Melena (1)


- ¿Cómo te llamas?
- No, nombre no
- ¡Qué más da! ¡Dime un nombre!
- Nombre no. Nombre no
- Te llamaré Melena, ¿te gusta?
- Nombre no
- ¿O prefieres Melenita?

Era una pequeña extranjera de rastros pronunciadamente mongólicos. Se había cortado el pelo con tijera de afeitar, dejando caer los mechones sobre una revista francesa. Me atrajeron los pliegues de su falda, el olor que sugerían, y la pulcra notita que abandonó en mi rodilla. “Una sesión durante: 30 euros. Una sesión después: 60 euros. Chupada. Mamada. Follar. Delante. Detrás. Gracias”. Cuando volvió, con cara de pena, a recoger el papelillo, me apresuré a preguntarle:

- ¿Chupada y mamada?
- Chupada, mamada, follar
- ¿Cuál es la diferencia entre chupada y mamada?
- Delante y detrás

Superinteresante situación. Me habían invitado a la presentación de la película erótica “Me casé con una viuda”, segunda parte de la exitosa “Mi mujer se ha quedado viuda”, aquel bombazo que inauguró la moda de las películas de culo y espíritus. Me invitaron en calidad de asesor adjunto, porque había participado en un concurso de televisión donde quedé segundo. Al primero le nombraron asesor delegado y en aquel momento se encontraba tocando las cámaras de televisión. Las tocaba por debajo, hacía girar pezonelas, metía los deditos, frotaba con aceite, pegaba el ojo a visores diminutos y oscuros. Se lo pasaba como un campeón, bomba integral. La película no acababa de arrancar. Se sucedían los discursos. Se alargaban los prolegómenos. Yo ya empezaba a distinguir la diferencia entre chupada y mamada.

- ¿Esto ya es mamada, no?

Melena, con la boca llena, cogió mi mano derecha y se la puso en el culo. Inmediatamente mis garfios arrugaron su faldita. Las mujeres con faldita son seres maravillosos. Caminan al aire libre, como el higo en la chumbera, recibiendo los vapores de los vientos alcalinos. Se sientan en bancos fríos, tostándose media nalga. Juntan los muslos, se tocan, los abren en expansión. Cruzan el eje, levantan la cadera y, en pleno resplandor de panavisión, el sol derrito se ciega. En el cómputo global del parque infantil, son diosas. En la degustación, cada sorbo de café huele a narices sorbiéndoles el ano. En la terraza, los hombres no saben dónde mirar. Con los ojos cerrados, una sierra de fanal entre los huevos, imaginamos nuestros dedos rasgando telas diminutas. Yo mismo lo estaba haciendo. Me inspiraban para ello los tirones que sentía por el glande.

- ¿Has vuelto a la chupada?

Melena, con la boca llena, cogió mi otra mano y se la puso en los pechos. Ambos frotamos simultáneamente semitetas, telas, carnolas, rodendes, masas, fuegos y ríos de uvas sin despepitar. Mis bajos eran un hervor contínuo, un infierno rico, muy rico. No sé qué más podía pasar. Me atreví a hacerle otra pregunta.

- ¿Esto es chupada y mamada a la vez, verdad?

Nada más decirlo, me corrí. A la tercera pregunta. Melena tuvo una arcada, levantó la cabeza y se puso a hacer gárgaras. El conferenciante se detuvo y la miró. Ella se lo tragó todo y sonrió avergonzada.

- Señorita, sea usted más discreta

Enseguida, la sala de proyecciones se engaviotó de manos masculinas agitando la notita. Me la querían quitar. ¡Menuda algarabía!

- Melena, vámonos fuera. Te pagaré doble
- Dentro y fuera. Treinta euros, sesenta euros. Gracias

Le metí dos billetes de cincuenta euros en la raja, a toda prisa, y la saqué cojeando. Era de noche. Fuimos al parque. En el banco de enfrente una pareja se estaba besando. Abrió el bolso. Sacó dos pelotas de pingpong. Con ellas en la mano derecha y un gesto muy expresivo, se las metió para adentro por debajo de la falda. Se tumbó de costado, con el culo hacia mí, como para ventosear. Giró un poco el ángulo de torsión y disparó, una tras otra, las pelotas blancas. Cayeron con ruido de piedrecilla cerca de las piernas de los enamorados. Me levanté como sonámbulo a recogerlas. Se las devolví. Lo hizo otra vez, pero ahora en recto, hacia arriba, con las manos enganchándose las patas. Volvieron a aterrizar cerca de la pareja. Volvió a sonar ruido de piedrecillas. Volví a quedarme sonámbulo.

