Zaragoza queda muy lejos. Me ofrecieron trabajar en una planta embotelladora de cerveza. Soy ingeniero. Ella es Carmen.
Nos conocimos en fiestas de Bilbao, ciegos de calimocho y talo con morcilla. Debería de estar prohibido mantener una relación con alguien a quien has conocido borracho… pero en asuntos sentimentales ya se sabe… las reglas brillan por su ausencia.
- ¿Cómo has dicho que te llamas?
- No lo he dicho
- Chico, vaya corte
- ¿Has visto el último tango el París?
- ¿Qué es eso? ¿Una película?
- De Marlon Brando. También se negaba a dar su nombre
- Vaya rancio
No hablamos mucho más. Ella se reía tan bien que sentí el impulso de capturar su sonrisa palpando su boca, sus dientes, su aliento de alegría. Esta es una manía que tengo, no sé si llamarla estúpida. Cuando llega el otoño, hasta que no logro atrapar al vuelo una hoja cayendo, siento que me falta alguna conexión elemental, que mi cuerpo no está donde tiene que estar, que me pierdo, que no soy. Tonterías quizá, pero que me ayudan a vivir. Ese instante en el que la magia se descubre ante uno tan fugaz como un chaparrón, un sol, un arco iris o una incontrolada explosión neuronal, es demasiado importante como para dejarlo escapar sin más con una simple mirada de envidia. Yo siento el impulso de tocar porque he comprobado que tocando, algo de esa maravilla penetra en mí. Toco la gota de agua, toco la hierba, toco el pelo de un animal, toco cualquier cosa que capture el significado de aquello que me ha encandilado. Y la sublime belleza, el momento extático, la luz, el alma del universo… todo penetra en mí. Y ahí dentro se queda… por lo menos un ratito. Un ratito en el que yo paso a ser el pavo real en celo abriendo su cola, la cagada de paloma en la permanente de la señora, el barco que se hunde hacia atrás, la música que se arrastra, las palabras fugaces de una pareja.
- ¿Qué estás haciendo?
- Deja que te toque los dientes
- Qué gracioso
- Déjame
- ¡Ja, ja, ja! ¿Por qué? ¿Eres dentista?
- Déjame, por favor
- Estás loco
Los dedos… los labios… la lengua… Acabamos en la habitación del piso que ella compartía con otra chica. No pisamos la calle en varios días. En vez de pisar, flotábamos. A cada momento, el tacto, la vista, el oído, el gusto y el olfato nos mantenían aprisionados en una atmósfera de combustión lenta. Las conexiones químicas sobrantes, las que no se ocupaban del placer, de la belleza, del amor, de las sensaciones puras y salvajes, se iban chamuscando una tras otra. No pensábamos. Recuerdo que babeábamos mucho.
- Han llamado a la puerta
- ¿Seguro?
- Seguro no
- Ah
Supongo que en algún momento fui a mi propio piso de estudiante para buscar mis cosas. Supongo que comimos algo, que compramos comida, que fuimos al baño, que nos duchamos. Puede que hiciéramos todo eso, pero siempre sin salir uno de dentro del otro, sin perder el contacto profundo. La distancia no existía. Ella, yo… ¿Quiénes éramos? ¿Qué queríamos? ¿Qué hacíamos? No lo sé, de verdad, no lo sé. Ahora pienso que si sobrevivimos a tanta intensidad fue debido a aquel principio que dice “Siento luego existo”. Buf. Por cierto, en la vida anterior yo estudiaba Ingeniería y ella Derecho.
- Ahora sí que han llamado
- ¿Seguro?
- Sí
- Ah
Tras aquella experiencia protomística continuamos viviendo juntos una historia en la que la felicidad, rebatiendo lo que cuentan por ahí, se instaló en nosotros de forma permanente. Días, noches y mediodías de felicidad. Lunes, martes y domingos de felicidad. Separaciones de felicidad. Reuniones felices. Ella era de Sevilla y yo de Salamanca. ¿Qué hacíamos estudiando en Bilbao?
- ¿Tú por qué viniste aquí?
- ¿A Bilbao o a este piso?
- ¡Tonto!
