayor descubrimiento en materia de salud de la historia de la humanidad. Irónicamente, o quizás no tanto, han sido nuestros orígenes quienes nos han mostrado el camino.
A partir de entonces, imbuido sin duda por un elevado espíritu y propulsado por mis propias investigaciones prácticas, dediqué mi vida a descubrir las propiedades de aquello que nos había trasformado de animales brutos a seres racionales. Nunca dudé de las extraordinarias propiedades sanadoras de tan potente descubrimiento. Nuestros propios restos filtrados contienen en sí el germen de la curación. El líquido que tan despreocupadamente expulsamos promueve en nosotros los cambios necesarios para revertir cualquier atisbo de enfermedad. Al ingerir nuestra orina se dispara en nuestro interior un rápido y efectivo proceso homeopático, o antígeno, que consigue como resultado la recuperación de la homeostasis, es decir, del equilibrio del cuerpo.
Armado con estos conocimientos he ido descubriendo en otras partes y en otras culturas parecidos comportamientos. Algunas leyendas populares que sorprendentemente aún se mantienen vivas en la profunda taiga siberiana nos hablan de chamanes de mítica longevidad gracias a que “beben de sus entrañas”. En las selvas del sur de la India todavía existe la tradición de depositar en un vaso la primera orina de la mañana, descartado el primer chorro (lo que constituye un error, como comentaré más adelante) para hacérselo beber a una virgen de la familia o, en su defecto, a otra virgen convenientemente alquilada al efecto, todo ello con el supuesto objetivo de fecundar los campos mediante la, a su vez, primera evacuación de la muchacha tras la ingesta. Parece un poco complicado, pero la humanidad siempre ha ido avanzando dando palos de ciego. Existen ejemplos parecidos en algunos pueblos indonesios, en varias etnias chinas, entre los aborígenes australianos y quizás también en el profundo Amazonas (aún sin confirmar).
Pero no es necesario ir tan lejos puesto que en el corazón de nuestra cultura, en la dulce y culta Bélgica, nos encontramos con que el Mannekenpis (literalmente el niño que mea) formaba, según últimas investigaciones, un conjunto escultórico con la sirenita de Copenhague. La simbología del grupo está muy clara: el líquido fecundador del niño hace surgir la parte humana del pez-hembra, que se va despojando de sus escamas a medida que incorpora la bebida en su cuerpo.
Y, por acabar con un ejemplo más cercano, acordémonos del personaje Azarías en la novela “Los Santos Inocentes”, del escritor español Miguel Delibes, que limpiaba las manos a chorro de su meada, práctica común en aquellos parajes y tiempos. Un caso más de que la sabiduría popular, a pesar de ir perdiendo profundidad, ha logrado mantener parte de su esencia.
Sin embargo la demostración definitiva de que todo esto que les estoy revelando no es ninguna milonga de un aberrante fanático, la tenemos en el mismo corazón de la ciencia, en la NASA. Efectivamente, se sabe que la plataforma YouTube ha censurado unas imágenes en movimiento donde se observaba cómo, en el proceso de adiestramiento de los astronautas, aparecen los unos meándose en la boca de los otros. No se sabe aún cómo hicieron en vuelo para resolver el problema del casco, pero no creo que dicho detalle técnico achantara a los científicos. La cuestión demostrada es que, a decir de sus mujeres, los hombres astronautas volvieron con muchísima más energía.
Todo esto demuestra que los investigadores más sesudos de las ciencias más avanzadas (léase militares, luego comentaré) dedican parte de su tiempo a escrutar los misterios de las culturas primitivas. Pero todo esto ya es sabido.
Lo que venía a ofrecerles a ustedes es la posibilidad de controlar su propia salud. Ya no tienen que pagar nada a nadie. Los pueblos más alejados se beneficiarán enormemente de este descubrimiento. Ni medicinas, ni doctores, ni hospitales. Simplemente beberse el pis. ¡Bébase usted su pis! ¡Haga que le mee su pareja! Por cierto, que quedan un par de cuestiones, o más, por dilucidar.
Una. Que si tienes que beberte tu propio pis o también vale con beberse el de otros. ¿Y de quienes otros? ¿De todos? Respuesta. En el método avanzado, que yo propugno, vale con beberse el pis que sea. Debería estar caliente. Eso sí.
Dos. ¿Por qué no se debe descartar el primer chorro? ¿Acaso no contiene más sustancias? Respuesta. Pues por eso mismo.
Tres. Militares. ¿Le podrá mear el cabo al sargento? Respuesta. El asunto no es ése. El asunto es que los militares son los más sesudos investigadores de las ciencias avanzadas. Por la cuenta que les tiene.
Cuatro. Se me ocurre que, por preguntar… ¿Cuánta cantidad? ¿Con qué frecuencia? Respuesta. A gusto de cada cuál.
Cinco. No me has respondido a la tercera. ¿Le podrá mear el cabo al sargento? Respuesta. Sí, claro.
Y si tienen ustedes más dudas vayan a la página web de Crédulo Magno, sección preguntas frecuentes.