- ¿Lo has hecho por los dos agujeros?
- Follar.
- ¿Quieres que te folle?
- Chupada, mamada, follar

Recogió las pelotitas de mi mano, me bajó los pantalones, me hizo agachar y me endilgó los pinpones por el culo, los dos pinpones. Se me infló toda la barriga y me entraron ganas de cagar. No pude aguantar el espasmo y lo expulsé todo. Saltaron las dos pelotas como ampollas al vapor de chocolate. Melena se puso contenta.

- ¡Follar! ¡Follar!
- ¿Esto es follar?
- Fuera, sesenta euros

Cogí un montón de billetes de cincuenta, mi ganancia de dos días en las máquinas tragaperras, y se los metí en la raja. Otra vez me corrí.

Melena (2) - el nacimiento


Nació precisamente la siguiente primavera. Acariciada durante nueve meses, con experticia, por los habilísimos úteros intestinales de su madre, la pequeña muñequita pesó cuatro kilos seiscientos. Salió como una rosita, como un capullo florante, como aquella sirenita que, perseguida con ansia por un rudo violador, se enchapuzara en el agua sin apenas salpicón. Tenía el cuerpo muy limpio, lechado por gatos calientes, mimado desde su concepción, unos nueve meses antes, por tules maternales, telas sin rasgo, dedos ciegos oscilantes de movimientos internos. Su madre era practicanta de las más fieras, una bruja, una maestra, un gran ejemplo a seguir.

- ¡Enseñadme a la pequeña!
- Tiene todos los deditos
- Eso ya lo sé desde antes

Cuando logró quedarse embarazada, tras un acto matutino de succión expulsatoria, tras agotar al marido, tras conseguir un bombeo de trescientos potenciales (grados hidráulicos), llamó a la selva profunda en busca de comadrona.

- Tam tam. ¿Me oye?
- Tam tam. ¿Con quién quiere hablar?
- Quiero una comadrona. Avenida de Lepis, 32, Danang. Tam.

Al cabo de seis semanas llegó una jíbara analfabeta que caminaba de lado. Metió sin dificultad la cabeza en el tispicio y, una vez situada en las ventrales, comenzó a resoplar.

- ¿Qué hace usted, desdichada?
- ¡Bluf bluf!
- ¡Detenga ese resolleo!

Salió con el coco rojo, de líquidos oxigenada. Salió y se puso a aullar, de rodillas, invocando. Eran salmos fratricidas, invocaciones al magno, korikís para doncellas, grumos varios, flatos. Tranquilizó a la preñada con dichos actos sensatos. Volvió a meter la cabeza y se puso a succionar. La madre, la bruja, la tea, la expulsó en el acto. Su salvaje y jibarizada cabeza rebotó en el papel pintado, los pies en salto, los pololos de colores cauchutando franjas de aire. No lograba abrir los ojos.

- ¿Qué andaba usted haciendo?
- Comprobación rutinaria
- Como me vuelva a meter la cabeza por el coño, se la cerceno

Llegaron a un acuerdo formal. A lo largo del embarazo la extraña comadrona se limitaría a observar de día y a trabajar de noche. Entre el primer y el tercer sueño, cuando los ojos cerrados desbarrasen en conexión con la vértebra del atlas, se permitiría a la experta indígena la exploración con las manos, con las manos solamente, con objeto de palpar la posición del fetillo, comprobar su crecimiento y sus cambios sutiles. Si la futura madre alguna vez resintiera, en su mapa visceral, que el inmoderado celo de la jíbara enviciada la hubiera impulsado hasta la inspección ocular, la mataría al instante nada más despertarse. Hicieron un pacto.

