Ya lo sé

Deja que te mire, Peter. ¡Si estás hecho un chaval! ¿Hace cuánto que no nos veíamos? No, no me lo digas. Fue en el noventa. En el verano del noventa. ¿Te acuerdas? Buf, ahora también hace calor, ¿verdad? ¿Qué tal estás? ¡Se te ve divino de la muerte! Te juro que me encanta verte tan estupendo. ¡Ya es casualidad!

¿Te acuerdas de cuándo íbamos juntos a la playa? ¿Te acuerdas de Molly? Yo recuerdo especialmente el día en que saqué la plancha de mi hijo. La tabla, eso, la tabla. La tabla de surf. ¿Te acuerdas que me dio por hacer surf? Precisamente aquel día. ¿Te acuerdas? ¡No te vas a acordar! Eres un cachondo.

Tú te quedaste en casa. Con Molly. Os encontré en la cama. No te rías. Te hubiera matado. No, déjame hablar. Tú sabes lo que yo sentía por Molly. Lo pasado, pasado, tienes razón. Pero déjame hablar. No estoy enfadado. ¿A ti te parece que estoy enfadado? ¡Qué voy a estar! Pero tienes que darte cuenta de que… Ya lo sé. Déjame hablar. Ya lo sé.

- ¿Peter, qué haces? ¡Molly!
- No es lo que parece
- Pero… Peter, ¿qué haces con Molly… en mi cama… desnudos?
- No es lo que parece
- ¡Pero cómo que no es lo que parece! ¿Tú te crees que soy tonto?
- ¡De verdad que no es lo que parece!

Patético. Permíteme que te lo diga. Patético. ¿Qué querías que hiciera? ¿Llamar a la policía? ¿Para qué? ¿Qué les digo? ¿Qué tendría que haber hecho? ¿Contarle a todo el mundo que mi mejor amigo se estaba follando a mi mujer? No, hombre, no. Eso no te lo crees ni tú. Y eso que sabes que te he perdonado. Ya lo sé. Pero deja que hable, por favor.

- ¡Me gustaría morirme ahora mismo!
- No te pases, que tampoco es lo que parece
- ¡No vuelvas a repetirlo! ¿Y tú no dices nada, cacho guarra?
- Es que… Tenía calor
- Y Peter te iba a refrigerar, claro. ¿Así lo llamáis?
- Un poco, con el abanico…

¿Te acuerdas de cuando dijo lo del abanico? Yo casi me caigo de espaldas. ¡La ibas a refrigerar con el abanico! Imaginación no le faltaba a la tía. ¿Sabes dónde está ahora? Ah, que hace mucho que no la has visto. Ya lo entiendo. ¿Seguro? ¿Seguro que nunca te visita? En fin, ella sabrá… Pues nada, que no somos nadie.

- ¡Os voy a matar a los dos, hostias!
- ¡Contrólate, que no es lo que parece!
- ¡Os mato ahora mismo! ¿Dónde está la pistola?
- ¡Corre, cariño, que éste se ha vuelto loco!
- ¿Dónde está la pistola?
- ¡Salta por la ventana!
- ¡Ya la he encontrado!

Dales saludos a todos. Diles que estoy bien. Adiós. Ya lo sé. Que sí, que ya te estoy oyendo. Que soy un cabrón, ya lo sé. ¿Por no traer flores? Ja ja. No me ha dado tiempo. Pero si te apetecen, voy a por ellas, ja, ja. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Veinte años? ¿Veinte años y un día? Ha merecido la pena. La coja y el muerto. Ahí os jodan a los dos. Ahora me toca a mí. ¿De verdad que no quieres flores?

Limusina

Me encontraba tan exhausto, tan cansado del trajín de la vida, que decidí darme un reposo dedicándome a una actividad relajante. Así soy yo, siempre tengo que estar haciendo algo. Pensé en alquilar una limusina y pegarme unos garbeos profundamente dormido. Seguro que tienen champán. Busqué en las páginas amarillas (Yellow Google Fellows) y llamé a la primera de la lista: Limusinas Arkaitz.

- Limusinas Arkaitz. Dígame.
- ¿Alquilan limusinas amarillas?
- En este momento tan sólo disponemos del color beis plateado
- No importa. ¿Cuánto vale?

