Hay circunstancias en la vida en las que el contacto con la masa se hace inevitable, por muy doloroso que resulte. No me recato en decirlo.
Supongamos que te encuentras viajando por una de esas magníficas autopistas españolas plagadas de obras, controles de velocidad y sucios extranjeros en sus horribles tartanas atiborradas de maletas y de mocosos. En algún momento tendrás que parar a reponer fuerzas. La misma necesidad física te obliga a compartir el espacio vital con toda esa turbia humanidad. Quieras que no, allá que nos encaminamos. Valor.
- ¡Un médico! ¡Un médico, por favor!
- …
- ¿Hay un médico en la sala?
No hay escape posible. Por supuesto que ni me planteo parar en un arcén de gasolinera donde, bajo un polvoriento olmo pastoreado por familias practicando el hoy tan en boga gitaneo, ponerme a masticar un triste bocata ruinmente hurtado del catering hotelicio. Tampoco es cuestión de salirse de la autopista en busca de una restauración acorde con tus necesidades más elementales, puesto que perderías un tiempo del que no dispones.
Por lo tanto no queda más remedio que entrar en uno de esos establecimientos-patera donde manadas de seres migratorios, cual patos en humedal, se arremolinan en trombas irregulares, graznando y girando sobre sí mismos en busca del condumio. Espero que haya albóndigas. Pero primero tengo que hacer una llamada.
- ¿Qué tal van las cosas, Merche?
- Muy bien. Una mañana tranquila
- ¿Algo urgente?
- Nada importante. La señora Subirús, que…
Hacer la cola en el self-service comunal se convierte en un ejercicio ingrato por lo infeccioso. Gordos sebosos aventando sudores sin pedir permiso, niños que juegan a darte patadas sin darse cuenta, madres cuyas voces de urraca airada te perforarían el tímpano de no ser por el escandaloso caos sónico que previamente ha insensibilizado tus receptáculos auditivos, más acostumbrados a la ópera italiana que habitualmente, cual orvallo placentero, tapiza de melodías el ambiente climatizado de tu lujoso coche. ¡Pardiez! La masa no puede evitar rugir. Uno no puede evitar sufrir. Hay que coger una bandeja.
- ¡Un médico, por favor!
- …
- ¡Un médico, un médico! ¡Es urgente!
Hay albóndigas. Hay arroz con leche. Hay cerveza sin alcohol. Menos mal. Dejo la cerveza y elijo un vino de la tierra para hacer más llevadera esta insoportable experiencia. Pago (una miseria excesiva) y me lanzo en busca de una mesa libre. Consigo desplazar a un tonto niño que pretendía guardar sitio. Cae al suelo el muy impertinente y al instante una turba de exaltados abalanza sobre mí un torrente de improperios. Hago como que no les oigo. Hay mucho ruido. Coloco mi bandeja en el espacio libre. Me siento. Más insultos. ¿Cómo? Lo siento. Huy, perdonen, que me llaman por teléfono. Hago que hablo. Ceden un poco en su furia. Son más tontos que el chaval.
- ¿Sí?
- …
- Ya, ya, claro
- …
- Sí, sí, muy importante
- …
Y sigo así un ratillo. Hasta que desisten del todo. Siempre queda un abuelete que se cree en la obligación senil de afearme mi conducta. Aduce códigos morales. ¡Ja! Seguro que vienen todos de pasar las vacaciones en un piso realquilado con olor a jamón rancio, durmiendo tres en cada cama al calor de los regüeldos. ¡Basura! ¡Morralla!. Ni le miro. Ya se ha ido. Menos mal, porque la comida se estaba enfriando. Hago que cuelgo. Como.
- ¡Por favor, un médico, un médico!
- …
- ¡Un médico! ¿Hay un médico?
- …
¡Ya está bien de tanto grito! ¿A qué viene el alboroto? Seguro que un niño lerdo se ha atragantado con chorizo del barato. ¡Qué asco! No está mal el arroz con leche, pero debería calentarlo un poco. Allá veo un microondas. Aunque me lo pienso mejor y no me levanto, no vaya a ser que me quiten el sitio. Encima no se puede fumar. Desde luego, esto es un sinvivir. Un último trago de vino y…
Un oscuro operario extranjero, potolo y adolescente, pasa recogiendo bandejas y contando a todo el que le quiere oír (y al que no también) que ya está todo arreglado porque ha acudido la encargada y han conseguido reanimar a la señora mayor que estaba desmayada en el baño. Conque de eso se trataba. Interesantísimo. No quiero saber más, se me hacen insoportables las falsas urgencias médicas. El parlanchín trabajador sudaca, ajeno a mis deseos, prosigue su relato de los pasmosos hechos detallando cómo a la vieja se le ha pasado el vahído haciéndole oler amoníaco. Me pone de los nervios tanta tontería. Estoy hasta las narices. La misma historia de siempre. Me gustaría gritar ¡hay un mecánico en la sala! ¡hay un mecánico en la sala! ¡que me hacen ruido las bielas! No te fastidia… Por cierto, que se ha acabado el vino. Necesito fumar. Salgo. Antes de seguir ruta voy a llamar a Merche, por si acaso.
- ¿Diga?
- ¿Cómo va lo de la señora Subirús?
- Bien, ya le he dicho lo de los cien miligramos
- Correcto. Y que se pase mañana por la consulta
Entro en el coche. Menos mal que ya se ha acabado todo.
