Soprano

Un estupendo guaperas y una exquisita joven se dieron cita en el bar de las estrellas. Cumplidos los ritos gastronómicos, empezaron las preguntas.

- ¿Cómo te ganas la vida, chato?
- Es difícil de explicar
- Inténtalo
- Soy soprano
- ¿Soprano?
- Soprano
- ¿Pero eso no es una profesión de mujeres?
- Creo que te equivocas
- Y de mujeres gordas, además
- No, soprano como en la serie de la tele
- ¿Soprano? ¡Ah, los Soprano!
- ¿La has visto?
- No, pero sé de qué va. Asesinos, mafiosos, gángters y todo eso, ¿no?
- Pues sí
- ¿Y tú eres un gángster asesino?
- Se dice soprano
- ¡Cómo mola!
- ¿Tu familia es rica?

No parecía una puta cualquiera, no. Al salir del bar se la llevó a su casa, hizo el amor con ella, la mató, volvió a hacer el amor con ella, la despiezó… y llamó por teléfono al padre magnate pidiéndole un rescate. Fingió la voz.

- Tengo a su hija
- ¿Quién es usted?
- No hable, escuche. He secuestrado a su hija. Quiero dos millones de euros en una cuenta de un banco de Ginebra. Antes de tres días. Cuando ingrese el dinero, la soltaré. Si no llega antes de tres días, le aseguro a usted que la mato. Créame, se lo digo por su bien
- ¡Pero esto es absurdo! ¡Llamaré a la Policía!
- Llame usted a quien quiera. Si no paga, mato a su hija. Sería una pena porque está muy buena la chavala… Usted ya me entiende
- ¡Por favor, por favor! ¡Pagaré!
- El número de cuenta le llegará con el correo de la mañana
- Pero… espere… espere… quiero oír la voz de mi hija
- Eso va a ser imposible. En estos momentos no está muy entera, que digamos
- ¿Qué le ha hecho usted? ¡Ya le he dicho que pagaré!

El soprano colgó el teléfono bastante satisfecho de la gestión realizada. Escribió la carta con los datos bancarios, le puso un sello y se la guardó en el bolsillo derecho de la chaqueta. Después compiló los pedazos y los metió dentro de una maleta.

Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad, no muy lejos del lugar de los hechos…

- ¿Es la Policía?
- Sí, identifíquese, por favor
- ¡Han secuestrado a mi hija!
- Identifíquese
- ¡Tienen que hacer algo!

Tras la pertinente identificación, el rellenado de ficha, las advertencias previas (no se mueva de su domicilio) y la desobediencia del magnate, que se presentó raudo en la comisaría, el dispositivo policial se puso velozmente en marcha. Rastrearon la llamada de teléfono. Sin resultado. Llamaron a la subestación policial de Correos para que interceptaran la carta cuanto antes. Se hizo de noche. La maleta ya estaba enterrada en lo más profundo de un pinar. Tanteos, averiguaciones, informes. Amaneció, huelga decirlo. La carta tampoco condujo a nada. Mediodía del primer día.

- ¿Hablo con el Crédit Suisse de Ginebra?
- Oui
- Póngame con el jefe
- Impossible
- Es un asunto de vida o muerte
- Todos dicen lo mismo
- ¡Está usted hablando con un comisario de la Interpol internacional!
- ¡Oh!
- Necesitamos urgentemente toda la información relativa a la cuenta…
- Complétement impossible. Le informo a usted de que la última ley aprobada en el cantón por el sabio y rotatorio grupo de notables ha restablecido el secreto bancario más riguroso. Comprenderán ustedes que la privacidad…
- ¡Está en juego una vida humana!

Veinticuatro horas perdidas intentando convencer a los suizos. Todo en vano. La tarde del segundo día, utilizando armas diplomáticas de ajustado calibre, lograron acceder por fin a los datos del titular de la cuenta. La sorpresa fue mayúscula. Figuraba como único derechohabiente el mismo magnate, el padre de la secuestrada. ¿Cómo podía ser eso? Inmediatamente sospecharon y llamaron a la chica presuntamente secuestrada. Resulta que estaba viva. Y coleando.

- ¿Sí?
- ¡Aquí la policía!
- ¡Por fin!
- ¿Está usted viva… quiero decir… bien?
- ¡Qué dice! ¡Qué voy a estar bien!
- ¿La han secuestrado?
- ¡Está usted loco! Me han robado el bolso
- ¿Cómo?
- Creo que ha sido cerca del bar de las estrellas
- ¿Cómo? ¿No la han secuestrado?
- ¡Que no! ¡Que me lo han robado!
- ¿Entonces… está usted bien?
- ¡Cómo voy a estar bien! ¡Qué pesado! ¿Han recuperado mi bolso?

¡Éxito en la investigación! Ya está casi todo aclarado.

La última escena se desarrolla en una sala de interrogatorios. Puede ser por la mañana o por la tarde del tercer día o del cuarto. Tampoco hay prisa. Alguien mastica chicle. El magnate no puede explicar ciertos movimientos contables. Queda el asunto en manos de abogados, pero huele a bastantes años de cárcel. Con el paso del tiempo la hija se queda sin dinero para sus cosas y acaba enganchada a la droga. Pobre pija.

A todo esto, el soprano, tan feliz. Había equivocado los datos de las cuentas porque mezcló sus documentos con los de la chica asesinada. Era bastante despistado, por no decir tonto. Un buen soprano. Con recordar que se creyó que había pillado a una millonaria porque la muy monina hablaba como una pipiola, queda todo dicho. En realidad la chavala era una simple puta ladrona.

A quién le importa.