Ella no estaba tan interesada como yo en descubrir el verdadero carácter de los vascos. Su motivo principal era que Bilbao estaba lejos. Sevilla, alejarse. Bilbao, descubrir. Vascos, nuevos. Mundos, yo. Beso. Más beso. Lo otro. Más de lo otro. Mucho tiempo. Mucho tiempo… Pero tiempo… de verdad. Pasó mucho tiempo, varios años. Miles y miles de momentos. Dos en uno.
- ¿Qué piensas de los vascos?
- No sé… Como todos… Son majos
- ¿Majos?
- Algunos sí
- “Majo” sólo dicen los vascos
- Me habrán convertido
- ¿Y tú ya sabes que yo soy vasco?
- ¿No me digas? Pensaba que eras de Salamanca
- Pero he conseguido la nacionalidad
- ¿Quién te la ha dado?
- El otro día me nombraron, en una jaia
- Bah, borrachos, así cualquiera…
- ¡Que no! ¡Que llevo aquí mucho tiempo!
- Llevamos aquí mucho tiempo
- Perdón, gandula
- ¿A que no sabes cuánto tiempo llevamos?
Todo se acabó cuando me fui a vivir a Zaragoza, porque el padre de Patxi me ofreció trabajo en su fábrica. No podía decir que no, era demasiada oportunidad. Así lo entendió ella también. Se quedó en Bilbao, claro. Le faltaban dos años para acabar y además se encontraba a gusto entre los vascos. La verdad es que Carmen estaba a gusto en cualquier parte. Imagínense ustedes una flor. Pues eso. Snif.
Nos separamos. Adiós. Adiós.
- ¿Cortamos?
- Claro
- A distancia no podemos seguir
- Eso mismo pienso yo
- Entonces cortamos
- Bueno
- Dame el último beso
- ¿El último?
Han pasado varios años. Ahora sólo la veo en el Facebook. Tiene un hijo y vive con un tío con el que no está casada, pero que no es el padre del niño. Todo esto lo sé por el Facebook, de casualidad, que no porque me interese mucho saber qué es de ella, ¿eh?… ¿Raro? No… No tan raro.
Lo diré… Ahora mismo estoy liado con otra Carmen.
Nos conocimos en fiestas de Bilbao, ciegos de calimocho y talo con morcilla. Debería de estar prohibido mantener una relación con alguien a quien has conocido borracho… pero en asuntos sentimentales ya se sabe… las reglas brillan por su ausencia.
- ¿Cómo has dicho que te llamas?
- No lo he dicho
- Chico, vaya corte
- ¿Has visto el último tango el París?
- ¿Qué es eso? ¿Una película?
- De Marlon Brando. También se negaba a dar su nombre
- Vaya rancio
No hablamos mucho más. Ella se reía tan bien que sentí el impulso de capturar su sonrisa palpando su boca, sus dientes, su aliento de alegría. Esta es una manía que tengo, no sé si llamarla estúpida. Cuando llega el otoño, hasta que no logro atrapar al vuelo una hoja cayendo, siento que me falta alguna conexión elemental, que mi cuerpo no está donde tiene que estar, que me pierdo, que no soy. Tonterías quizá, pero que me ayudan a vivir. Ese instante en el que la magia se descubre ante uno tan fugaz como un chaparrón, un sol, un arco iris o una incontrolada explosión neuronal, es demasiado importante como para dejarlo escapar sin más con una simple mirada de envidia. Yo siento el impulso de tocar porque he comprobado que tocando, algo de esa maravilla penetra en mí. Toco la gota de agua, toco la hierba, toco el pelo de un animal, toco cualquier cosa que capture el significado de aquello que me ha encandilado. Y la sublime belleza, el momento extático, la luz, el alma del universo… todo penetra en mí. Y ahí dentro se queda… por lo menos un ratito. Un ratito en el que yo paso a ser el pavo real en celo abriendo su cola, la cagada de paloma en la permanente de la señora, el barco que se hunde hacia atrás, la música que se arrastra, las palabras fugaces de una pareja.
- ¿Qué estás haciendo?
- Deja que te toque los dientes
- Qué gracioso
- Déjame
- ¡Ja, ja, ja! ¿Por qué? ¿Eres dentista?