Supongamos que te encuentras viajando por una de esas magníficas autopistas españolas plagadas de obras, controles de velocidad y sucios extranjeros en sus horribles tartanas atiborradas de maletas y de mocosos. En algún momento tendrás que parar a reponer fuerzas. La misma necesidad física te obliga a compartir el espacio vital con toda esa turbia humanidad. Quieras que no, allá que nos encaminamos. Valor.
- ¡Un médico! ¡Un médico, por favor!
- …
- ¿Hay un médico en la sala?
No hay escape posible. Por supuesto que ni me planteo parar en un arcén de gasolinera donde, bajo un polvoriento olmo pastoreado por familias practicando el hoy tan en boga gitaneo, ponerme a masticar un triste bocata ruinmente hurtado del catering hotelicio. Tampoco es cuestión de salirse de la autopista en busca de una restauración acorde con tus necesidades más elementales, puesto que perderías un tiempo del que no dispones.
Por lo tanto no queda más remedio que entrar en uno de esos establecimientos-patera donde manadas de seres migratorios, cual patos en humedal, se arremolinan en trombas irregulares, graznando y girando sobre sí mismos en busca del condumio. Espero que haya albóndigas. Pero primero tengo que hacer una llamada.
- ¿Qué tal van las cosas, Merche?
- Muy bien. Una mañana tranquila
- ¿Algo urgente?
- Nada importante. La señora Subirús, que…
Hacer la cola en el self-service comunal se convierte en un ejercicio ingrato por lo infeccioso. Gordos sebosos aventando sudores sin pedir permiso, niños que juegan a darte patadas sin darse cuenta, madres cuyas voces de urraca airada te perforarían el tímpano de no ser por el escandaloso caos sónico que previamente ha insensibilizado tus receptáculos auditivos, más acostumbrados a la ópera italiana que habitualmente, cual orvallo placentero, tapiza de melodías el ambiente climatizado de tu lujoso coche. ¡Pardiez! La masa no puede evitar rugir. Uno no puede evitar sufrir. Hay que coger una bandeja.
- ¡Un médico, por favor!
- …
- ¡Un médico, un médico! ¡Es urgente!
Hay albóndigas. Hay arroz con leche. Hay cerveza sin alcohol. Menos mal. Dejo la cerveza y elijo un vino de la tierra para hacer más llevadera esta insoportable experiencia. Pago (una miseria excesiva) y me lanzo en busca de una mesa libre. Consigo desplazar a un tonto niño que pretendía guardar sitio. Cae al suelo el muy impertinente y al instante una turba de exaltados abalanza sobre mí un torrente de improperios. Hago como que no les oigo. Hay mucho ruido. Coloco mi bandeja en el espacio libre. Me siento. Más insultos. ¿Cómo? Lo siento. Huy, perdonen, que me llaman por teléfono. Hago que hablo. Ceden un poco en su furia. Son más tontos que el chaval.
- ¿Sí?
- …
- Ya, ya, claro
- …
- Sí, sí, muy importante
- …
Y sigo así un ratillo. Hasta que desisten del todo. Siempre queda un abuelete que se cree en la obligación senil de afearme mi conducta. Aduce códigos morales. ¡Ja! Seguro que vienen todos de pasar las vacaciones en un piso realquilado con olor a jamón rancio, durmiendo tres en cada cama al calor de los regüeldos. ¡Basura! ¡Morralla!. Ni le miro. Ya se ha ido. Menos mal, porque la comida se estaba enfriando. Hago que cuelgo. Como.
- ¡Por favor, un médico, un médico!
- …
- ¡Un médico! ¿Hay un médico?
- …
¡Ya está bien de tanto grito! ¿A qué viene el alboroto? Seguro que un niño lerdo se ha atragantado con chorizo del barato. ¡Qué asco! No está mal el arroz con leche, pero debería calentarlo un poco. Allá veo un microondas. Aunque me lo pienso mejor y no me levanto, no vaya a ser que me quiten el sitio. Encima no se puede fumar. Desde luego, esto es un sinvivir. Un último trago de vino y…
Un oscuro operario extranjero, potolo y adolescente, pasa recogiendo bandejas y contando a todo el que le quiere oír (y al que no también) que ya está todo arreglado porque ha acudido la encargada y han conseguido reanimar a la señora mayor que estaba desmayada en el baño. Conque de eso se trataba. Interesantísimo. No quiero saber más, se me hacen insoportables las falsas urgencias médicas. El parlanchín trabajador sudaca, ajeno a mis deseos, prosigue su relato de los pasmosos hechos detallando cómo a la vieja se le ha pasado el vahído haciéndole oler amoníaco. Me pone de los nervios tanta tontería. Estoy hasta las narices. La misma historia de siempre. Me gustaría gritar ¡hay un mecánico en la sala! ¡hay un mecánico en la sala! ¡que me hacen ruido las bielas! No te fastidia… Por cierto, que se ha acabado el vino. Necesito fumar. Salgo. Antes de seguir ruta voy a llamar a Merche, por si acaso.
- ¿Diga?
- ¿Cómo va lo de la señora Subirús?
- Bien, ya le he dicho lo de los cien miligramos
- Correcto. Y que se pase mañana por la consulta
Entro en el coche. Menos mal que ya se ha acabado todo.