Tengo que ir

Mi madre está muy mayor. Vive sola en casa. En cuanto se murió padre yo me marché para el norte a buscarme la vida. Allí que la dejé. No se me había perdido nada en aquel sitio. Padre era lo único que me unía a aquella maldita tierra, a aquella maldita casa. ¿Qué sabía hacer yo? Toda la vida cuidando de los viejos, como si esa fuera la única razón de mi existencia. La tonta del bote, la fea, la buena. Me dije a mí misma que trabajaría de peluquera y me largué para Bilbao. No soy peluquera, pero me fijo mucho en lo que hacen las profesionales. Siempre he pensado que las profesiones no son sino un conjunto de truquillos. Y a mí se me dan muy bien los truquillos. Me largo. A la vuelta del entierro lo dejé todo bien clarito.

- Madre, le voy a decir una cosa
- Ay, hija…
- Dentro de un mes me voy a ir
- ¿A dónde, hija?
- A Bilbao, a trabajar
- ¿Bilbao? ¿Dónde queda eso?
- Muy lejos, madre
- ¿Y me vas a dejar sola?
- Usted no me necesita, madre
- ¿Vas a dejar sola a tu madre?

Tengo dos hermanos y una hermana. El mayor se llama Jorge pero le llamamos Jordi porque pasó muchos años trabajando en Cataluña. Volvió hecho un gilipollas. Vestía como un imbécil y llevaba todo el rato gafas de sol. No se las quitaba ni en casa. Un día, nadie sabe por qué, apareció por fin sin gafas y con los vaqueros y la camisa de siempre. Sin embargo continuó siendo un gilipollas. Como si hubiese contraído el virus de la estupidez.

Mi hermana Charito es la pequeña. Yo soy la mayor. Charito iba para gorda desde niña y continuó engordando y engordando hasta convertirse en el monstruo que es hoy. En eso se parece a mi madre. Todo lo que le pasa es culpa suya. Lo sabemos todos de sobra pero no hay quien la haga entrar en razón. Nunca hemos podido con ella. Estoy hablando de mi madre.

Mi madre está muy mal. Ya casi no se puede ni mover.

De mi hermano el segundo prefiero no hablar.

Después de la muerte de padre mi madre siguió siendo mi madre. Quiero decir que continuó con su rutina de siempre, la holganza. No hacía nunca nada. Ni cocinaba, ni lavaba, ni fregaba, ni barría, ni hacía las camas… No hacía nada. No había hecho nada en toda su vida. Nunca nada. Se dejaba ir. Mis hermanos me llamaron asustados. Apenas llevaba yo una semana en el norte.

- ¡Conchi, tienes que venir!
- ¿Qué le pasa a madre?
- ¡Que no se la puede dejar sola!
- ¡Pues claro que no!
- ¡Que no se viste siquiera!
- ¿Y vosotros qué hacéis?
- ¡Conchi, joder!
- ¿Qué pasa?
- ¡Vente pacá, Conchi!

Resulta que los muy cabritos y la gorda ésa querían que volviese a cuidar de madre. Como si yo fuese su criada. Les dije lo que les tenía que decir y al final llegamos a un acuerdo. Yo me comprometía a ir solamente tres meses al año. Es lo máximo que conseguí. Por supuesto que el primer viaje lo tuve que hacer inmediatamente. Otras dieciocho horas en autobús. No me importaba. Me daba tiempo a no pensar.

- ¡Madre, póngase la ropa!
- Jurrrrlll
- ¡Venga ya!
- Brruuuf
- ¡Así está bien!
- Uuuuuf
- ¡No se meta la manga por la pernera!

Lo dejé todo arreglado en tres meses y me largué a disfrutar de mi vida en Bilbao. Disfrutar es un decir. Porque hace bien poco se me murió el marido, que era un santo, hace tan sólo tres años. Pero eso es otra historia. Aunque ya les advierto que no deben de preocuparse ustedes por mí, que ya tengo novio. Él me quiere a mí más que yo a él, ésa es la verdad, pero… En fin, que no vivo tan mal… si no fuera por estos achaques. Lo siento, retrocedamos al pasado, que algo estaba contando yo… Sí, que me volví a Bilbao, a mi trabajo de peluquera, porque tuve la suerte de que se pusieran de moda los moños jerezanos, precisamente mi especialidad. Ningún problema. Y además enseguida me eché novio, ya digo.

- Señorita, ¿quiere usted bailar?
- ¿Qué?
- Que si quiere usted bailar…
- Con mucho gusto, caballero

Porque eso es lo que era, un perfecto caballero. Con sus limitaciones, claro, pero un perfecto señor. Ahí estaba siempre él, con un par. Trabajaba de obrero especializado en cualquier cosa. Los que más cobraban. Me retiró nada más casarnos. Yo por aquel entonces, recuerdo… porque nos tiramos de novios ni sé el tiempo… recuerdo que trabajaba de estetisién. Era buena, muy buena… pero perdonen, que está sonando el teléfono.

- ¡Conchi, tienes que venir!
- ¡No me toca hasta dentro de un mes!
- ¡Que le ha dado un ataque al cerebro!
- ¿Qué me dices? ¿Dónde está? ¿Se ha muerto?
- ¡Está en el hospital!
- ¿Y vosotros qué hacéis?
- ¡Hay un médico!
- ¿Entonces… no se ha muerto?
- ¡No, pero se ha vuelto tonta!
- ¿Más todavía?