El nuevo deán vino a presentarse. Era alto, calvo y olía a suciedad vieja por detrás de algún afeite mal untado. Casualmente mi padre estaba indispuesto de unas fiebres que le cogen cada vez que sospecha cercanía de faldas masculinas. El obispo había muerto. Se imponían manejos, mudanzas e intercambio de regalos.
Recibí en la capilla. Era raro y atractivo. Lo primero que oí de su boca fue:
- ¿Me tiene usted manía?
- ¿Cómo? ¡Si no le conozco!
- ¡Me ha hecho esperar tanto!
Obvié la inusual rudeza y cuando, como de acostumbrado, alargué mi mano para que la besara, tomó las dos hacia su cara y, soltando una carcajada, vino como a decir:
- ¡Eres muy niña!
Era feo, fuerte y escrutador. Sentí que mis brazos, así levantados más arriba de decencia, se cubrían de vergüenza al anunciar movimientos por entre la zona del pecho. Tal y como aconsejara el paladín de protocolo para los casos difíciles, no me di por enterada de las señales del cuerpo y enfrenté la impertinencia con descaro y lejanía.
- ¿No se va usted a atragantar con tanta limosna?
- Bajando de dos, señora, todo es calderilla
- ¿Y qué quedará para mí?
- Lo que tenga a bien tomarse
- Ahora no apetezco nada, gracias
- Lástima, otra vez será
Y con estas palabras tan sórdidas, me devolvió lo que es mío, mis brazos y mis manos. Aproveché para frotarme la comisura del ojo, una manía mía, para dar media vuelta y para salir andando. ¡Ya era demasiado como primera audiencia! No había llegado a la puerta cuando tuvo la osadía de volver a cortar mi paso con su voz renegrida.
- Perdone, señora…
Me detuve, más no le di cara.
- Perdone, señora…
Seguí muda y de espaldas.
- ¿No queda a escuchar la misa?
Respiré despacio. No estaba acostumbrada a recibir tanta ofensa. Con un gesto de la mano despedí a la doncella. Ni rastro del monaguillo. Si pretendía forzarme, aquél era el momento. Me di vuelta y lo enfrenté.
- ¿Tiene usted lo que hay que tener?
- No importa, con lo suyo hay de sobras
- ¿Qué pretende, en puridad?
- La cesión del predio santo
- ¡Acabáramos!
Concluida la negociación mandé a por recado de escritura. No sé si mi padre estará de acuerdo, pero no me pareció mal apaño por unas higueras polvorientas en terreno mal regado. Todos los jueves, antes de misa, debía renovarse el trato.
Recibí en la capilla. Era raro y atractivo. Lo primero que oí de su boca fue:
- ¿Me tiene usted manía?
- ¿Cómo? ¡Si no le conozco!
- ¡Me ha hecho esperar tanto!
Obvié la inusual rudeza y cuando, como de acostumbrado, alargué mi mano para que la besara, tomó las dos hacia su cara y, soltando una carcajada, vino como a decir:
- ¡Eres muy niña!
Era feo, fuerte y escrutador. Sentí que mis brazos, así levantados más arriba de decencia, se cubrían de vergüenza al anunciar movimientos por entre la zona del pecho. Tal y como aconsejara el paladín de protocolo para los casos difíciles, no me di por enterada de las señales del cuerpo y enfrenté la impertinencia con descaro y lejanía.
- ¿No se va usted a atragantar con tanta limosna?
- Bajando de dos, señora, todo es calderilla
- ¿Y qué quedará para mí?
- Lo que tenga a bien tomarse
- Ahora no apetezco nada, gracias
- Lástima, otra vez será
Y con estas palabras tan sórdidas, me devolvió lo que es mío, mis brazos y mis manos. Aproveché para frotarme la comisura del ojo, una manía mía, para dar media vuelta y para salir andando. ¡Ya era demasiado como primera audiencia! No había llegado a la puerta cuando tuvo la osadía de volver a cortar mi paso con su voz renegrida.
- Perdone, señora…
Me detuve, más no le di cara.
- Perdone, señora…
Seguí muda y de espaldas.
- ¿No queda a escuchar la misa?
Respiré despacio. No estaba acostumbrada a recibir tanta ofensa. Con un gesto de la mano despedí a la doncella. Ni rastro del monaguillo. Si pretendía forzarme, aquél era el momento. Me di vuelta y lo enfrenté.
- ¿Tiene usted lo que hay que tener?
- No importa, con lo suyo hay de sobras
- ¿Qué pretende, en puridad?
- La cesión del predio santo
- ¡Acabáramos!
Concluida la negociación mandé a por recado de escritura. No sé si mi padre estará de acuerdo, pero no me pareció mal apaño por unas higueras polvorientas en terreno mal regado. Todos los jueves, antes de misa, debía renovarse el trato.