
- ¿Cómo te llamas?
- No, nombre no
- ¡Qué más da! ¡Dime un nombre!
- Nombre no. Nombre no
- Te llamaré Melena, ¿te gusta?
- Nombre no
- ¿O prefieres Melenita?
Era una pequeña extranjera de rastros pronunciadamente mongólicos. Se había cortado el pelo con tijera de afeitar, dejando caer los mechones sobre una revista francesa. Me atrajeron los pliegues de su falda, el olor que sugerían, y la pulcra notita que abandonó en mi rodilla. “Una sesión durante: 30 euros. Una sesión después: 60 euros. Chupada. Mamada. Follar. Delante. Detrás. Gracias”. Cuando volvió, con cara de pena, a recoger el papelillo, me apresuré a preguntarle:
- ¿Chupada y mamada?
- Chupada, mamada, follar
- ¿Cuál es la diferencia entre chupada y mamada?
- Delante y detrás
Superinteresante situación. Me habían invitado a la presentación de la película erótica “Me casé con una viuda”, segunda parte de la exitosa “Mi mujer se ha quedado viuda”, aquel bombazo que inauguró la moda de las películas de culo y espíritus. Me invitaron en calidad de asesor adjunto, porque había participado en un concurso de televisión donde quedé segundo. Al primero le nombraron asesor delegado y en aquel momento se encontraba tocando las cámaras de televisión. Las tocaba por debajo, hacía girar pezonelas, metía los deditos, frotaba con aceite, pegaba el ojo a visores diminutos y oscuros. Se lo pasaba como un campeón, bomba integral. La película no acababa de arrancar. Se sucedían los discursos. Se alargaban los prolegómenos. Yo ya empezaba a distinguir la diferencia entre chupada y mamada.
- ¿Esto ya es mamada, no?
Melena, con la boca llena, cogió mi mano derecha y se la puso en el culo. Inmediatamente mis garfios arrugaron su faldita. Las mujeres con faldita son seres maravillosos. Caminan al aire libre, como el higo en la chumbera, recibiendo los vapores de los vientos alcalinos. Se sientan en bancos fríos, tostándose media nalga. Juntan los muslos, se tocan, los abren en expansión. Cruzan el eje, levantan la cadera y, en pleno resplandor de panavisión, el sol derrito se ciega. En el cómputo global del parque infantil, son diosas. En la degustación, cada sorbo de café huele a narices sorbiéndoles el ano. En la terraza, los hombres no saben dónde mirar. Con los ojos cerrados, una sierra de fanal entre los huevos, imaginamos nuestros dedos rasgando telas diminutas. Yo mismo lo estaba haciendo. Me inspiraban para ello los tirones que sentía por el glande.
- ¿Has vuelto a la chupada?
Melena, con la boca llena, cogió mi otra mano y se la puso en los pechos. Ambos frotamos simultáneamente semitetas, telas, carnolas, rodendes, masas, fuegos y ríos de uvas sin despepitar. Mis bajos eran un hervor contínuo, un infierno rico, muy rico. No sé qué más podía pasar. Me atreví a hacerle otra pregunta.
- ¿Esto es chupada y mamada a la vez, verdad?
Nada más decirlo, me corrí. A la tercera pregunta. Melena tuvo una arcada, levantó la cabeza y se puso a hacer gárgaras. El conferenciante se detuvo y la miró. Ella se lo tragó todo y sonrió avergonzada.
- Señorita, sea usted más discreta
Enseguida, la sala de proyecciones se engaviotó de manos masculinas agitando la notita. Me la querían quitar. ¡Menuda algarabía!
- Melena, vámonos fuera. Te pagaré doble
- Dentro y fuera. Treinta euros, sesenta euros. Gracias
Le metí dos billetes de cincuenta euros en la raja, a toda prisa, y la saqué cojeando. Era de noche. Fuimos al parque. En el banco de enfrente una pareja se estaba besando. Abrió el bolso. Sacó dos pelotas de pingpong. Con ellas en la mano derecha y un gesto muy expresivo, se las metió para adentro por debajo de la falda. Se tumbó de costado, con el culo hacia mí, como para ventosear. Giró un poco el ángulo de torsión y disparó, una tras otra, las pelotas blancas. Cayeron con ruido de piedrecilla cerca de las piernas de los enamorados. Me levanté como sonámbulo a recogerlas. Se las devolví. Lo hizo otra vez, pero ahora en recto, hacia arriba, con las manos enganchándose las patas. Volvieron a aterrizar cerca de la pareja. Volvió a sonar ruido de piedrecillas. Volví a quedarme sonámbulo.
- ¿Lo has hecho por los dos agujeros?
- Follar.
- ¿Quieres que te folle?
- Chupada, mamada, follar
Recogió las pelotitas de mi mano, me bajó los pantalones, me hizo agachar y me endilgó los pinpones por el culo, los dos pinpones. Se me infló toda la barriga y me entraron ganas de cagar. No pude aguantar el espasmo y lo expulsé todo. Saltaron las dos pelotas como ampollas al vapor de chocolate. Melena se puso contenta.
- ¡Follar! ¡Follar!
- ¿Esto es follar?
- Fuera, sesenta euros
Cogí un montón de billetes de cincuenta, mi ganancia de dos días en las máquinas tragaperras, y se los metí en la raja. Otra vez me corrí.