Era tan caro que esta historia debería acabar aquí. Pero queda demasiado corta. Habrá que seguir con algo.

En estos momentos conduzco una limusina. Soy el chófer contratado. Es un trabajo que sólo se complica cuando hay curvas cerradas. Como todo.

- No nos lleve por Ascao
- ¿Por Ascao, no?
- No
- Entonces iremos por la Gran vía, ida y vuelta

Esta historia no tiene ninguna gracia. Tendría que cortar. Pero es que está entrando gente. Perdonen un momento.

Se han metido de golpe un presentador de televisión, dos putas y tres maricones. En total, cuatro maricones y dos putas.

- ¡Vamos a rodar un spot de televisión!
- ¡Vamos a tomar unos pintxos!
- ¡Vamos a joder la marrana!
- ¡Ja, ja, ja!

Ahora la cosa sí que se pone interesante. Metemos un poco de sexo y… ¿Qué coño sexo voy a meter, si sólo hay putas y maricones?

No sé lo que estarán pensando ustedes de mí, con este lenguaje tan homófobo. Pero no equivoquen al escritor con el personaje. Ya me entienden. Nabokov no era pedófilo. A pesar de Lolita. O eso decía él. Yo no soy maricón.

- A ver, maricón, dime, déjate de chorradas, ¿qué te dijo?
- Que a ver si se venía cuando se lo dijera
- ¡Queréis callaros!
- Calla tú, maricón

Las chicas también montaban bulla.

- ¡Champán!
- ¡Oh, la, la!
- ¡Ábrelo!
- ¡Plop!

Soy presentador de televisión. Estoy en una limusina con dos putas y tres maricones. Rodamos un anuncio del Consorcio de Bodas Luyando, todo un emporio en esta maldita ciudad. Me aburro. Menos mal que tengo el micrófono.

¿Lo dirá en doble sentido? Habrá que seguir leyendo. Esto cada vez se pone más interesante. Toca diálogo.

- ¿Usted qué nos recomienda?
- Primero ir de pintxos
- ¿Y luego?
- Luego habrá que tomar unas copas antes de comer

Soy una limusina amarilla a la que han pintado de marrón grisáceo. No me ha gustado nada el cambio. Encima llevo un día muy ajetreado. Se me ha sentado delante un gordo con una cámara. Y detrás ya me están manchando.

El ser de una limusina es masculino, como ustedes comprenderán. Porque yo… de maricón… nada. La limusina es el Conde Lequio de los coches. Pero no tengo voz, ya que soy una cosa. Aunque masculina también, por supuesto. Como el blanco. Sin atributos humanos. Las cosas no pensamos. Y por eso decimos tonterías. Tocamos muslo. Absorbemos humores y erupciones. Expulsamos gases. Corremos despacio. Las limusinas.

- ¿Qué os parece, chicas?
- ¡Plop!
- ¡Vamos allá!

Todo el día de aquí para allá cansa a cualquiera.

- ¡Plop!

Vidas de padres e hijos

Rita se fue de casa porque su marido John no había sido capaz de darle un hijo. Se los había quedado todos para él.

Se marchó la tal Rita donde su vecino Charlie, un hombre olvidado que estaba triste porque la despistada de Johana, única hija de John, no lograba encontrar el rastrillador de hojas. La verdad es que la culpa la tuvo Chusmi.

Chusmi era un emigrante bolivariano que acabó encontrando trabajo como soplón en la CIA.

El día en que fue a echar los sellos de una carta secreta le capturaron los de la banda del hermano de Johana, un tipo duro que aún vivía con su padre. Obligaron a colindar el garaje mediante un acto brutalmente posesivo. Lo necesitaban para sus prácticas, pero nosotros también. Llegamos a un arreglo mediante el juicio del craddle (lo explico enseguida) y la adopción de severas medidas de control sobre posteriores ventas. Aún no hemos dicho que el trabajo de John era el de cartero. Y que previamente había adoptado a Chusmi como hijo natural.

Se presentaron mezclados en casa cuando el tarasca menos lo esperaba. Se encontraba en medio de una buena mañana, preparando su peculiar desayuno zurdo al hermano de Johana mientras con la otra mano intentaba practicar sucias cuitas. Al mendas no le importó. Se dedicó a cortocircuitar los esfuerzos de todos por conseguir una buena convivencia. Ya en el barrio habían pasado demasiadas cosas. Entre otras la desaparición de sacas y el intercambio de parejas sin previa aquiescencia.

