La manifestación

Hemos venido aquí convocados por un espíritu común. Formamos una piña indestructible. Somos muchos, quinientos o seiscientos. La gente en la calle se admira de nuestro aspecto recio y satisfecho, convenciéndose al instante de la justicia de nuestros propósitos. Llevamos carteles y pancartas con escritos alusivos.

- ¿Qué pone en la tuya, chaval?
- Me la escribió mi madre
- ¡Anda, qué casualidad!

Son los momentos previos al inicio. Se nota cierto nerviosismo. Algún niño protesta, como concentrando en su llanto la tensión del grupo.

- ¡Quiero irme a casa!
- Haz el favor de callarte

Todavía no pasa nada. Observo que alguno de nosotros confraterniza con el intrigado público. Deduzco que están explicando los motivos de la reunión. Incluso hay quien, por lo que creo atisbar, se deja invitar a cerveza. Esto me recuerda que muy cerca de aquí ponen unos bocadillos de calamares deliciosos. Magnífico domingo. Manifestación y aperitivo.

- ¿Qué? ¿Se sabe algo?
- No
- Entonces sólo queda esperar
- Así es

La consigna es no moverse del sitio. Estarse quietos. Aguardar acontecimientos. Se supone que nuestra presencia servirá para catalizar aquello que queremos conseguir. Yo diría que está casi hecho. Nuestro propósito tan sólo precisa de este pequeño empujón, de esta solidaridad compartida, de esta demostración de energía razonable, de esta seguridad, de este afán, de esta mística. El verdadero poder se encuentra en nosotros mismos. ¡Adelante!

- La unión hace la fuerza
- Por supuesto
- ¿Qué pasará?
- ¿Acaso lo dudas?
- No, pero…
- Sin peros. Venceremos

La idea de la convocatoria partió de unos auxiliares de crédito. Hicieron correr la bola de que Carlos Cigarán, humilde banquero, iba a ser sobreseído de unos hechos sin precedentes serios. Había miedo de que alguno de los poderes públicos pusiera a funcionar sus tractos y buscara la parálisis mediante el cohecho o inquinas similares. El cónclave ya estaba en marcha.

- ¿Qué hay de ello?
- Ni idea
- Habrá que estar atentos

Al parecer todo se desarrollaba en las oficinas del principal. La reunión que allí dentro estaba teniendo lugar, vital para el resultado final de la operación, se consideraba de capital importancia. Estábamos informados de que en otros lugares cercanos también se sucedían calculados movimientos. Nuestras esperanzas crecían por momentos. Había quien se permitía bromear.

- Ya falta menos
- ¿Por qué lo dices?
- Por el simple paso del tiempo
- ¡Ja, ja, ja!

De repente todo sucedió como en un sueño. Vimos correr a alguien. Aparecieron varios sargentos. Las madres se pusieron a chillar. Los hijos, asustados, cerraron la boca, descuidando sus esfínteres bajeros. Los grupos de obreros, de gran catadura moral, permanecieron especialmente atentos.

- ¡No hay que tener miedo!
- ¿Qué está pasando?

Reconocí por sus bigotes a Carlos Cigarán, humilde banquero. Iba desnudo. Iba corriendo. Iban los otros detrás. Enseguida desaparecieron todos a gran velocidad.

- ¿Qué está pasando?
- ¡No hay que tener miedo!

Estaba todo perdido, hay que reconocerlo. Los hechos eran adversos. Nada de lo que nos había impulsado, con irrefrenables ansias, a compartir nuestra lucha un domingo mañanero, se había cumplido. Nada. La justicia nos había abandonado. Las pelotas descarnadas de Carlos el banquero nos habían hecho volver a la realidad.

- ¿Qué hacemos aquí, hermanos?
- ¡Qué tontería!
- ¿Quién nos ha puesto en danza?
- ¡Vaya liada!

Nos juntamos unos pocos, luego nos separamos y allá que fuimos, cabizbajos, sin pensar en pensamientos. Nos habían engañado.