Resumen de mi último viaje

Alquilé un coche pequeño. Miré el mapa. León.

El hotel no estaba mal. Tenía parking. El parking tenía un precio. Trece euros. Me fui a cenar.

Al día siguiente visité la catedral. Miré el mapa. Portugal.

Antes de salir me apeteció visitar el hostal de San Marcos. El trayecto de salida que sugería el Tom Tom pasaba cerca. Busqué un parking. No había.

Sí, sí que había. Un parking bastante hermoso al aire libre, muy cerca del hostal. Creo que pertenecía a algún ministerio autónomo de esos. El parking era muy grande pero no había ninguna plaza libre. Di tres vueltas.

A la tercera vi a uno que estaba saliendo. Me puse delante para facilitarle la maniobra de salida. Cuando por fin sale llega otro coche por detrás y pretende meterse en mi hueco. Me pongo delante.

Le paro.

- Perdona, pero llevo un rato esperando
- ¿Y a mí qué me dices?
- Que estaba yo antes
- Aparta, ¿no ve que estoy aparcando?
- O sea que haz el favor…
- ¿Qué me estás contando?
- ¡Eres un jeta!

Mientras voy corriendo hacia mi coche el tío aprovecha y mete raudamente el suyo. Me indigno. Le explico claramente que entre personas existen ciertas reglas… que no puede ir por ahí haciendo lo que le dé la gana… Mientras hablo me fijo en que el cabrón es un cachas macarra total y que lleva a su lado a una chica macarra plus. También observo aterrorizado cómo el tío sale del coche y se me planta delante, con cara de muy malas pulgas. Bajito y cuadrado, chándal blanco. Saca pecho. Inspira. Espira.

- ¿Por qué no me lo dices a la cara?
- Eeehh…
- ¡A ver si tienes cojones!

Pego un salto prodigioso hacia atrás. No llega a alcanzarme. De hecho, ni siquiera se ha movido. Pero, por si acaso… ¡Hostia, qué miedo he pasado! Cojo el coche y me marcho de León.

Le hago caso al Tom Tom durante un rato.

El Tom Tom es el GPS, un navegador que me dice en una pantallita por dónde tengo que ir. No tienes que pensar en nada. Basta con seguir la flecha. Además, para que no te despistes, el navegador también habla. “En la rotonda, tercera salida. Dirección Verín”. Pues allá que vamos.

Llego a Chaves. No he visto ninguna frontera. Miro el mapa.

El mapa me sugiere mis próximos pasos. Descenderé por el interior de Portugal y saldré por Cáceres.

Y dicho y hecho. Muchos pueblos, muchos castillos, algún teleférico, iglesias, balcones, arroz, bacalao, lagos… Un idioma demasiado rápido... y resbaladizo. Un sitio encantador, en suma. Poco turista. Santuarios. Los muy felices aprovechan cualquier montecito a mano, plantan una iglesia grande y horrible, le llaman Santuario y allá que van los domingos a tomar la merienda y a remar por el lago. También aprovechan para casarse los hijos franceses de aquellas emigrantes que fueron a París a trabajar de criadas. Se ve que tienen querencia por la patria chica de sus padres. Ya digo yo que se estaba bien allí.

Con gran dolor de mi corazón me despedí del último pueblo portugués (un bastión calcáreo en risco aislado) muy de mañanita. Al montarme en el coche escucho un ruidillo…

- Yaaaaaaauu

Parece como si hubiera un gato debajo del coche. Me levanto, miro, remiro… y no veo nada. Arranco. Tom Tom mediante, cruzo la frontera (que tampoco hay) y, en un poblachón extremeño, al detenerme en un semáforo, vuelvo a escuchar...

- Yaaaaaaauu

Y otra vez.

- Yaaaaaaauu

No puede ser. Aparco (en los pueblos es fácil) y miro hasta dentro del motor, por todas las esquinas. Ni rastro de gato. Arranco.

- Yaaaaaaauu

¡Que le den! A lo mejor es un amortiguador de esos. Sí, claro, será un amortiguador de esos… ¡Leches! ¡Ahora recuerdo que se me ha olvidado echarle anticongelante!

Paro en una gasolinera y compro anticongelante. Efectivamente, le faltaba agua al coche. Menos mal que he parado. No se oye ningún gato. Coño, claro, porque estoy parado. Voy a coger algún bache... a ver… ¡bah! Tampoco se oye nada.

Llego a Cáceres y todavía me parece escuchar algún…

- Yaaaaaaauu

Pero como hay tanto tráfico, ni se nota. Que le den.

Hotel estupendo. Parking en la puerta. Además, gratis. Salgo. Como. Entro. Siesta. Salgo. Ceno. Entro. Duermo.

Al día siguiente salgo a comprar El País (era domingo) y me encuentro una nota en el parabrisas del coche (recordemos que estaba aparcado en la puerta del hotel) diciendo que tenía un gato dentro del coche, que los huéspedes se habían quejado, y que avisara a recepción.

Avisé a recepción. Vino recepción. Abrí el motor y ahí que estaba el gato. ¡Qué susto! Era muy pequeñito. Estaba fuera de sí. El barrendero municipal, a quien fueron a buscar haciéndose mientes de su calidad como experto en animales y en leyes del concejo, se hizo inmediatamente cargo de la situación y, utilizando su escoba como red de mirmidón, lo abucharó en una esquina. Luego le plantó encima una caja de Coca Cola invertida. ¡Cómo chillaba y lanzaba zarpazos el pequeñín en su jaula! Hablaron de llamar a la Sociedad Protectora de Animales. Le dieron leche y unas rodajas de ibérico. Me quedé más tranquilo.

Pobre gatito. ¡Vaya experiencia!

Me fui a dar una vuelta y, entre una cosa y otra, me dio la hora de comer. Comí bastante bien, aunque un poco caro, y volví con la intención de echarme una siesta. Me sorprendió no ver fuera ni la caja de Coca Cola ni al gato. Pregunté en recepción.

- ¿Qué ha pasado con el gato?
- ¿Qué gato?
- El de esta mañana
- No sé nada de un gato
- Pero… su compañero…
- ¡Ah! ¡Sí! ¡Elías!

Llega Elías. Le pregunta por el gato. Yo también le pregunto, porque a Elías le conozco desde esta mañana. De hecho él es quién avisó al barrendero.

- El gato… se escapó y le pilló un coche
- ¿Le pilló un coche? ¿Cuándo? ¿Cómo?
- No sé… Se escapó… y le pilló un coche
- ¡Cómo ha podido ser!
- No lo sé
- ¿Y…. está muerto?
- Sí

Me dio tanta pena que me volví para casa. ¡Tanto trabajo para nada!