Todo esto tiene sentido a la luz de los hechos posteriores. No desfallezcan. Ya me hago cargo de que parece mentira que Chusmi fuera hijo natural del caucásico John, pero esto es un hecho y hay que aceptarlo como tal.

O sea que tenemos, por lo menos, dos hermanos sin madre y un proceso en marcha. Y no se llamen a engaño, que la famosa madre Rita, la del fácil parto, se marchó porque le dio la gana. Eso por descontado. Pienso yo que una partida de craddle nunca es excusa para decir que el padre nos tenía secuestrados y largarse con viento fresco

¡Me cago en mi puta madre!

El taxista dejó en casa de Rita al protagonista principal de nuestro relato, al famoso personaje que puso la casta para que se diera todo esto. Surgió como de la nada junto con otro amigo pistolero a quien no tardamos en olvidar. En cierta medida desapareció. No era Charlie. Ahora no recuerdo el nombre del sujeto (no era Jorge), pero ya me irá viniendo. O sea que, de momento, seguimos. Resumiendo, que por medio de un secuestro hemos asistido a dos sesiones de esfuerzos incontrolados y a un arreglo a medias. Pero todavía no han parado de pasar cosas.

En casa de Rita se jugaba la timba, claro. Los negros tocaban el bombón y toda la pesca. Se formó un relente prodigioso. Tumba catumba.

Apareció nuestro protagonista, de quien estoy completamente seguro de que no se llamaba Jorge, y comenzó el fleque por las apuestas del craddle. Todo tenía que estar preparado. Los protagonistas, convenientemente ovillados en su apasionante rol de padres e hijos. La mujer, despechada, rota y casi huída. Los extras, escondidos de miedo detrás de las luces. ¡Empieza la partida!

¡Gong! Las pelotas de buen rodar, por el césped. Puntuación a voleo. Apuntes a boli. Cervezas muchas. Golpes. Se van haciendo una idea. Algunos preparaban sobre y otros chupaban. ¡Gong!

Traición de repente.

Como el retumbar del ruido de una pistola en un bar captamos pura la traición implícita en el pecho del renegado. Nos faltaba por embocar una pelota y perdió su palo el tío con alevosa chulería. Eso hizo. El mismo que no se llamaba Jorge.

¡Traición, gritamos todos! ¡Traición! No había más remedio.

El más bruto de los tres (a quien antes, por economizar medios, no habíamos mencionado) fue quien perdió el rastrillo, lo que motivó que Johana no pudiera encontrarlo y llevárselo a su padre, quien se lo pedía con avidez porque el hombre que no se llamaba Jorge, nuestro protagonista, exigía jugar con su propio palo y entonces, cuando estaba a punto de montarse la badana, ya con el borde del alimón descontrolado, no extrañó tanto que la madre de Chusmi, de conocidas querencias roqueras, se fugara de casa. Así fue como empezó el jaleo.

Yo soy su hijo. El segundo. Mi nombre es Lupo.

Mi hermano tercero, el hoolligan, se llama como el padre, por cierto, John. Es que el parto les cogió por sorpresa y no se les ocurrió nada mejor.

Y no pasó nada más. Alguna baja juvenil, alguna carta sin sello, algún disparo en la noche, algún vinito rico, calzoncillos de seda, bragas de esparto… Bien, bien. Casi nadie lloró.

Después del incidente todos nos hemos reconciliado y nos vemos con cierta frecuencia.

Apuntar: mañana tengo que coger las botas del balcón. Para ir al monte.

Incluso con madre las cosas van bien, gracias. A veces nos regala pasteles. Cuando le van bien las cosas a ella, por supuesto. Trabaja de puta, ya lo he sugerido antes, no se hagan los puretas. Ahora mismo está con el hombre aquél, el tonto del haba de antes, el protagonista, ése que no se llamaba Jorge… pero que ya me acuerdo yo ahora como se llamaba… ¿Luis? No, tampoco.

Apuntar: dejar las botas en el balcón toda la noche. Huelen mucho.