- Vamos a dejarlo todo bien claro
- Por mí no hay ningún problema
- Si me mete usted la cabeza estando dormida, y como yo me entere...
- ¿Cómo se va a enterar?
- Por el mapa de mis vísceras, por la memoria celular. ¡Por mis ovarios!
- No suelo dejar huella
- Pues como yo me entere, la mato

Pasaron los meses, una situación llevó a otra y, durante el quinto mes de embarazo, pesando el feto 21 centímetros y 700 gramos, la jíbara loca, no pudiendo controlar sus tendencias, sus innatas pretensiones, volvió a meter la cabeza. Su jefa no dijo nada. Esperó a dormir despierta, noche tras noche, hasta que, una semana después, la campesina tostada, con incontrolada ansia, volvió a introducir su menudo cráneo en la salsa, con la lengua por delante y por última vez. Cayó el tronco sobre las sábanas, el cuello en chorrete rojo, y lo empujó la serrana de una patada fuera de la cama, por no despertar al marido. Luego se levantó, con la piernas un poco anchas, llegando hasta el balcón. Allí acuclillóse, llamó a los perros vagundos y disparó la cabeza segada con horrenda precisión. Por la mañana siguiente, en las aceras del patio, tan sólo quedaban las manchas de vómito del algún perrillo fino y asqueado. Acción perfecta. Feto controlado. Parto sin comadrona.

- Usted limítese a mirar
- Señora, yo soy el médico
- Y yo la madre. Y yo la saco. ¿O no?
- ¿Usted sola la va a sacar?
- Con suma facilidad

En Indochina la mayor parte de los partos son fáciles de pelotas. Los médicos andan cabreados. La niña ésta apareció en el exterior con tal fluidez que, de haber acudido a clases de historia del arte, cosa para la que no tenían tiempo material en aquella comunidad étnica, se habría podido comparar con el nacimiento de Venus pintado por Boticelli. ¡Allá va! El médico la cogió al vuelo.

- ¡La tengo, la tengo!
- Es que si no la coge le obligo a meter la cabeza
- ¿Para ver si hay mellizos?
- Para cortársela, por inútil
- Pero ya la he cogido, señora, la tengo, la tengo...
- A verla
- La tengo que limpiar antes
- ¡Qué tonterías está diciendo!

Es verdad, razón tiene, la niña está más limpia que antes de ser concebida. ¡Hagamos caso a las madres!

- ¡Enseñadme a la pequeña!
- Tiene todos los deditos
- Eso ya lo sé desde antes

Melena (3) - antecedentes


Las mujeres de Indochina ejercitan el perineo. Utilizan desde pequeñas pequeñas pelotas de ladgi, un deporte muy popular en la península. Se practica mediante la impulsión de unas pelotas de pinpón reducidas de tamaño por métodos bucales. Un jugador intenta que el otro jugador falle, a la vez que el otro jugador trata de hacer lo mismo. Los partidos están divididos en varias partes, cada una de las cuales dura un número determinado de minutos. Cuando el partido es importante los espectadores se ven obligados a pagar si desean pasar al otro lado de la valla, junto al terreno de juego oblongo. Los ganadores se llevan la fama y los perdedores el oprobio. Se juega en pantalón corto menos cuando les mira la reina de Indochina. En dichas raras ocasiones juegan en pelotas, pero esto tan sólo se debe a extrañas costumbres locales. Por lo demás es un deporte como otro cualquiera, hay instrumentos, botas, golpes, saltos, insultos y enfados monumentales. Muy bueno para la relajación muscular. Pero en esta historia tan sólo nos interesa el diámetro de la bolita.

- Trae las bolitas, Fen Yu
- ¿Vas a hacer prácticas?
- Claro, son las siete y media

Las siete y media de la mañana, claro. La hora perfecta para meterse pelotas por el coño hasta que el coño no aguante más.

- Pásame cinco
- ¿Sólo cinco?
- Para empezar

Si he dicho que se las meten por el coño es porque se las meten por coño. Esta mujer en particular, preciosa, se está endilgando cinco porque apenas ha iniciado la fase de precalentamiento. En un momento dado tiene cinco bolitas en la mano y en el momento siguiente, también dado, ya no las tiene en la mano. ¿Dónde las tendrá? Ni a pensarlo da tiempo porque chás chás chás chás chás, las dispara contra el suelo.

