Insulté a mi hermano. Pegué a mi hermana. Quemé el coche de mi padre. No tengo madre. ¿Qué debo hacer? Pedir perdón. Pido perdón.
Fui al frenopático, a la escuela, al hospital, al carrocero. Todo en vano.
Fui al cementerio.
Al final me perdonaron todos, no sé por qué. Puede que por la insistencia. O por las historias que conté. Lacrimosas. Soy bastante buen actor.
Pero ahora viene lo más difícil. Tengo que perdonarme a mí mismo. Necesito ayuda.
- ¿Dígame?
- ¿Es la secta del Perdón?
- Sí, y usted no tiene la culpa de nada.
- ¿De verdad?
Si fuera tan fácil… Pero me temo que estos especialistas son mucho más pesados. Intentan convencerte de cosas imposibles… se lían con tonterías…
- ¡Hermano, qué alegría es el perdón!
- ¿Incluso a uno mismo?
- ¡Eso es la mayor bondad divina!
- Pero yo siento que soy malo
- Perdónate entonces por ser malo…
- Eh… eso me parece un contrasentido
- … y serás bueno.
- ¡Contrasentido flagrante!
- ¿Contrasentido? Ninguno
- No sé si me gusta esta secta
- ¡Ámate a ti mismo!
- Están todos chalados
Yo ya me intento perdonar, pero me es imposible. La horrible acción que hice nunca se podrá disculpar. Fueron varias, sí, ya lo sé, pero sobre todo la del coche es totalmente imperdonable. Después tuve que ir al cementerio. Porque tras haber estado con el chapista viendo los restos cenicientos del coche de mi padre, la verdad… como que me apetecía un ambiente más sereno. Suerte que los pasos me guiaron hasta el cementerio. El azar, en este caso, resultó ser todo un acierto. Lo pienso como lo digo. Es la pura verdad. Ya lo verán.
Antes de entrar en el cementerio, y no es ninguna broma, me asaltaron los de la secta del Perdón. Yo tampoco me lo podía creer. No sé si pasaban por allí casualmente o andaban persiguiéndome. Pienso que ellos tampoco lo sabían a ciencia cierta. Ya digo que no eran normales.
- ¡No ocultes nada a ti mismo, hermano!
- ¿Perdón?
- ¡Tienes el mal adentro!
- ¿Y usted cómo lo sabe?
- ¡¡¡Debes de perdonarte inmediatamente!!!
- Eso es muy fácil decirlo
- ¡Acepta el mal que hay en ti!
- ¡Qué dice! ¡Qué miedo, qué horror!
- ¡Sé libre!
¿Libre? Ya… Seguro…. Dieciocho cañas de cerveza me costó librarme de ellos. Bebían como posesos.
Entré en el cementerio. Estaba vacío. Era muy grande. Verde. Ordenado. Con estatuas. Llovía. Conseguí no pensar.
Fui al frenopático, a la escuela, al hospital, al carrocero. Todo en vano.
Fui al cementerio.
Al final me perdonaron todos, no sé por qué. Puede que por la insistencia. O por las historias que conté. Lacrimosas. Soy bastante buen actor.
Pero ahora viene lo más difícil. Tengo que perdonarme a mí mismo. Necesito ayuda.
- ¿Dígame?
- ¿Es la secta del Perdón?
- Sí, y usted no tiene la culpa de nada.
- ¿De verdad?
Si fuera tan fácil… Pero me temo que estos especialistas son mucho más pesados. Intentan convencerte de cosas imposibles… se lían con tonterías…
- ¡Hermano, qué alegría es el perdón!
- ¿Incluso a uno mismo?
- ¡Eso es la mayor bondad divina!
- Pero yo siento que soy malo
- Perdónate entonces por ser malo…
- Eh… eso me parece un contrasentido
- … y serás bueno.
- ¡Contrasentido flagrante!
- ¿Contrasentido? Ninguno
- No sé si me gusta esta secta
- ¡Ámate a ti mismo!
- Están todos chalados
Yo ya me intento perdonar, pero me es imposible. La horrible acción que hice nunca se podrá disculpar. Fueron varias, sí, ya lo sé, pero sobre todo la del coche es totalmente imperdonable. Después tuve que ir al cementerio. Porque tras haber estado con el chapista viendo los restos cenicientos del coche de mi padre, la verdad… como que me apetecía un ambiente más sereno. Suerte que los pasos me guiaron hasta el cementerio. El azar, en este caso, resultó ser todo un acierto. Lo pienso como lo digo. Es la pura verdad. Ya lo verán.
Antes de entrar en el cementerio, y no es ninguna broma, me asaltaron los de la secta del Perdón. Yo tampoco me lo podía creer. No sé si pasaban por allí casualmente o andaban persiguiéndome. Pienso que ellos tampoco lo sabían a ciencia cierta. Ya digo que no eran normales.
- ¡No ocultes nada a ti mismo, hermano!
- ¿Perdón?
- ¡Tienes el mal adentro!
- ¿Y usted cómo lo sabe?
- ¡¡¡Debes de perdonarte inmediatamente!!!
- Eso es muy fácil decirlo
- ¡Acepta el mal que hay en ti!
- ¡Qué dice! ¡Qué miedo, qué horror!
- ¡Sé libre!
¿Libre? Ya… Seguro…. Dieciocho cañas de cerveza me costó librarme de ellos. Bebían como posesos.
Entré en el cementerio. Estaba vacío. Era muy grande. Verde. Ordenado. Con estatuas. Llovía. Conseguí no pensar.