¿Seguro que no se llamaba Jorge?

Homeless padre

Tenía un trabajo y lo perdí. Tenía una mujer y se marchó. Tenía unos hijos y a saber dónde estarán ahora. Aquí arriba pone “calle Coscojales”. Ni la calle donde duermo tiene dignidad.

¿La ciudad en la que estoy? Ni lo sé. ¿Bilbao? Qué raro suena. Me he debido de equivocar porque hace frío y no hay gatos. ¡Mierda! Algún subnormal me está dando patadas. ¡Vete, mierda!

Ya se ha ido. Menos mal.

He estudiado Ciencias Puras en la universidad privada Plus Ultra. No saqué la oposición. Me coloqué de suplente en un bedelato. Me echaron porque fumaba. ¿Quién no fuma? Yo.

No tengo ni para tabaco. Este sitio no está mal. Container de obra. Plástico protector de andamios. En francés “andamio” se dice “échafaudage”. Qué bonito. Se piensan que no sé francés. Se piensan que necesito cartones para dormir. Tengo un saco, señores, y una esterilla de montaña, ¡qué se piensan! Nada. No piensan nada. La gente es idiota. Ese mismo señor que pasa por ahí, es idiota. En fin. Voy a dormir.

Nunca recuerdo mi vida anterior. ¿Para qué? ¿Para echar más leña al fuego? ¿Pensar? No merece la pena. Sólo tengo una idea, pero es cabrona. No tengo nada. La idea es ésa, que no tengo nada. Es cabrona, ya digo.

No tengo nada que ver con esos vagabundos borrachos que duermen por las calles. Algunos son drogadictos.

Yo también soy drogadicto. Y borracho.

En cierta medida.

Sin embargo ahora estoy sobrio.

En fin, qué importa. Espero que no llueva esta noche. Porque el plástico doble protector que tenía me lo quitó un hijo puta venezolano. Era un plástico holandés, de lo mejor que había. Aguantaba carros y carretas. Igualito que yo.

Aunque cada vez aguanto menos. Ayer mismo una señora me quiso dar una moneda. La dije, digo:

- Gracias señora

Y miré la moneda. ¡Era de veinte céntimos! La tiré al suelo.

- ¡Qué le pasa, caballero!

Me increpó la señora.

- Señora, sepa que yo tengo mi dignidad. Soy padre de dos muchachos. Marido ejemplar. Si estoy así es por las circunstancias de la vida. Pero que sepa que nunca me ha faltado un trabajo. Ni un lugar a dónde ir. Sepa que cuido de los comercios donde aceptan mis servicios. Ahora estoy así por una mala racha, pero tengo de sobra para vivir. Si me ve usted en este estado es porque hoy me apetece dormir al raso. ¿Qué se piensa usted, señora?

No me respondió nada. Seguro que se meó. O que lloró amargamente al llegar a su casa. Me quedé con los veinte céntimos, claro. Faltaría más.

Mi objetivo en esta vida es conseguir dormir en una pensión. Casi nada. Me gusta tener objetivos claros. El éxtasis. Calor, terracita, baño… Cada tantos días lo consigo. Cada tres o cuatro días… Mientras tanto duermo en los albergues. Pero tampoco es que me apetezca mucho. Hay horarios. ¿Qué sentido tiene someterse a un horario? Ya he pasado esa época infantil. ¿La libertad va ligada a la pobreza, vía irresponsabilidad? No lo sé, pero yo soy muy responsable porque siempre me ando preguntando esto mismo. Me hubiera gustado ser rico, más que nada para poder probarlo todo sin pasar estrecheces.

- Señorita Madelén
- ¿Sí, señor?
- Chúpeme la polla

Si llueve habrá que joderse. En Modas Marisa está más protegido, pero dejan las luces encendidas de noche. Así no hay quien duerma. En el Bongo Flipper cierran las verjas. Los de la obra han soltado al perro. A ver cuándo dejan de pasar los autobuses. Mañana abren un sitio donde dan sopa. Voy a ir. Los vecinos del sitio protestan porque dicen que el suyo no es un buen sitio, es decir, que a ellos no les gusta que vayamos para allá los mierdas que dormimos en la calle. Somos feos. O así. Yo ya lo entiendo, que no se piensen.