- Recógemelas, Fen Yu
- Pues no las tires tan lejos
- Perdona, es el descontrol de la arritmia nocturna

Las chinas hablan raro. Las indochinas, por extensión, también. Lo que quiso decir la practicanta es que la liberación articular es un proceso que necesita de un tiempo tras la primera vigilia. Ni más ni menos.

- Ahora pásame siete
- ¡Venga ya! ¡Nos vamos a tirar aquí todo el día!
- Bueno, vale, tráete las veinte

Pacientemente, la indochina conchabada le trae las veinte en el cazo de sus dos manos, formando pirámide. Se las presenta arrodillada, en semipostración, muy cerca del mismo olor, como amorosa ofrenda al altar invertido. Entonces la mujer, la deportista, a gran velocidad, usando sus manos como palillos y su coño como boca, se introduce febrilmente la comida plástica. Apenas tarda diez segundos en ponerse colorada.

- ¡Iiiiiiiieeeeeee!
- ¡Aguanta, mujer, aguanta!
- ¡Aaaaarrrrggghhh!

Aguanta otros diez segundos. Tiene la cara morada, la tripa hirviendo aceitillos y las tetas disparadas como globos en petardo.

- ¡Uuuuuaaaaaa!
- Aguanta, mujer, aguanta!
- ¡Bbrrrraaaaaaammmaaaa!

Pasó ya el medio minuto, unidad de medida en el sistema perianal. Se producen ruidos de rebotes, chisporroteos, pedos por la trasera. Parecen palabras de pito, pero aún no salen sólidos

- ¡Gonflis!
- ¡Vas a batir el record!
- ¡Puya, puya!

Tras cuarenta y dos segundos, sin llegar a los tres cuartos, vuelan lanzas de guerreros, bombas de esparto, cafés poco digeridos y, entremedio, mil y un pelotas en todos los sentidos. La habitación preparada, todo hay que decirlo, por varios metros de plástico cuadrado adquiridos en MegaCenter, huele a bostas de naranja, a curry, a gengibre y al cocido de ternera depositado en la nevera la noche anterior.

- Recoge todo deprisa antes de que Jan despierte
- ¡Extraordinario!
- Y limpiate la cara

Todas las mañanitas de los días pares, antes de que Jan despierte, se prepara su pareja de esta guisa acostumbrada. La ha ayudado la doncella. Pretende quedarse embarazada. Busca aprovechar la primera simiente del hombre dormido, la erección natural, la ruda fuerza de la noche en el vientre del marido. Quisiera chuparlo todo, recolectarlo con vicio, que todas las gotas rotas le llegaran al ombligo.

- Ahora sal al balcón y canta
- Hace frío
- Haz unos saludos al sol

Sola en la habitación, esperando al empujante de ojos enfebrecidos, nuestra joven indochina se arropa con gran mimo. Siente que hoy conseguirá su pequeño tesorito: una princesita blanca, de ojos chicos, a quien poder enseñar los secretos del ludibrio. Ya se imagina cardándole su exquisita melena.

El espejo

Vaya por delante que soy un tipo normal. Siempre me he considerado una persona corriente, del montón. Y lo acepto, estoy feliz con ello. Pertenezco muy orgullosamente a la mayoría silenciosa. Sí señor, no tengo ningún problema con mi normalidad.

Pero de un tiempo a esta parte estoy empezando a replanteármela. ¿Por qué? Supongamos un día cualquiera en que acompaño a mis hijos al colegio por la mañana. Me encuentro habitualmente con el padre de Susie (la amiguita de mi hijita), por decir alguien. Resulta que acaba de confesar a su mujer que es gay. Hace una semana o así. A la mujer le dio un patatús del que aún se está reponiendo en un sanatorio frente a las Rocosas. Dicen que se pasa el día mirando hacia un agujero específico que hay entre los peñascos. ¿Qué tendrá de especial ese agujero?

- ¿Qué miras, Susan?
- ¿Eh?
- ¿Qué estás mirando todo el día?
- Nada, el agujero
- ¿Qué agujero?
- Ése

La madre de Rosina la sucia, otro ejemplo, es lesbiana y ecologista. Lo de lesbiana ya se sabía, porque vivía con una gorda muy rara. Del marido nadie sabe nada, a lo mejor no tiene. Total, que se hizo ecologista estricta y se pasa el día con pancartas y recogiendo basuras y todo eso. Una locura. ¿Esto es normal?