- Déjame, por favor
- Estás loco
Los dedos… los labios… la lengua… Acabamos en la habitación del piso que ella compartía con otra chica. No pisamos la calle en varios días. En vez de pisar, flotábamos. A cada momento, el tacto, la vista, el oído, el gusto y el olfato nos mantenían aprisionados en una atmósfera de combustión lenta. Las conexiones químicas sobrantes, las que no se ocupaban del placer, de la belleza, del amor, de las sensaciones puras y salvajes, se iban chamuscando una tras otra. No pensábamos. Recuerdo que babeábamos mucho.
- Han llamado a la puerta
- ¿Seguro?
- Seguro no
- Ah
Supongo que en algún momento fui a mi propio piso de estudiante para buscar mis cosas. Supongo que comimos algo, que compramos comida, que fuimos al baño, que nos duchamos. Puede que hiciéramos todo eso, pero siempre sin salir uno de dentro del otro, sin perder el contacto profundo. La distancia no existía. Ella, yo… ¿Quiénes éramos? ¿Qué queríamos? ¿Qué hacíamos? No lo sé, de verdad, no lo sé. Ahora pienso que si sobrevivimos a tanta intensidad fue debido a aquel principio que dice “Siento luego existo”. Buf. Por cierto, en la vida anterior yo estudiaba Ingeniería y ella Derecho.
- Ahora sí que han llamado
- ¿Seguro?
- Sí
- Ah
Tras aquella experiencia protomística continuamos viviendo juntos una historia en la que la felicidad, rebatiendo lo que cuentan por ahí, se instaló en nosotros de forma permanente. Días, noches y mediodías de felicidad. Lunes, martes y domingos de felicidad. Separaciones de felicidad. Reuniones felices. Ella era de Sevilla y yo de Salamanca. ¿Qué hacíamos estudiando en Bilbao?
- ¿Tú por qué viniste aquí?
- ¿A Bilbao o a este piso?
- ¡Tonto!
Ella no estaba tan interesada como yo en descubrir el verdadero carácter de los vascos. Su motivo principal era que Bilbao estaba lejos. Sevilla, alejarse. Bilbao, descubrir. Vascos, nuevos. Mundos, yo. Beso. Más beso. Lo otro. Más de lo otro. Mucho tiempo. Mucho tiempo… Pero tiempo… de verdad. Pasó mucho tiempo, varios años. Miles y miles de momentos. Dos en uno.
- ¿Qué piensas de los vascos?
- No sé… Como todos… Son majos
- ¿Majos?
- Algunos sí
- “Majo” sólo dicen los vascos
- Me habrán convertido
- ¿Y tú ya sabes que yo soy vasco?
- ¿No me digas? Pensaba que eras de Salamanca
- Pero he conseguido la nacionalidad
- ¿Quién te la ha dado?
- El otro día me nombraron, en una jaia
- Bah, borrachos, así cualquiera…
- ¡Que no! ¡Que llevo aquí mucho tiempo!
- Llevamos aquí mucho tiempo
- Perdón, gandula
- ¿A que no sabes cuánto tiempo llevamos?
Todo se acabó cuando me fui a vivir a Zaragoza, porque el padre de Patxi me ofreció trabajo en su fábrica. No podía decir que no, era demasiada oportunidad. Así lo entendió ella también. Se quedó en Bilbao, claro. Le faltaban dos años para acabar y además se encontraba a gusto entre los vascos. La verdad es que Carmen estaba a gusto en cualquier parte. Imagínense ustedes una flor. Pues eso. Snif.
Nos separamos. Adiós. Adiós.
- ¿Cortamos?
- Claro
- A distancia no podemos seguir
- Eso mismo pienso yo
- Entonces cortamos
- Bueno
- Dame el último beso
- ¿El último?
Han pasado varios años. Ahora sólo la veo en el Facebook. Tiene un hijo y vive con un tío con el que no está casada, pero que no es el padre del niño. Todo esto lo sé por el Facebook, de casualidad, que no porque me interese mucho saber qué es de ella, ¿eh?… ¿Raro? No… No tan raro.
Lo diré… Ahora mismo estoy liado con otra Carmen.