Pero que no se equivoquen conmigo. Puedo ser feo, pero limpio. Limpio como el que más. Cada dos o tres días. ¡Qué digo! Casi cada día me ducho. Lavo la ropa una vez por semana. Tengo cinco mudas.

- Entonces… ya sé, tú eres el de la mochila grande
- Sí. ¿Me conoces?
- No, que te he visto pasar

No se equivoquen conmigo. Estoy así por una serie de casualidades. De las que pasan todos los días, no se piensen, de las que nunca son definitivas, qué tontería, bah, pero llegando una detrás de otra, una detrás de otra… y después otra… y ni respirar te dejan. De repente, en la calle. Claro que puede suceder. Por supuesto. A cualquiera, además. La gente es que es gilipollas. ¿Conclusión? Hay que vivir al día.

No me va tan mal. En cuanto gano un poco de dinero protegiendo los comercios de la zona, me pago la pensión y me tranco una botella de vino del bueno, del de diez euros, pillo un rollo del chino y me fumo un peta. Eso y una barra de pan. La felicidad. Si no hiciera tanto frío en esta puta ciudad

Hoy me apetece dormir al raso.

Sí, ¿qué pasa?


Descoordinación equis

- Estoy ansioso
- Tú, siempre
- Es porque no lo hacemos
- No lo hacemos porque siempre estás ansioso
- Eso no es verdad… del todo
- Y así no me apetece nada
- Pues vaya falta de coordinación tenemos
- Ya ves
- ¿Y a ti no te importa?
- ¡Oye, deja ya de preguntar!
- Pues vaya lío… ahora tengo que intentar no ser ansioso
- Tú verás lo que quieres…
- Qué stress
- ¿Qué vas a desayunar?
- No tengo ganas
- Chico, creía que eras una fiera
- Tú sabrás
- ¿Me estás intentando ligar?
- ¿Lo dices en serio?
- Tú verás
- ¡Que me lanzo, eh!
- ¿Ves como estás ansioso?
- ¡Tú dirás!
- Anda, saca el zumo
- ¿Qué dices? ¿Quién es ahora el ansioso?
- El zumo de naranja
- Directamente a tu boca, amol
- Y deja de hacer el tonto
- ¿O te doy el vaso lleno en la mano?
- Muy gracioso
- ¿Me coges tú las naranjas?
- ¿No llegas solo?
- ¿O te las cojo yo?
- Anda, cállate
- ¿Quieres mermelada para el pan tostado?
- Saca la mermelada, sí. De la nevera tendrá que ser
- ¿Le doy vueltas al ColaCao con la cuchara?
- Haz lo que quieras, pesado

- ¿Qué has dicho?
- Lo que has oído
- ¿Lo que yo quiera?
- Tú sabrás lo que quieres
- Pues ahora no sé si me atrevo
- Tú sabrás
- Es que no sé si me apetece
- ¿De verdad?
- ¿Quedan galletas integrales?

- Mira, ahora a mí sí que me gustas. Churri churri…

- Déjame, graciosa
- ¿Ahora no quieres tú?
- No
- Pues antes bien que querías
- Ya te he dicho que esto es una descoordinación
- Tú sabrás lo que haces
- ¿A ti ya se te ha pasado o qué?
- No sé. ¿Estás ansioso?
- Sí, pero por otra cosa
- ¿Por qué?
- No me apetece decírtelo
- Pues tampoco vale
- No importa. Saca las servilletas
- No creo, me apetece sentarme, estoy cansada
- Bueno, ya las saco yo, michurri
- Bien
- Tú quédate sentadita y no hagas nada
- Estupendo. Tres cucharaditas de azúcar
- ¿Cuánta azuquítar quiere mi muñequita?
- Así está mejor. Tres
- Sostenme la taza, que te sirvo, bonita mía
- Echa más. Tres
- Cucuruchito
- Ya noto mejor ambiente
- ¿De verdad?
- Pero con cuidadito, ¿eh?