Jordan es el amigo con el que mi hijo juega al fútbol. Bien, pues su tía, que es la que viene a recogerle no se sabe muy bien porqué -sí que se sabe pero no se comenta- es la fundadora del influyente movimiento departamental Salvemos al Pez Rojo, no se lo pierdan… Han conseguido una importante bajada de impuestos en el tema de la compraventa de acuarios.

- ¿Qué modelos tienen?
- Juwel, Hydor, Dupla…
- Me refiero a las ventajas
- Exención total en el caso de que la compra sobrepase una cantidad
- ¿Qué cantidad?
- Tendría que adquirir, por ejemplo, un Biomaa con filtros Tunze

El otro amigo de mi hijo se llama Jordan también. Loco Jordan le dicen. Bueno, en realidad sólo le llaman Loco. Este personaje por sí solo ya es lo más extraño que te has echado a la cara. Vive en un árbol. Le gusta la música de Los Pecos (les recuerdo que estamos a punto de entrar en plenos años diez después del milenio, d.m.). Cocina paellas gigantes. No lleva calzoncillos. Le gusta estudiar. Adora obedecer.

- ¡Loco, deja de joder el césped!
- ¡Le estoy haciendo un favor, señor!
- ¿Cómo? ¿Llenándomelo de mierda?
- Se le llama abono, señor
- ¿Y por qué no llevas calzoncillos?
- ¿Eh? ¡Ah, perdón, que se me caen los pantalones!

¿Esto es normal? ¿Esto es un chico normal? ¿Y el gay? ¿Y la lesbiana ecologista? ¿Y la tía? Por no hablar de los otros, claro, porque creo que no he encontrado todavía a alguien normal (o lo que yo creía que era normal).

¿Podría ser el jardinero del colegio un tipo normal? Aparentemente, sí, pero luego te enteras de que los fines de semana se finge minusválido y se va de marcha con una silla de ruedas a esos sitios extraños donde van los minúsválidos, que debe de ser la repanocha. Mira si es raro el tema… Porque por abajo poco podrán hacer…

Hay gustos para todo, pero me temo que a la gente normal nos quedan ya pocas cosas donde elegir. ¿La tele? ¿Las cartas? Quiero decir que no debe de existir eso de la gente normal. Porque ahora mismo me estoy acordando de los tipos de la oficina… Y no te digo nada de la gente del portal y del patio… Por no hablar de la familia… Perdonen, que mi mujer me está hablando.

- ¿De qué estás escribiendo?
- De la gente rara que nos rodea
- ¡Ah! ¿Has hablado de tu madre?
- Sí, claro
- ¿Y de tus hermanas?
- También
- ¡Pues aplícate el cuento!

Fíjense qué obsesión tiene mi mujer con mi familia. Como si en la suya no hubiera ejemplares muy especiales… Pero mejor me callo.

Volviendo al tema… Si toda la gente es rara, el raro soy yo, que soy el único normal. O sea que en realidad no soy normal. Porque lo normal es ser raro. Y… ¿qué hago yo de raro? Nada. Me cepillo los dientes como todo el mundo. Por ejemplo.

1º) Abro el grifo del agua caliente
2º) Echo la pasta en el cepillo eléctrico
3º) Me cepillo los dientes
4º) Mientras tanto voy tocando el agua por ver si se está calentando
5º) Cuando el agua sale caliente, lleno el irrigador bucal
6º) Me sigo cepillando
7º) Al detenerse automáticamente el cepillo, paso a la siguiente fase
8º) Irrigación gustosa hasta finalización del depósito
9º) Trago de colutorio. Gárgaras
10º) Mirarse al espejo

Esto último es lo más satisfactorio. ¿No lo hace todo el mundo?

Y si después toca ir a la cama, me lavo la cara, me doy crema, meo y me lavo las manos. Más normal, imposible.

Encuentros en fase

- Oye, ¿te apetece echar un polvo?
- ¿Qué dices?
- Si te apetece echar un polvo conmigo
- ¿Contigo? ¡Si yo no soy maricón!
- ¡Hala, qué bestia!
- Será políticamente incorrecto, pero es la puta verdad
- Eres un bestia
- Que te den por culo
- Vaya, qué majo. Pues no pienso hacer el chiste fácil
- Tú mismo
- Tú misma, dirás
- Vete a la mierda
- No, que digo que soy yo misma
- Una maricona
- No, idiota, que soy una mujer
- ¿Qué dices?
- Que soy tía, gilipollas
- ¿Tía tú?
- Claro, que te he engañado
- No me jodas
- Siempre he sido tía
- Yo te conozco desde hace poco, pero…
- ¿De cuándo me conoces?
- De cuando viniste a la academia de baile
- Sí, pero hasta hoy no habíamos bailado juntos
- Porque no nos había tocado
- No estaría yo tan segura… ¿Y no has notado nada raro?
- Pues ahora que lo dices…
- ¡A que sí!
- ¿Eres tía de verdad?
- ¿Habías bailado antes tan arrimado con un tío?
- Ahora que lo dices…
- ¿No te ha gustado?
- No ha estado mal…
- Lo que pasa es que me visto de chico para salir a bailar
- ¡Qué cabrona! ¿Es verdad?
- ¿Quieres verlo?
- Claro. No tendrás muchas tetas…
- Compruébalo tú mismo
- ¡Joder! ¿Qué te has puesto?
- Una faja alta de raso
- Buah, tía, vaya tetas…
- ¿Y lo demás? ¿Lo demás qué te parece?
- ¡Vaya tía de cojones!
- ¿Te parece bien o mal?

Coño

Se parecía a Mia Farrow. Quizás era un poco más delgada.

Me conocía de otros encuentros.

En la habitación había un gato, pero no se le veía. Había poca luz.

Ella estaba casi desnuda. Yo no sé cómo estaba.

Se respiraba sexo.

Yo no estaba muy excitado. Me concentraba. Recordaba otros encuentros, otras luchas, otros placeres prohibidísimos. Intentaba recordar, pero no lo conseguía.

Se me acercaba.

¿Cómo hay que hacer? ¡Necesito excitación! Oh, sí, ya llega, ya llega un poquito, oh, sí. Me está tocando. Ya recordaba yo que era muy cerda. Practicaba muchas posturas. Era ruidosa, muy ruidosa. Y blanca, muy blanca.

Me lanzo a su cuello. Me abraza. La dejo hacer. Le dejo hacer. Me deja hacer. La coloco. Atención a la postura. Ella está a cuatro patas. Yo también. Me introduzco por debajo de su hombro izquierdo. No sé muy bien lo que quiero hacer.

Morderle las tetas.

No creo. No tiene casi tetas. De hecho… no se ve muy bien, pero no tiene casi tetas. Acabamos de darnos un muerdo tremendo, creí que me succionaba el cerebro. Vaya elemento. Me da un poco de miedo. Encima está sucia. Además no sé por qué no se ha quitado aún las bragas. Pero… ¿Qué tiene ahí? ¡No son bragas! ¡Qué horror!

¡Le cuelga una medusa de entre las tripas abiertas!

¡Yo no recordaba esto así!

Me da mucho miedo. Se le han abierto las carnes y han caído cosas horribles, como extensiones de sus tripas… y cables… y lenguas.

¿Tengo yo que chupar eso? ¿Lo he hecho otras veces? ¡Qué horror!

¡Estoy haciendo el amor con un monstruo! Esto no puede ser normal.

¿Estaré soñando? Ojalá. Había un truco para averiguarlo…

Pellizcarse. No hay problema, me pellizco bien fuerte. ¡Ay! Mala solución, porque el monstruo, observando lo que hago y creyendo darme gusto, se lanza a pellizcarme salvajemente.

Hace un daño horrible.

No lo puedo soportar. O despierto (cosa imposible), o me muero.

Voyeur

La señora de rosa parecía poca cosa. El caballero de azul… peché peché. En el muelle de carga y descarga de Transportes Ochoa no había nadie. Los dos participantes se encontraban dentro de un Opel Corsa rojo estacionado con las luces apagadas en el extremo más alejado de la gran superficie de aparcamiento, cerca de la plataforma de pesaje de camiones. Eran las once de la noche. No había guarda. Las cámaras de seguridad llevaban estropeadas varias semanas. Un buen sitio para quedar.