- ¿Ves? Si dices eso me pones ansioso
- A pesar de ciertos nubarrones…
- Esto no va a salir bien
- ¿El qué?
- El desayuno
- Cada uno que coma lo que quiera
- Vale, pero que coma algo, bonita mía
- Según el hambre que tengas
- ¿Tan soso te parezco?
- Soso no, ansioso
- Ya empezamos
- Ansioso no me gustas
- ¡No lo repitas más, por favor!
- ¿Ves como estás ansioso? Te digo una cosa normal y…
- ¿Qué?
- Mira cómo me respondes…
- Es que sacas de quicio a cualquiera
- Haya paz

- Para ti es fácil decirlo
- Come y calla

Pirata

Sir Jason Pollock, comandante pirata, hizo una llamada por el móvil.

- ¿Estarás en casa a las siete, amor mío?
- ¿Perdón?
- Uuuuuyyy. Prrfftt
- ¿Con quién hablo?
- Fsgk
- ¿Eres tú, Jason?
- Hgfdhgfd
- ¿Qué es lo que te pasa?

Alistair Mac Lean, transportista de cementos, escuchaba por la radio pirata que Belén Esteban se iba a operar de la nariz y de las bolsas de los ojos. Le pareció buena noticia. Después contaron que, en el partido del Athletic en Austria, unos ultraderechistas habían invadido el campo. Qué cosa más extraña y más típica a la vez, pensó. Mucho más extraño todavía era que el Athletic hubiera ganado 0-3 al Austria de Viena, con gol de San José.

- ¿Qué me dices del gol que has marcado?
- Eeeeehhhh. Bien, oyes, contento y tal
- ¿Te ha parecido importante para el equipo? Porque, en ese momento, ganabais sólo uno cero, y ya se sabe que en cualquier instante… en un descuido… ¿Estás satisfecho con tu debut? ¿Piensas que el entrenador contará más contigo? ¿Has recibido ofertas de otros equipos?
- Eeeeeeehhh. El equipo ha estado bien, oyes
- Pero… ¿estás contento personalmente con tu actuación? Se te veía tranquilo en el campo.
- ¿Tranquilo? Hombre… es que… no sé, oyes, tampoco es que…
- Claro, claro. Enhorabuena por el gol, ¿eh?
- Pues nada… que… gracias… oyes, ya sabes…
- Claro, claro. Me alegro mucho. Venga… San José tiene prisa. Nos despedimos.
- Vale, oyes

Goretti Ministrel introdujo la boca en el jamón pirata antes que el jamón en la boca. Portaba un cuchillo de medio acero de largo. Capaz de ir a por todas, condujo su Corvette hasta los aparcamientos de la playa y allí le prendió fuego a una marisma para hacerse una barbacoa. Fiesta, gente, noche. Jaia.

- ¿Está libre?
- ¿Tú de dónde eres?
- ¿Puedo sentarme aquí?
- Claro, tío, la playa es de todos
- Me gusta sentirme libre




- ¿A ti quién te ha invitado?
- El de la zamarra roja
- ¿Quién de ellos?
- El que se la ha quitado

Don Diego del Norte nunca se apercibió de que su querida sobrina pirata era en realidad la meretriz favorita del local del vicio. Ajeno a tal manejo, cuando se dio cuenta, murió. Su viuda, una señora de porte altivo aunque gorda, nunca pudo descubrir lo que hacía su marido con las acciones. Acudió durante toda su vida a los sermones de don Álvaro José, padre jesuíta, sin entender nada de lo que decía. De lo guapo que era. Con toda la pinta de no haber pisado nunca un ultramarinos, el muy tirillas.

- ¿Has envenenado correctamente la copa del misal?
- Esta vez no se nos escapa vivo
- ¿Y si tarda en morirse?
- Cierto, es muy fuerte el cabrón
- Le damos con la patena
- Vale, pero con la patena le das tú. Yo le doy con el copón
- Esta vez no se nos escapa
- ¡San Ignacio nos asista!
- ¡San Ignacio le habría dado con la espada!
- Cierto. Era soldado
- Capitán de soldados




- ¿Qué somos nosotros?
- Capitanes de soldados
- ¡Jesuitas!
- ¿Y qué hacemos ahora?
- Nos escondemos hasta que empiece la misa

Fabrice Martin Dubergé mató a su perro dogo al poco de embarcar en aquel barco pirata.