- ¿Qué me vas a hacer hoy, Charlie?
- Hoy he invitado a unos amigos

Poco a poco van surgiendo de entre la oscuridad un señor… dos señores… tres o cuatro señores más. Se dirigen caminando hacia el Opel Corsa. De repente se enciende la luz interior del vehículo. Los señores son más bien jóvenes, aunque puede que también haya algún madurito. Al ver la luz encendida todos se detienen, como advertidos de que la pareja aún no se encuentra preparada. ¡Un momento, por favor! Al cabo de un rato la luz vuelve a apagarse. Los hombres se acercan de nuevo.

- Me está saliendo un enorme bulto…
- ¡Chssssttt!
- en la bragueta…
- ¡Más bajo!

La señora de rosa va perfectamente vestida para la ocasión: top y minifalda. El caballero de azul le quita el top y la invita a agacharse. Los hombres rodean el coche y miran, miran, miran… mientras agitan sus manos armónicamente, cual sección de violines en orquesta de monos. La cabeza de ella sube y baja, sube y baja con precisión. De lejos parecía que era rubia pero de cerca se aprecia claramente que son canas. ¡Son canas! ¡Y el pelo corto de Charlie resulta ser una calva! En realidad se trata de dos viejos haciéndoselo en el coche delante de espectadores. La antipornografía. La realidad. Y gratis.

- ¿Puedo entrar?

Una de los mirones se ha atrevido a alargar una mano, a levantar la falda rosa hasta la cintura, a apartar la cinta del tanga... La orquesta de monos acelera su ritmo, pasando del moderato al allegro gentile. Charlie grita “¡sí!” y le da un cachete en el culo a Rose mientras ella prosigue con la cabeza hundida en su regazo dale que dale, arriba y abajo, arriba y abajo… El hombre que actúa a través de la ventana abierta le mete dos dedos en el primer agujero y la puntita de otro en el segundo. Enseguida cambia la puntita por el dedo gordo y hace pinza. Mientras la parte trasera de Rose imita a una batidora, su cabeza se abate cual martillo pilón sobre los bajos de Charlie. A dos ritmos distintos, por cierto. Esta vieja es un prodigio de la naturaleza. Alguien me eyacula en la mano.

- Vamos a hacer la postura del doble K, cariño
- Mejor en el asiento de atrás
- Claro
- Tú primera

Se lo montan en el asiento de atrás, se lo montan en el medio, con la palanca de cambios, delante, de costado, tumbados, con la puerta abierta, el doble K Gigante sobre el techo… todas las variedades clásicas. Ahora mismo le están dando caña encima del capó. La gente está superexcitadísima. El grand finale acaba en desmadre de chisporroteos, sollozos contenidos y condones por el suelo. Alguno de los ejecutantes se concede más de un bis. ¡Hay quien consigue polvo, pajas y felación en una misma sesión!

Se trata de una reunión semanal del Club de Voyeurs Activos, por supuesto. Está perseguido por la ley. Se contacta mediante páginas web secretas. Citas por emails. Comunicados mediante sms. A veces se habla por teléfono… Pero en las sesiones es mejor no hablar. Hay que concentrarse en el sexo, que es a lo que hemos venido (dicen ellos).

- ¿Nos vamos?
- ¿A cuántos te has tirado hoy?
- Sólo a uno
- Eres la monda. ¿Y cuántas veces te has corrido?
- ¡Huy, ni las he contado!
- Vaya noche más buena
- Y que lo digas

El coche se va. Los señores jóvenes y no tan jóvenes, participantes y ejecutantes, también desaparecen, felices, cada uno con su deseo satisfecho. ¡Otra noche a lo mejor mojo…! ¡Qué pasada…! ¡Me he quedado muy a gusto, a gustísimo! Ustedes también deberían probar, queridos lectores.

- ¡Oh!
- ¡Ah!
- ¡Uh!
- (más gemidos)

Apúntense en la página web oficial del Club de Voyeurs Activos de su Comunidad. Cuantos más seamos, mejores y mayores oportunidades tendremos. ¡No nos mueve otro interés que el sexo! Dirección… bla, bla, bla. Email: taca taca taca. Móvil: chiki chiki chiki. ¡Les esperamos!

(para próximas citas no olvidar los condones y la crema)