- ¿Por qué no lo mató en el puerto?
- Doné la pen. Le daba pena

El capitán del mismo barco pirata, que en puridad ostentaba titulación de comandante, y que tenía a su cargo otros tres barcos (de tres cuartos de vela) con bastantes hombres por banda, se vio en la tesitura de formular alguna respuesta coherente, porque su mujer estaba a punto de llamar a la policía.

- ¿Con quién te creías que estabas hablando?
- Contigo, Dolores
- ¿Y por qué me llamabas amor mío?
- Porque te quiero
- ¿Qué has bebido?
- Casi nada. Bueno, alguna cervecita…
- ¿Y por qué me dices cosas tan raras?
- Es que tengo el día
- Tengo el día, tengo el día…

Charquito

Me meto de noche en las casas y escucho conversaciones.

- ¿Lo has oído?
- ¿Qué?
- Lo de “Me meto de noche en las casas y escucho conversaciones”
- No

Cuando quiero me transformo en una especie de duende.

- ¿Tú te lo crees?
- ¿Qué?
- Lo de “Cuando quiero me transformo en una especie de duende”.
- ¡Joder, que no!

Ando con mucho tiento porque todo está oscuro.

(Por el ruido no me tengo que preocupar porque los duendes no hacemos ruido. Es posible que, sin querer, choque con algún objeto. Aunque para llegar a tirarlo tendría que hacer mucha fuerza ya que mi condición de duende me hace ser casi transparente. Bueno, transparente no, más bien inmaterial).

Las casas suelen estar calientes.

(Por lo menos en las que entro yo. Porque no me apetece nada irme a una chabola o a un cutri-pleis de barrio).

- ¿Qué escuchas?
- Radio Gaceta de los Deportes
- No te lo puedo creer
- ¡Calla!

Prefiero las casas burguesas. (La gente suele dormirse tarde).

- ¿Acabó ya el partido, cholo?
- ¿Qué dises, mi amol?
- ¡Que apagues la radio!
- Enseguida

Soy especialista en dormitorios. (Me gustan los camisones).

- ¿Dónde has dejado mi camisón?
- ¿Qué camisón?
- ¡El de tu santa madre, no te digo!
- Estás mejor sin camisón

No necesito esconderme debajo de la cama, pero tampoco es cuestión de andar por ahí en medio. (Al cabo de un rato de permanecer en el mismo sitio la gente es capaz de percibirme como una luz azufrada).

- ¿Lo has visto?
- ¿El camisón? Que no
- No, una especie de nube amarillenta. Ya se ha ido
- Vete al oculista

Ser voyeur también tiene sus desventajas. Por ejemplo, que no puedes tocar. Claro, como eres inmaterial… Por más que lo intentes no pillas cacho.

(Una vez conocí a un duende muy especial que tenía la capacidad de notar en su cuerpo idénticas sensaciones físicas a las experimentadas por otra persona en plena vorágine corporal. No llegaba a robar del todo el gusto de cada caricia, expansión o espasmo, sino que, de algún modo, conseguía que todo aquello se duplicara en su propio cuerpo volátil. La víctima perdía tan sólo una parte de su sensibilidad, lo que hacía que se empeñara aún más en la labor, afanándose y disponiéndose al tajo con ímpetus redoblados. Todo ello redundaba, muy convenientemente, en placeres más intensos para el pasivo duende. Solía elegir hombres porque, en principio, prefería sentir los brutales y conocidos efectos provocados por las hembras, aunque, según me dijo, a veces hizo la prueba en sentido contrario y se sorprendió bastante. En mi opinión aquello tenía un problema, y ello era que no podía decidir por sí mismo ningún movimiento, dirección, presión o deslizamiento. No parecía importarle dicha impotencia. Sospecho que habría sido feliz en la vida real sometiéndose a las tortuosas ocurrencias de una madama especializada. De todos modos yo siempre lo veía -es un decir- de muy buen humor).

Yo también soy duende, pero sólo puedo mirar. Ya es bastante. Y oír, claro.

- ¿Lo has oído?
- ¿El camisón?
- ¡Tonto!
- ¿Te has tirado un pedo?

Aclaro que también huelo. Me voy a otra parte. Echo una última mirada.

- ¿Qué estás haciendo ahora?
- Veo el fútbol
- ¿Entre mis piernas?
- ¡Goooooool!

Ya ha conseguido su objetivo. Y yo el mío.